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Crítica de “Tus otros hijos no te olvidan” de Juan Vinuesa

TUS OTROS HIJOS NO TE OLVIDAN de Juan Vinuesa

Reparto: Zaira Montes y Rafa Núñez

Dirección: Juan Vinuesa

Colaboran: Laboratorio William Layton y Pueblos en Arte

Teatro del Barrio. 18 de noviembre de 2018. Madrid

CÓMO PEDIR PERDÓN Y NO CAER EN EL INTENTO

por Carlos Herrera Carmona

    Hace tiempo me contaron lo de las “constelaciones familiares”. Aquello me sonaba a bote pronto a sermón novedoso, máxime cuando había incluso que pagar para que te “diseñaran” la tuya, algo que no me interesaba en absoluto. Sin embargo, empecé a admitir que la palabra “constelación” iba apareciendo cada vez con más frecuencia en mi devenir, en este trasiego vital mío siempre inundado -porque disfruto en la rememoración- de las vivencias de mis antepasados a las cuales recurro constantemente por aquello de “justificar”, “etiquetar”, “endulzar”, en definitiva, de “entender” mis movimientos, mis vaivenes emocionales, mis enfados, mis equivocaciones y hasta mis aciertos (¿?). Aunque con estos últimos -quien diga que no, que tire la primera piedra- uno se suele apropiar de ellos por aquello de que el éxito siempre cuesta compartirlo, sobre todo cuando ha sido logrado por ti únicamente, es decir, cuando antes no tenían fe en ti y lo consigues, pero que con los sesgos, esas interferencias dañinas que te meten en el fango y que te impiden avanzar; esos mosqueos injustificados que se los endosas a tu abuelo, ese mal genio prepotente que se lo achacas a tu tía abuela o ese temblor de tu pierna derecha que va por libre y que heredaste de tu padre y que no puedes evitar, ni que la pierna se detenga ni que tu padre sea el demiurgo del tan molesto tic. Pues bien. Ahí es donde yo quería llegar, a la figura paterna, aquella sobre la cual pivota el texto de Juan Vinuesa. Se trata de un monólogo amable -aligerado con figuras con intervenciones creíbles y menos creíbles- de Miguel, hijo número 26, quien se siente ignorado por su progenitor ya fallecido. Las figuras que se le vienen a la mente o al subconsciente del protagonista nos van dando detalles de cómo se sentía él ante tal rechazo, aunque, puestos a pedir, no habría estado nada mal un encuentro más hamletiano, un diálogo más in extremis, una lucha ardua, un combate en un ring más que un camposanto -siento decir que la escenografía -nada veraz, nada acertada, casi risible- me impedía entrar de lleno en la historia escénica por aquello de lo fantasmagórico-innecesario.

    El actor gusta, por algo tan sencillo y no tan liviano como hacernos creer todo su paradigma, su expiación. Sentimos el brío de ésta en su interpretación. Él se vuelve  Miguel sí o sí. La inflexión de su voz se vuelve poética cuando el texto no lo reclama, y ése matiz inesperado, se me antoja cuanto menos, hermoso. La actriz, cuando le mira, cuando ejecuta sus personajes más divertidos me hace sonreír, y mucho. Voz camaleónica la suya y bella, aunque la prefiero en sus roles cómicos -salvando cuando interpreta a la hija de Miguel- donde el público la acompaña -yo incluido- desde el minuto uno.

     Al final, como si de una constelación familiar/teatral al uso se tratara, llega la palabra mágica, la que abre las puertas a la serenidad, la que nos permite seguir viviendo sin alforjas inútiles, a entender sin dilación a quienes nos han traído hasta aquí, porque trascender tu apellido es, al fin y al cabo, una suerte de supervivencia nada fácil. Ellos, los que nos preceden, lo han conseguido, por eso estamos aquí vivitos y coleando; lo han conseguido con sus pérdidas y sus ganadas; ellos/as se han esforzado para que yo, por ejemplo, pueda dejaros aquí mi impresión sobre esta obra de teatro tal y como yo lo estoy haciendo ahora. Cómo podría yo plantarme ante una tumba y atacar a quien no se puede defender, como ya le hicieron el pobre Mario durante cinco horas de acusatio manifesta. Por eso hay que entender que, si nosotros hubiéramos estado en su lugar, habríamos actuado igual, porque aquéllas eran sus circunstancias para odiar o para amar, y no otras irremediablemente. Miguel, el protagonista, entiende todo esto -o al menos eso percibo yo desde la grada- Miguel perdona a su padre. Puede sonar a esto de “hijo mío, perdónalos porque no saben lo que hacen” pero al revés, sin embargo, ése ha sido el superobjetivo del personaje de Miguel: perdonar a sabiendas de que lo que su padre ha hecho no ha sido como a él le habría gustado, así que por ello,  su triunfo ha sido su generosidad.

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