Juan Mayorga y Raimon Molins

Entrevista a Juan Mayorga y Raimon Molins 1/3

Juan Mayorga es uno de esos dramaturgos que constantemente suenan en la cartelera. Además de ser autor de más de una veintena de obras representadas por todo el mundo y creador de otras tantas piezas breves, ha adaptado todo tipo de clásicos desde Eurípides a Kafka y ha sido múltiples veces premiado. También trabaja como docente y fundó en  2011 la compañía La Loca de la Casa. Entre sus múltiples proyectos, ha sacado un hueco para presentar en Barcelona la vuelta a la cartelera de su obra Himmelweg en la Sala Atrium, dirigida y protagonizada por Raimon Molins.

Argumento y personajes

Pese a no ser una reconstrucción histórica, Himmelweg está basada en sucesos reales. “Durante la segunda guerra mundial, un delegado de la cruz roja consiguió autorización para entrar en la ciudad gueto de Theresienstadt, una ciudad de confinamiento de judíos, y después de haber hecho una visita emitió un informe en el que entre otras cosas decía haber visto una ciudad normal. En realidad, a lo que había asistido es a una mascarada”, cuenta el dramaturgo. Y es que la gente de aquél lugar fue obligada a representar una gran farsa en la que se ocultara su verdadero destino: Sobrevivir en condiciones terribles para, un tercio de ellos, terminar muriendo en Auschwitz. “Recuerdo que al tener noticia de aquella historia me pregunté si ese hombre tenía algo que ver con gente que conozco, con gente que quiere ayudar pero de algún modo se acaban convirtiendo en cómplice del verdugo. Me pregunté si ese hombre tenía algo que ver conmigo. Y me pregunté también como era el día después de ese hombre. Como ese hombre había conseguido sobrevivir a la verdad, a saber que de algún modo había ayudado al exterminio de los judíos europeos, habiendo querido en principio lo contrario. Y de ahí arranca Himmelweg”.

La obra tiene por tanto tres personajes que interpretan Molins, Patricia Mendoza y Guillem Gefaell. “El delegado de la cruz roja, que es Patricia Mendoza, abre la obra con un monólogo en el que describe aquel día. Habla a la asamblea teatral y a la humanidad, y quizás a su propia conciencia, intentando ordenar e intentando buscar una absolución, presentarse como alguien que no es ni un malvado ni un imbécil sino alguien que hizo lo que pudo hacer”, explica el autor. Este personaje pretende ser un reflejo de los mecanismos de autodefensa que los humanos utilizamos ante el sentimiento de culpa. “Hoy y cada noche está redactando un segundo informe. Está intentando ordenar, como hacemos cuando nos recontamos nuestro pasado e intentamos darle una lógica y forma de relato a algo que probablemente fue mucho más desquiciado y que tiene quizás elementos inconfesables, pero esos elementos los cubrimos y damos más importancia a otros para encontrar un orden”, explica Mayorga.

Juan Mayorga: “Recuerdo que al tener noticia de aquella historia me pregunté si ese hombre tenía algo que ver con gente que conozco, con gente que quiere ayudar pero de algún modo se acaban convirtiendo en cómplice del verdugo”.

Este es un tema que se puede leer desde múltiples perspectivas Mas allá del sentimiento de culpa personal, existe una culpa colectiva que nos atañe como sociedad. Para el autor, ”el exterminio de los judíos europeos es algo así como un relato compartido por todos los europeos y es un relato que uno quisiera olvidar, pero que a uno le persigue. Es como un cuento que se ha quedado ahí y del que no debemos librarnos, porque esa es una herida que atraviesa Europa y que nos puede dar una paradójica fuerza. Precisamente nos puede hacer más sensibles a otras formas de dominación del hombre sobre el hombre que se están dando en nuestro tiempo.

