Crítica de Els guapos són els raros - Masteatro

Crítica de Els guapos són els raros

A la entrada del teatro, delante de la taquillera, hay una caja de cartón y escrito en rotulador pone La caja mágica y todo de papelitos amarillos donde se lee que se ruega que los espectadores apunten un nombre de una persona a la cual idolatren. Bien, este detalle ya marcaba que la función que iba a ver se iba a disfrutar como un juego, que se esperaba una interacción con el público. Como no me considero específicamente mitómano hize una coña sin intención ofensiva y apunté el nombre de Enric Cambray, el director y creador de la obra de teatro que iba a ver, Els guapos són els raros. Sigo sin ser mitómano, pero creo que acerté en apuntar el nombre del primerizo dramaturgo. El trabajo hecho en esta obra, a pesar de sus imperfecciones, esconde una frescura y un ingenio que otros querrían.

En el Teatre Gaudí se cuenta la historia de tres muchachos de veinte años, tres losers (tal como se dicen a sí mismos) que buscan la manera de sacarse esta mala aura que llevan encima. Y el modo que tienen para hacerlo es un reto mayúsculo: han aceptado el pulso de los guays de la clase, cuatro chicos que son los más populares del instituto y del barrio entero: hacer una coreografía, un baile y quien le salga mejor serán considerado los más guai. A priori és un concurso estúpido, pero no vivimos en una sociedad competitiva donde diariamente se nos cataloga? No vemos en la televisión concursos que degradan a unos y a otros los encumbran? Así pues estos chicos están convencidos de que el camino que están siguiendo es el correcto. A todo o nada. La salida de los loser al escenario es fulgurante. Ataviados con unos chándales, interpretan su coreografía muy cercana aquellos bailes tan típicos de las Boyz Band de los ’90 como los Backstreet Boys. Pero inmediatamente se ve que aquel número se encalla. Los personajes se presentan entonces al público. Así el primer detalle del autor, cae la cuarta pared y los actores hacen partícipe a los espectadores de la historia. Esta primera parte donde se nos presentan los personajes sus objetivos, sus miedos y sus anhelos, es sin duda lo mejor de la obra. El ritmo no decae y las risas se contagian des del primer momento en que los personajes se nos muestran simpáticos y entrañables. Cabe decir que el antihéroe, el perdedor gracioso, buena persona y voluntarioso es un personaje que siempre cae bien. Y ahí tenemos a tres colegas unidos por la misma desgracia, por un infortunio relacionado con el nombre y por haber repetido dos cursos, en primaria.

Cambray añade distintos elementos que rompen la linealidad del texto en favor de la comedia. Así pues el propio Cambray, en el papel de director, interrumpe para corregir los actores y hacerlos rebobinar (el trasvase de trucos cinematográficos al teatro parece ser que puede ser una marca dramatúrgica del director y autor). Más adelante sacan la caja mágica, de donde saldrán los papelitos con los nombres de personajes idolatrados que el público habrá escrito. Este momento se juega con el público a que entre todos puedan acertar que personajes representan. Un momento infantil, en que hacen el ganso como nunca, rayando lo patético. Un momento de grandes risas vaya. Otro detalle marca de la casa está en los dos monitores de televisión desde donde se ve un sofá en un espacio cerrado. Allí los chicos cuando estén furiosos, cuando se sientan frustrados, irán al llamado confesionario (la referencia a Gran Hermano no es de baladí tampoco) para desfogarse sin que nadie les escuché. La historia avanza entre gags, números musicales (el número de claqué de Martí Salvat está ejecutado con mucha gracia, versionando precisamente una canción de The Wild Party, el musical que estuvo justo antes en el Gaudí) y dudas por el baile. Finalmente, deciden cambiar de estrategia secundados por un truco de un nuevo personaje que aparece, el hermano mayor de uno de los chicos quien les introduce en el mundo de la kindermancia. Este es otro momento hilarante, en que el autor decide incluir una pequeña historia, un gag ingenioso que decanta a los chicos hacia otra nueva opción, aún más delirante que la idea del baile: hacerse pasar por el popular grupo de pop-folk catalán, Manel.

He aquí la pirueta, el macguffin que recorre toda la obra, Manel y su universo lírico. El autor, el cual suponemos fan del grupo musical, empapa su texto de referencias a Manel. La primera y más clara es sin duda el título de la obra, que lo es también de una canción de la banda. Luego están las coletillas que se intercalan en el diálogo, frases de canciones que todo seguidor, entre los que un servidor se incluye, conoce. Es decir, los personajes van hablando cuando de repente y sin que aparentemente uno se dé cuenta le cuelan una frase rara, más elaborada. Aquí está el guiño repetitivo a Manel. Una auténtica pirueta de Enric Cambray y que la mayoría de veces logra que no se note el artificio ni que se altere el significado de lo que los personajes quieren decir.

Sin duda otro de los artífices del éxito del montaje está en los actores, David Anguera, Ricard Farré, Martí Salvat y el propio Enric Cambray. Con gran comicidad, se ponen en la piel de estos adolescentes, estos nerds que pasan por todos los estados anímicos, de la euforia al desamparo, pasando por el cabreo. Los personajes están muy bien esculpidos y la química entre los actores es patente. Algunos tiene sus coletillas (Farré), sus expresiones para marcar más el tono cómico del persoanje, otro (Anguera) deja ir unas carcajadas bien estrañas y el tercero (Salvat) tiene una furia interior que se muestra en el rostro serio. Cada uno cubre su personaje con elementos de buena comedia. Buena nota pues para los actores y la dirección.

También hay que destacar la puesta en escena, una escenografía cargada de objetos y bártulos, con un ordenador mac, un piano, una batería, una bicicleta y todo de elementos propios de un garaje que al mismo tiempo sirve de centro de operaciones para el grupo. la escenografía corre a cargo de Anna Adrià.

El único pero es sin duda el final, un final alargado, con un giro final que nada tiene que ver con la historia y que se ve como un pegote de quita y pon. Lástima, pero de todas formas celebramos la aparición de una nueva voz, con ideas frescas, ciertas marcas de la casa (lenguiaje audiovisual, refrencias generacionales,…) y con una idea muy clara de lo que significa hacer una buena comedia con ritmo.

 

Els guapos són els raros de Enric Cambray

Con David Anguera, Ricard Farré, Martí Salvat y Enric Cambray.

Comedia adolescente.

En el Teatre Gaudí des del 9 de mayo.

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