Reseña de "El burlador de Sevilla" (atribuida a Tirso de Molina) - Masteatro

Reseña de «El burlador de Sevilla» (atribuida a Tirso de Molina)

A BAJA TEMPERATURA por Carlos Herrera Carmona

Dos tragedias hay en la vida: una no lograr aquello que ansía el corazón, la otra es lograrlo. Bernard Shaw.

Me pierdo pensando si fueron mis expectativas -o mi mente algo perversa- quienes me traicionaron al exigir yo ayer un burlador vestido de deseo y con pose de canalla; un desenfrenado, un ruin: la seducción, la tentación hecha carne. Don Juan siempre ha sido y será El Caradura y no un crisol de teorías miles que se olvidan de la esencia dramática que el vulgo persigue y puede que su autor en la sombra. No me explicar aquí lo que esta figura universal destila y el sinfín de obras, óperas, novelas (y así hasta el infinito) que ha inspirado. Hay manuales. Muchos. Así que sirva toda esta perorata inicial para mostrar mi sensación de frío frente al escenario.

La obra comienza con un telón que nos descubre un plantel exquisito con una atmósfera mágicamente creada. Átomos de tragedia sobre la escena a mansalva. El elenco conforma una suerte de coro griego al fondo tras una mesa-escenario-cadalso. Vestuario de un sobrio y elegante luto salvo el blanco de la sábana-sudario o el atuendo de la joven desposada: thánatos + virgo ergo Don Juan. Y un Don Juan, hermoso y desnudo bajo el palio inmenso que cubre la mesa. Y sobre él la primera dama (¿víctima?) que lo goza y gozan ambos. La carnalidad ya lo ha ocupado todo. La tarjeta de presentación ha sido un éxito. La burla aparece al minuto, con ella, despechada. Desde este punto, la gráfica de la desvergüenza, del acoso y derribo donjuanesco sólo puede ir a más. Los ingredientes son los apropiados. Sin embargo el despegue no se produce. Una velocidad de crucero que un texto clásico nunca resiste, sino todo lo contrario. No hay brío o rapidez, no hay mordiscos al tiempo de la acción. Don Juan burla porque su texto lo empuja y no al revés. Su vagar por escena es tan pausado que impide que su presencia quasi demoníaca surja. Su mirada anestesiada se distancia de la bellaca, de la altanera, de la chulesca, de la arrolladora; su mirada se pierde cuando mira al infinito y no por metafísica. Su voz se ve eclipsada por los retruécanos, los chistes y ocurrencias de su criado Catalinón. Y si resuena la interpretación de éste último en mi cabeza a estas horas del día siguiente, creo, sinceramente, que no fue lo que Tirso (o la pluma que lo diseñó) pretendiera. El contrapunto, sí. El punto y aparte, no

En cuanto a las damas, les dedico toda mi admiración. Desbocada en su defensa a ultranza en el último monólogo femenino y enaltecimiento del verso en el primero de ellos en la pescadora. Bravas. Salvo el personaje de la gitanilla. Tal vez se deba a mi origen hispalense que me chirrió muchísimo el acento -fingido y no logrado- y los “miarmas“ y los “arte, arte“ que fueron demasiados libres y osados. El tópico produjo una rotura en esa Sevilla nombrada y no vista -pues las didascalias del teatro áureo ya nos informan de dónde estamos o adónde nos dirigimos.  Otro instante extraño fue que, durante el monólogo sobre la ciudad de Lisboa, los silbos de quien lo recitaba y el hieratismo del monarca –que también silbaba- detuvieron aún más el levísimo ritmo.

Y Don Juan deambulaba a baja temperatura. El ardor que debía llegarnos emanaba solo de su desnudo del principio y el no entendible del final. Puede que se quisiera emular al príncipe Hamlet de quien Mallarmé sentenció ser el “alto signo pensante“. Puede que se haya querido “girar“ hacia otra parte donde el deseo no sea lo primordial y lo ruin quede relegado. Puede ser que se me escapara algo de dicha propuesta. De ser así, perdonad los yerros… Aunque mi pregunta es: ¿hay mito?

Carlos Herrera Carmona es autor, director y crítico de teatro. Trabaja asimismo como profesor para la Comunidad de Madrid. Su última obra publicada en coautoría con Pilar Manzanares «En la tierra desnuda: muerte y resurrección de Antonio Machado» (Edit. Dalya). @carlosherrerateatro

EL BURLADOR DE SEVILLA. Cía Nacional de Teatro Clásico.

Reparto: Jonás Alonso: Anfriso / Ripio / Criado. Miguel Ángel Amor: Duque Octavio. Cristina Arias: Isabela / Belisa. Mikel Arostegui Tolivar: Don Juan Rafa Castejón: Don Gonzalo de Ulloa. Antonio Comas: Rey de Castilla / Rey de Nápoles / Músico / Criado Alba Enríquez: Arminta. Lara Grube: Doña Ana / Mujer. Álvaro de Juan: Marqués de la Mota / Soldado. Arturo Querejeta: Padre de Don Juan / Embajador Don Pedro Tenorio. Isabel Rodes: Tisbea. David Soto Giganto: Batricio / Criado. Jorge Varandela: Catalinón. Escenografía: Max Glaenzel. Iluminación: Juan Gómez Cornejo. Vestuario: Marian García Milla. Asesor de verso: Vicente Fuentes. Sonido: Mariano García Ayudante de dirección: Jorge Gonzalo. Dirección y versión: Xavier Albertí. Dramaturgista: Albert Arribas. Coproducción: Compañía Nacional de Teatro Clásico y Grec 2022 Festival de Barcelona.

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