El condenado por desconfiado - Masteatro

El condenado por desconfiado

El condenado por desconfiado

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{tab=Ficha Técnica}

Compañia: Compañía Nacional de Teatro Clásico

Reparto:

Jaime Soler
Arturo Querejeta
Francisco Rojas
Mon Ceballos
Iñigo
Rodríguez-Claro
Muriel Sánchez
Eva Trancón
Daniel Albaladejo
Ángel
Ramón Jiménez
Jesús Hierónides
Jesús Calvo
Francisco Vila
Juan
Meseguer
José Vicente Ramos
Rebeca Hernando
Sara Águeda

Ficha
técnica/artística:
Vicente Fuentes (asesor de verso)
Juan Manuel
Artero (composicion musical, arreglos y espacio sonoro)
Pedro Yagüe
(iluminación)
Montse Amenós (vestuario)
Elisa Sanz (escenografía)

{tab=Sinopsis}

El amor a los hombres y sus pecados.

El condenado por desconfiado es seguramente una de
las obras cumbre del teatro clásico español, como no pocas autoridades
duchas en la materia reivindican. Si además aceptamos como válida la
autoría de Tirso, se trata de su mayor creación dentro de lo que
podemos denominar sus dramas. Y es así por muchas razones en las que no
tengo el tiempo ni el espacio para entrar, pero sí para apuntar que
hemos consultado y contrastado las fuentes mejor informadas en el ánimo
de poder penetrar en el misterio de una obra que trata de abordar lo
infinito y convertirlo en materia escénica.

A nosotros, que nos apasionamos por dar a los textos antiguos
renovado aliento sobre las tablas, esas razones nos llenan de temor y
de dudas. Lo que nos interesa y fascina de un texto como éste es la
genialidad de un teólogo metido a autor de teatro en la España del
siglo XVII, que decide escribir una “comedia”, digamos al uso y gusto
del público, pero tratando y centrando su temática en material propio de
un púlpito, o si se prefiere de un diván. ¿Estamos hablando de
salvación, estamos hablando de caridad? De todo ello y de muchas cosas
más.

Parece increíble cómo Tirso, o el alma genial que empuña la pluma,
mezcla sin reparos realidad y ficción, sin atenerse aparentemente a
ninguna lógica —como el mejor Shakespeare— y nos coloca en el lugar del
cuento moral, de la prueba divina. Una curiosa psicomaquia en la que
parece que todo ocurriera en la mente errática y trastornada de Paulo,
un ser que dice ser ermitaño pero que envenenado de soberbia y negando a
Dios, está dispuesto a acabar con todo en nombre de la misericordia
divina. ¿A qué nos suena eso? ¿A Dios rogando y con el mazo dando?
¿Morir por Dios? ¿Matar por Dios?

Detrás del perdón católico presente en la obra, uno no puede dejar de
sentir que en el autor subyace básicamente una infinita compasión por
lo humano, por su fragilidad y eterna contradicción, una generosidad
religiosa que nos remite a un cristianismo primigenio, básico, de
alguna forma puro, en el que la doctrina de la fe es sobre todo un
ejercicio de amor al prójimo, de amor a los hombres y a sus pecados. Es
decir, y en palabras de Peter Brook, un teatro sagrado, en el que se
representa la comedia humana, entre lo profano y lo religioso, el bien y
el mal, el amor y el odio… De alguna manera un elogio de la vida, un
canto sublime a su fugacidad, una revisitación del paradigma
renacentista del carpe diem desde una perspectiva
moral en la que, como años después formulará Bertrand Russell, “mi
libertad acabaría donde empezase la de los demás”. No me parece casual
que entre las fuentes que alumbran la historia del ermitaño se cite el
Mahabaratta, a San Panufcio o el Conde Lucanor.

Se trata por tanto de la condenación de un santo, una contradicción
aparentemente inverosímil pero perfectamente diseccionada por Tirso en
un sublime ejercicio dramatúrgico en que todas las controversias
teológicas de entonces, y sus herederas contemporáneas, se hacen por
obra y arte de su quehacer demiúrgico, puro teatro, un teatro de
acción, de vida, de padres e hijos, de bandoleros y fulanas, de
asesinatos y milagros, de hambre y sabiduría.

En un tiempo como éste, de desconfianza, de temor, lo que parece que
primero se alumbra es la falta de piedad, de compasión y solidaridad.
No hay duda de que en esta obra se tocan temas actuales. Y nada mejor
que seguir buscando la verdad entre las tinieblas de la mano de
aquellos que sin duda alcanzaron una cota más que satisfactoria de
ella. Un viaje de la luz a las tinieblas, y viceversa, que de manera
elíptica, y muy española, nos ha llevado a Goya, a quien tomamos como
referente plástico y también histórico, para hacer de Nápoles un lugar
mítico, un puerto de mar hacia lo infinito.

Abordamos esta puesta en escena, conscientes de la dificultad de un
texto de esta naturaleza, sabedores de que no por casualidad aún no ha
sido representado en la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), y
deseosos de hacer posible hoy este regalo que nos ha legado el pasado,
al que todo este equipo artístico, técnico, y este elenco de actrices y
actores se ha entregado con toda generosidad y dedicación.

De modo que sólo nos queda confiar y dejarnos llevar por un mar de
palabras que nacieron como teatro y que hoy esperamos lo vuelvan a ser,
preguntándonos qué sentirán nuestros espectadores cuando confronten la
historia de Paulo y Enrico, las aparentes dos caras de una misma
moneda: la condición humana y su dimensión moral.

De alguna manera, la CNTC ha formado parte de mi vida, y tuve la
fortuna de participar como actor en dos de sus montajes. Ahora al
disfrutar de la oportunidad de volver a ella como director de escena,
me van a permitir que dedique este espectáculo a la memoria de Julia
Arroyo Herrera, mi madre, que formó parte del equipo de la CNTC en sus
primeros tiempos, y que alumbró en mí la pasión por el teatro, y por los
hombres y sus pecados.

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{tab=Programacion}

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