El montaplatos de Harold Printer, por Animalario en el Teatre Lliure - Masteatro
El Montaplatos

El montaplatos de Harold Printer, por Animalario en el Teatre Lliure

El Montaplatos

Animalario, la compañía teatral, una de las más laureadas, es también una de las más mediáticas por distintas cosas, aunque todas terminan en un mismo camino: el activismo político, la denuncia social a través del arte. Des de La boda de Alejandro y Ana hasta El Montaplatos, se podría decir que todas sus obras embisten sus temores y denuncian aquellas injusticias sociales y políticas que como ciudadanos más les perjudican. Lo hacen escogiendo obras de teatro clásicas o creando textos cuyas versiones o interpretaciones reflejan casi siempre los problemas de la calle. En este caso, no se trata de un texto de creación propia. Es El montaplatos, texto mayúsculo de Harold Printer de 1957, que la compañía Animalario, con la dirección de Andrés Lima y la interpretación de Alberto San Juan y Guillermo Toledo, han presentado en el Teatre Lliure.

Lo que allí sucede es muy raro, una situación tensa, donde cada vez se hace más difícil respirar. Al menos para Gus, quien parece que no le parece bien estarse quieto, esperando y esperando la dichosa llamada que les mandará, a él y a Ben, ir a matar su próxima víctima. Además resulta que alguien des de arriba les manda órdenes de mesa con una serie de platos, a cada uno más extraño, atribuyéndole funciones a los dos matarifes que no pueden y no quieren cumplir. Pero Ben sólo pide paciencia para esperar, porque la llamada siempre llega. En cambio Gus… Gus ya no está para más bromas, parece que no le da la gana de seguir haciendo estupideces. Le falta el aire, y realmente parece que va a estallar. ¿Se va a rebelar?

Los autores del montaje (sobretodo Alberto San Juan quien ha traducido la obra original) han logrado una revisión del texto cercano a la sociedad española, así se incluyen discusiones entorno a un partido de futbol entre el Barça i el Valencia o la enumeración de platos típicamente españoles. Pero lo que hace de este texto un reflejo de la sociedad española actual es lo que el espectador puede deducir por si mismo. Este texto es otro más de estos que el autor escribe para que el receptor acabe de construir el significado en su cabeza, según su visión, su personalidad y su estatus social. ¿Pero qué es lo que querría decir Printer con este camarero estúpido (The dumb waiter, título original)? ¿Una broma, un juego? Probablemente fuera eso, un  juego tragicómico tan bien escrito y con tantas interpretaciones argumentadas a lo largo de estos años y todas ellas válidas. Así pues cada director, autor y actores que se enfrentan a esta obra la estudian, la confrontan con sus miedos y la contextualizan a su antojo. Y como pudiera ser de otra forma Animalario coge El Montaplatos  y nos la presenta como una denuncia social de la diferencia de clases en el contexto que nos encontramos. Así pues, ¿estos mensajes venidos des de arriba no podrían ser las órdenes cada vez más absurdas y humillantes de alguna súper entidad como el FMI, la UE, Standard and Poors o cualquiera otra organización supraestatal? Y Gus y Ben, ¿no podrían ser entendidos como dos representantes de la clase media, cada vez más puteada, más avergonzada y más apresada? ¿y no es verdad que los dos personajes representan dos visones de esta sociedad, uno, el que espera y espera, y no pregunta, es decir el conformista y el otro que se mueve y se mueve, y no para de preguntar, es decir el contestatario? Bien, lo deben pensar los integrantes de la compañía, y bien nos vale esta interpretación a nosotros, los espectadores.

Una de las ventajas del teatro del absurdo es el de abrir el texto a tantos mensajes como se quiera, pero se debe hacer bien, dar pistas, dar oportunidades y bien que Printer las da con una atmósfera tan asfixiante, que, hay que decirlo, la compañía sabe potenciar tan bien con una escenografía simple pero efectista. Un escenario, a cargo de Beatriz San Juan, cubierto de lona negra (hasta las sillas), dos somieres destartalados con sus respectivas camas y una gran pared cubierta de la misma lona negra, dos puertas y un montacargas (o montaplatos) que va bajando y subiendo mediante un juego de luces. El escenario lo monta también el sonido de Nick Powell. El agua como corre por las cañerías, el ruido de la cisterna del váter y sobretodo el ruido infernal del montacargas. Sin el diseño sonoro la tensión, la asfixia no sería la misma.

Y claro está que también hay que felicitar a los actores quien se encargan de hacer bien sus payasos, uno el listo, el otro el tonto. Se miran, se preguntan, se amenazan, se compenetran y se replican con gran comicidad como si escupieran grandes verdades, como si estuvieran casi declamando. Y así te ríes, aunque poco a poco la tensión y el contrapunto cómico vayan cogiendo unos tintes más oscuros, pero ellos asumidos en sus roles siguen ofreciendo sus interpretaciones más naturales. Y la verdad es que no cuesta descubrir al Guillermo Toledo y al Alberto San Juan más reconocibles por sus facetas cinematográficas o televisivas (a mi Toledo me recordó al Richard de 7 vidas). Así, con sus tics integrados a los personajes, se valora la transición de la comedia más absurda a la tragedia por la desesperación.

El montaplatos  de Harold Printer, por Animalario.
Dirigida por Andrés Lima.
Interpretada por Alberto San Juan y Guillermo Toledo.
Tragicomedia existencial y absurda.
En el Teatre Lliure hasta el 28 de octubre.

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