Al otro lado de la culpa, se encuentran también los otros dos personajes principales. “Luego hay otro personaje fundamental que es el comandante, que es el que interpreta Raimon Molins, que es una suerte de gran director de escena que es el que pone en marcha esa mascarada […] Y hay un personaje que es el que interpreta Guillem, que es el elegido por el comandante como falsa autoridad, algo así como falso alcalde de esa comunidad judía, pero que se convierte en su  interlocutor y, porque no decirlo, en su cómplice. Es un hombre que vive una extraordinaria tensión y Guillem nos hace llegar esta tensión, porque es alguien que puede ganar tiempo para su pueblo y para sí mismo pero al mismo tiempo está siendo un colaborador con algo terrible”.

Cambio de género

Pese a que en el texto original los personajes principales son masculinos, en la versión de la Atrium aparece una mujer. “Es un daño colateral. Es que queríamos trabajar con este equipo”, explica Molins. Y matiza que vio en ello “la posibilidad, que no era pervertir profundamente la obra. Si no, no lo hubiéramos hecho nunca. Yo hablé con Juan en su momento de esto, y él me dijo que se había hecho con diferentes… Con gente mayor, gente más joven… Eso le da una cosa que a mí sí que me interesa mucho, que es que pensamos que las mujeres son más buenas o más puras que los hombres, y aquí había algo en esto que pensé, tampoco nos va a hacer daño”. Así pues, la decisión fue tomada con acuerdo inmediato de todo el equipo, aunque el texto se mantuvo con todas las referencias al personaje como género masculino. “No lo hemos cambiado porque efectivamente lo que vamos a pensar es que es un hombre siempre, a día de hoy todavía, pero resulta que no, que es una mujer. Y probablemente en la época tenía que ser un hombre, por una cuestión de roles…”.

Raimon Molins: “Pensamos que las mujeres son más buenas o más puras que los hombres.”

Mayorga lo secunda: “A mí me parece una muy buena decisión, así como la de los muñecos. Es decir, si estuviésemos ante un intento de reconstrucción historicista de un acontecimiento del pasado, si de algún modo estuviéramos invitando al espectador a creer, a fingir, que es como un testigo presencial que pudiese ver lo que aquí pasa por el ojo de una cerradura, pues habría que tomar otro tipo de decisiones y también atosigar al espectador con un mueble que pareciese de la época, con un vestuario que exudase polvo, etcétera. Pero es que se trata de otra cosa. No se trata de una reconstrucción histórica, se trata de construir una experiencia poética. Y en ese sentido, el hecho de que el espectador se encuentre ante una mujer que en el año 42 o 43 no hubiera tenido ese papel, esa posición, pero que sin embargo hoy podría tenerlo, ya le indica al espectador que no está ante un intento de reconstrucción como si fuese a escala 1:1 con aquello que pasó, sino de una experiencia que también está dialogando con el presente”.

Del mismo modo, este mundo onírico se traspasa a la escenografía, la iluminación y la música. “Ella se ha quedado  en un círculo vicioso en el recuerdo de lo que hizo, del momento en el que pudo elegir hacer una cosa u otra. Entonces la obra empieza que es un espacio de recuerdo, es su memoria, es lo que ella recuerda” dice Molins. “Es un despacho pero es solo lo que recuerda del despacho, para decirlo de alguna manera. Es un jardín pero es lo que ella recuerda de ese jardín. Es su memoria. Cómo la memoria y si es tergiversada o no nos compromete a nuestro presente, a nuestro futuro… Cómo lo que hemos hecho coacciona nuestras acciones en el presente. Y esta mujer vuelve a justificar por qué hizo aquello porque no puede escapar de ese recuerdo, no puede quedar otro recuerdo, no puede. Para eso hemos creado esto que nos iba muy bien. Sí, porque habla de una manera de trabajar que nos interesa mucho, insisto. Lo que Peter Brook llama el ‘espacio vacío’ y podríamos llamar el ‘espacio poético’, este espacio preparado para la imaginación. Y cuanto menos pongas de real, mejor.

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