iphigenia1

Iphigenia en Vallecas (adaptación de Iphigenia in Splott de Gary Owen)

 

IPHIGENIA EN VALLECAS

Adaptación e intérprete: María Hervás.

Dirección: Antonio C. Guijosa.

Una producción de María Hervás y Serena Producciones.

El Pavón Teatro Kamikaze. 20 de julio de 2018, Madrid

HYBRIS EN VALLECAS por Carlos Herrera Carmona

    Esta vez la empatía vertebrará esta reseña. Será porque la nueva obra en la que estoy inmerso camina junto a los pies hinchados de Edipo -primer nexo: el sacrificio como remedio infalible para la expiación; será porque también soy profesor de adolescentes en Vallecas -barrio donde pululan palabras con aristas insolentes y cacofonías achispadas en mensajes con sello de revuelta, aires provocadores, retadores y chulescos: un totum revolutum muy todopoderoso- o será porque me quito el sombrero ante intérpretes que se comportan como caballo ganador desde su minuto cero pues sólo así la corona de flores que rodeará su cuello hablará por ella misma.

  Ya advertí que cerraría mi temporada como crítico -oficio que ejerzo como pasatiempo para aprender y aprehender de cuando en cuando- con la fantástica ternura ofrecida por Zanzol, sin embargo hago con esto una excepción dado que el destino este griego que me circunda -las moiras son incansables- me ha llevado, sin comerlo ni beberlo, a una pieza con nombre exótico e intrigante: Iphigenia. Aquí la joven no presume de sangre azul ni se codea con dioses y musas -muy Maggie, a  girl of the streets de Crane- aquí la “polingonera” -como las llamamos en mi Sur- toma de ella en primer lugar lo que su nombre significa (“mujer de raza fuerte”) para luego empuñar un himno de defensa a ultranza de la clase más desprestigiada, la más vapuleada, víctima de recortes y empujones hacia una cuneta, real y metafórica, sin asistencia. Iphigenia, desplazada del Olimpo y recolocada en el mismísimo Hades, como las féminas criadoras de ratones en un Madrid no muy lejano de Martín Santos, las cuales jamás podrán acceder a tomarse un cocktail y a contemplar tejados y torres de pizarra gris de la “capi”.

   La Hervás (me gusta llamarla así, con su artículo que la preceda, como una grande en potencia) escupe su fuego de dragón moribundo en forma de monólogo sin dar tregua al oído del espectador quien, expectante, la sigue a trompicones entre burlas y pullas, entre calamidades y vituperios, entre un sarcasmo prestado de los programas televisivos más desagradables, de ésos que pegan coces a la RAE, y, no conforme con eso, Iphigenia lo baña en disolvente que destruye sin piedad a quien ella cree que la molesta, con sintaxis altanera, campos semánticos invasivos, aspiraciones guturales con fonemas chirriantes, gritos épicos y llantos y profecías sin ayuda de corifeos… Todo esto va configurando esta máscara neogaldosiana, bisnieta de la estanquera vallecana, estampa actual con su genio y figura de una Fortunata que vive sin vivir en ella. La Hervás, con su recurso bululú a mil por hora que riza sus propios rizos, pasea poses de Arlecchino madrileño remasterizado, despliega una galería de personajes que me llevan a pensar en la commedia dell’arte (Il dottore, Brighella, Pantalone…) pues le sirven a La Hervás para dinamitar su propia cosmogonía y darnos con ella en nuestras propias narices, a ver si así nos enteramos que Galdós, Martín Santos y Valle no erraron -¿Cómo, si hasta para escribir tragedias tomamos prestados nombres de la mitología en ese “todo está ya escrito” que nos persigue como una Furia?- y que esta España mía, esta España nuestra, supura lamento y que, sin parné, a los de abajo, sólo les quedan los teatros para asomar la gaita y quejarse a través de textos como éste. Brava.

    Dicho esto, me interesa ahora en vacaciones traducir, escudriñar, el original anglosajón, el texto de Gary Owen, de cómo se ha llevado al Kamikaze la traslación arrabalera y mortal del barrio de Cardiff a los madriles, qué sustrato ha quedado de él y cuánta es la aportación ibérica en el discurso dirigido por Antonio C. Guijosa . He echado en falta más conexión helénica, más mito revisited -¿será que la hybris que emana a borbotones esta Iphigenia contemporánea ha sido la causa de que la ira divina la machaque con el peor castigo que se le puede imponer a una madre? De todas formas, el alto nivel -brutal- interpretativo y las miradas hacia Goldoni y Galdós de La Hervás, me dejaron -el público en pie- un retrogusto delicioso y digno de recomendación.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *