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La batalla de los ausentes. La Zaranda. - Masteatro

La batalla de los ausentes. La Zaranda.

Texto: Eusebio Calonge Dirección: Paco de La Zaranda Reparto: Gaspar Campuzano, Enrique Bustos y Francisco Sánchez Iluminación  Eusebio Calonge Espacio escénico Paco de La Zaranda Vestuario Encarnación Sancho Efectos militares Morgan Surplus Ayudantía de dirección Andrea Delicado.

Una coproducción de La Zaranda – Teatro inestable de ninguna parte y Teatre Romea.

Teatro Español. 25 de febrero de 2022. Madrid.

SIEMPRE HAY UN MOTIVO PARA LA GUERRA por Carlos Herrera Carmona

Sus voces resonaban ayer con más reverberación que nunca. Texto aparentemente telegramático, mas cargado de intencionalidad, cuya pátina poética lo hacía hermoso y terrible a un mismo tiempo. Los personajes -un trío de lo más hispánico en lo que a orgullo y locura quijotesca se refiere- dominaban la escena. Ojo avizor que estaban ante una guerra cualquiera pues cualquier guerra servía. El ansia por contactar con el enemigo –ecos tenues de Gila en su diálogo absurdo con el atacante…- entre bromas e ironías como aquel dúo que en el páramo de la soledad absoluta se quedó con las ganas de entrevistarse con Godot.

Como juguetes tan abandonados a su suerte como ellos mismos se entretenían los personajes con cachivaches inútiles de aires militares. Les acompañaban en su universo denunciante y clownesco el miedo y la desesperación. La platea reía. La atmósfera zarandadera ya estaba creada para que las verdades, más como misiles cargados de paz que como puños –subtexto-, hicieran blanco en nuestras conciencias. Por eso ayer, dado el panorama bélico que hiere a Europa en estos días, cobraba mucho sentido y mucha sensibilidad. Siempre hay un motivo para la guerra como ellos clamaban, ¿verdad?

Ácidos y tiernos, certeros y ridículamente gigantescos, el trío pululaba por aquí y por allá alrededor de un cadalso de mentira atacándose sin atacar, al tiempo que iba desplegando la máxima aquella de que el teatro sigue siendo necesario como púlpito. El asunto era entre ellos. A nosotros sólo se nos invitó para mirar por el ojo de la cerradura de una puerta que se abrió y por la que se marcharon sin aceptar la recompensa de los aplausos. Pandora se quedó por allí suelta. El desastre había campado a sus anchas. No dejaron títere con cabeza. Los monigotes también fueron víctimas de diferentes modos de tortura que ya casi se nos habían olvidado. El futuro les asediaba presuntamente en forma de oscuridad al igual que el fantasma de una guerra inventada y no tan inventada. Me gusta el regusto épico de sus frases y la poesía no tan encubierta que llena sus diálogos de lirismo callejero en boca de un Tiresias combativo. Mimo en sus gestos, en sus sílabas, en sus intenciones, coreografía mecida al compás de carrusel endemoniado en el subsuelo por el que se movían con maestra habilidad estos rodeadores temerosos de ser olvidados. Nada embriaga más que la sangre, lanzaban como petardos al auditorio. Reclamaban sin cesar a los ausentes cuando los que se convirtieron en éstos eran ellos mismos. Qué pena de todo, otro mantra sin consuelo que se repetía a modo de motete, gemelo de aquél Nothing to be done de los que nunca vieron a Godot, el gran Ausente por antonomasia.

Los buenos caldos se hacen lentos. Ese fue, es y será el propósito de La Zaranda en cada uno de su montajes sin que falte el condimento por excelencia: su legado de denuncia y el de despabilarnos a los allí presentes. Destacar su bomba de Verdad contra gobernantes y reyes más imbéciles que sus bufones. Véase Lear. Siempre los de arriba empapados de corrupción, de pereza y de mentira, como la tierra que a ellos también les duele por seguir empapada de sangre.

Llegar a casa esta noche y ver en la televisión imágenes de ucranianos muertos o huyendo; ver Ucrania herida y escondida bajo la tierra completó en mí la misiva zarandadera de la que se hizo gala ayer en el Español. La guerra, desgraciadamente, se nos presenta y se representa sin perder su cometido: destruir y asustar. Con La Zaranda, el casus belli es, por contra, conmover y concienciar. La risa del respetable ayer los arropaba. Una risa cómplice y, por ende, de agradecer. Tal vez las palabras de Brecht resoplaban en nuestros cogotes cuando éste sentenció que en los tiempos sombríos también se canta. Olé por vuestra canción, Zaranda, una vez más.

Carlos Herrera Carmona es autor y director de teatro. Su última obra publicada “En la tierra desnuda: muerte y resurrección de Machado” junto con Pilar Manzanares. @seville70

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