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Maridos y Mujeres

Crítica de ‘Maridos y Mujeres’

¿Qué ocurre cuando llevas muchos años de matrimonio? ¿Qué marca la calidad en una relación? ¿Si amas a una persona puedes llegar a aburrirte de ella? ¿Qué significa “darse un tiempo”? ¿Existen las relaciones eternas? ¿Cómo se puede dar un aire nuevo a un matrimonio? Éstas y más preguntas tienen repuesta sobre un escenario teatral con Maridos y Mujeres, del aclamado director catalán Àlex Rigola (conocido por su maravillosa labor en el Teatre Lliure y por su valía creativa, demostrada a través de sus múltiples montajes tanto en el territorio nacional como en el internacional).

Todo un lujo, para los espectadores, poder asistir a una obra teatral de esta calidad. Woody Allen es un genio indiscutible del SXXI y ya ha dejado un gran legado para los que vengan en el futuro y el gozo a los que hemos tenido la suerte de seguirle en vida año tras año. El hecho de que se represente su película del 1992 en el teatro no debe resultar extraño, ya que la dramaturgia y el talento teatral de Allen también es vox populi.

Un espacio escénico envidiable, en blanco y negro, que deja ver el colorido de unas interpretaciones de película. El premiado y asiduo escenógrafo del Lluire y del Romea, Max Glaenzel, deja boquiabierto al público con este diseño que cuenta con el atrezo mínimo (tres sofás y un perchero) y un ambiente diáfano. Es indudable que tanto Glaenzel como Rigola dan mucha importancia a los actores, aportándoles toda la libertad de la que son capaces.

Luis Bermejo y Nuria Mencía son Álex y Carlota, un matrimonio que se ve afectado, hasta límites insospechados, por el inminente divorcio de sus mejores amigos: José Luis y Alicia (Israel Elejalde y Elisabet Gelabert). Ahora está en tela de juicio el por qué no han tenido hijos aún, el paso del tiempo y la pérdida de atractivo físico para hacer nuevas conquistas, los sueños de juventud,… También están Alerto Jiménez (con un papel delicioso como amante de mujeres) y Miranda Gas (con la ternura de una adolescente y la estupidez de una mujer dedicada a sí misma).

El uso del espacio escénico por parte de los actores debe servir como referente para los hacedores de teatro. Se mueven por el escenario como si estuviesen en su casa: sentándose en proscenio, usando los hombros para diferenciar situaciones, usando el fondo para los apartes, corriendo por el pasillo del patio de butacas como si fuese la calle. Un auténtico pastel para los sentidos.

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