Crítica a "Sueños y visiones del Rey Ricardo III" - Masteatro
Sueños y visiones del Rey Ricardo III

Crítica a «Sueños y visiones del Rey Ricardo III»

Dos horas intensas de drama en lenguaje clásico y sin descanso no son bien llevadas por cualquiera, más aun cuando la localidad que una ocupa es el gallinero frontal, en el que una gran barra de hierro atraviesa justo el punto medio de la mirada y, para poder observar el escenario al completo, una debe estirarse o encogerse en la butaca por igual. Ciertamente no es la mejor de las situaciones para disfrutar de un clásico. Es una pena que un teatro como El Español no afronte ciertas reformas necesarias que podrían hacer de todas sus localidades lugares adecuados para disfrutar de su, generalmente, cuidada programación. En todo caso aguantamos como críticas campeonas la prueba y aquí dejamos el fruto de nuestro disfrute y observación:

Lo primero decir que el texto es una versión basada en la dramaturgia de José Sanchis Sinisterra, lo cual es ya una garantía de calidad. El texto es adaptado aceptando conscientemente la complejidad de toda adaptación de un clásico, de tal manera que la obra pivotará sobre la escena tercera del quinto acto, aquella que transcurre en la noche previa a la batalla de Bosworth en la que Ricardo III perderá el trono y la vida. El trabajo sobre el personaje de Ricardo III es exquisito; habría sido muy fácil presentarle exclusivamente como tullido y deforme y a los demás personajes como víctimas de su deformidad física y moral. Sin embargo, tanto en el trabajo dramatúrgico de Sinisterra como en la dirección de Carlos Martín y la interpretación de Juan Diego, se perfila un personaje más complejo, con mayores aristas y humanidad, rodeado de otras personas no menos ambiciosas, no menos partícipes del clásico y terrible “juego de tronos” que representa esta obra. La deformidad de Ricardo III es la de toda una época y unas familias que cegadas por el poder luchan intestinamente para acceder a la corona. Y Ricardo III, en la piel de Juan Diego, se convierte en un ser deforme cuya propia humanidad le hace despreciarse y despreciar a cuantos le rodean, un ser sibilino y manipulador pero básicamente humano, demasiado humano, como todos nosotros. Por debajo de su locura y ambición de poder, los fantasmas le perseguirán como espejo de sus crímenes, fantasmas cuya verdad le conducirán a entregarse a una batalla trágica cuyo destino no puede ser otro que su caída. La obra finaliza con la célebre frase: “¡Un caballo!, ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!” expresada por Juan Diego desde la extraña lucidez del aherrojado por la locura de la guerra, de aquel que ya no se preocupa por lo que haya de perder. Esta expresión no deja de ser símbolo de las consecuencias nefastas en último término a las que conducen toda acción torcida moralmente desde sus inicios.

El plantel de actores es excelente, destacando especialmente los trabajos del propio Juan Diego, pero también de Asunción Balaguer y Terele Pávez, que a pesar de que en la representación pasó el mal trago de perder la voz casi por completo, esto no impidió que no perdiera ni un ápice de concentración y supiera bandearse en escena con recursos aprendidos de toda una carrera artística. Esto le granjeó aplausos del público especialmente cariñosos al finalizar la obra. Carlos Álvarez-Nóvoa como Buckingham, Lara Grube como Lady Ana y Ana Torrent como Isabel también merecen mención aparte. La escenografía supo capar con recursos mínimos y finos juegos de luces y proyecciones la atmósfera inquietante y fantasmal en el que las apariciones de los asesinados por Ricardo III acosaban su maltrecha conciencia moral.

En general, un buen trabajo de equipo que permite actualizar un gran clásico, pero, como dijimos, una pieza que no todos disfrutarán por su lentitud -sobre todo inicial, en el planteamiento de la situación-, su complejidad -por la cantidad de personajes y la intrincada trama de ambiciones y traiciones varias, amén de un uso del lenguaje obviamente difícil- y por su extensión -dos horas largas- sin descanso alguno. Animamos a los atrevidos y a los amantes incondicionales del buen teatro a dejarse caer por allí.

Fotografía: Sergio Parra

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *