Crítica de "El roble" de Tim Crouch - Masteatro
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Crítica de «El roble» de Tim Crouch

 

EL ROBLE de Tim Crouch

Reparto: Luis Sorolla y un intérprete nuevo cada función. Por orden alfabético: Jesús Barranco, Juan Codina, Elisabet Gelabert, Alberto Jiménez, Eva Rufo y Susi Sánchez.

Producción: Nacho Aldeguer para «Bella Batalla», Luis Sorolla para «Esto Podría Ser» y Carlos Tuñón.

Dirección: Carlos Tuñón.

Traducción: Luis Sorolla.

Teatro de La Abadía. Madrid, 11 de septiembre de 2019.

PINOCCHIO, PIRANDELLO Y LUIS SOROLLA

por Carlos Herrera Carmona.

   Es indiscutible y de rigor volver a retomar la figura de Pirandello -tal y como ya hube mencionado en mi reseña de Ronlalá con su pieza Crimen y telón- y así encuadrar esta obra en esta recurrente aparición del personaje como aparente demiurgo de la acción escénica y su poder -hipnótico. en este caso en concreto- sobre la frágil, y a la vez decisiva, figura del espectador, último eslabón de la cadena alimenticia teatral. La superposición de planos reales e imaginarios se postula como la columna vertebral de la pieza El roble donde se efectúa una vuelta de tuerca más, casi tiránica, sobre la definición del texto teatral y su emisor, así como su recorrido orgánico hasta convertirse, en términos de la semiótica teatral, en texto espectacular, es decir, hasta que se evidencia en las tablas todos sus engranajes pertinentes: director, luz/oscuridad, música/silencio, escenografía/vacío, palabra y receptor. El texto es ya metáfora y lo que vemos es la forma física de dicha metáfora.

    El actor de la obra de Crouch se expone con alma de personaje y éste a su vez con alma de actor quien arranca de las gradas y sin dilación a un espectador, a su vez, otro actor -otro «fingidor que deveras sente», como diría Pessoa- con lo cual la pirueta del arte interpretativo adquiere reveses inusuales. (Un servidor coqueteó con estos devaneos en una pieza propia donde la acotación se revela como verdugo y condena al personaje a suicidarse ad nausam y el personaje fracasa en su osadía de ser más que su creador y su hybris queda mitigada. Vid. «Agnus Dei», Progresión, Edit. Círculo Rojo. 2016). Incluso el público recibe órdenes. sin posible réplica. para que se mantenga con los ojos cerrados como signo de obediencia, o en silencio en el templo teatral que es de su propiedad pues sin él aquella metáfora no se visibiliza. Las acotaciones son susurradas, inaudibles, lejos quedaron ya las tesis doctorales de Shaw… Ahora son pautas rápidas y certeras, como balines. Desconocemos cuándo el actor muda la piel por la del personaje: se limita en su rol de director de escena a un secretismo incómodo total y absoluto para con la audiencia. Entretanto, su Pinocchio desvalido ha de obedecer y punto en boca. No hay rebeldía en él como en el sexteto pirandelliano, pues queda la marioneta a merced de las pautas inviolables de su hacedor quien a su vez sigue al pie de la letra los folios previamente redactados por el autor (¿o por él mismo?). En definitiva, Sorolla (¿O el actor que hace de actor a ratos?) sigue siendo Zeus todopoderoso, o heraldo de mal augurio cuyo presagio lleva al pelele a ese trance que ciertos intérpretes suelen alcanzar cuando habitan la piel de una dramatis persona bien amada. Reza en el programa de mano que la pólvora ya ha sido inventada. Pienso que en este siglo de sombras y luces semiapagadas sólo nos queda iluminar con un candil posibles vías para que los personajes busquen autores compasivos y competententes, autores que creen personajes, actores, como Plutones necesitados y sin escrúpulos, que secuestren a Proserpinas en un acto de amor furioso para llevársela al Hades a vivir las sensaciones límites que sólo pueden ocurrir en la escena, arena donde la Mentira es más verdadera que nunca. El actor, ansioso de ser escuchado para que su mensaje sea carne domesticada, viola al espectador como hizo Layo con el joven Crisipo, y se lo lleva a su guarida para que actúe según sus indicaciones. Ahora no es maldición sino magia que se inicia.

    Lo más inquietante es que el espectador/Pinocchio es actor, por tanto ya conoce la mecánica interna de los corazones ficticios y de madera que bombean a ritmos titánicos, y por ello el entuerto en mi receptividad se me complica, pues no es la virginidad absoluta del espectador que, in albis, llega a las profundidades de la acción dramática y obecede, acata y sufre, sino que se yergue como un ser que también actúa por partida doble como espectador y actante. A pesar de que sea el mismo actor quien dirija el mensaje, quien encarne a un Dr. Frankenstein que se sorprenda de su nacimiento, e incluso controle el espacio sonoro que le sirve para envolverse de atmósferas oníricas, sigue existiendo el público como receptor total, el espacio vacío sigue siendo el vientre donde el actor reside y muere si se le ocurre dejar de nadar en su líquido amniótico. Un laberinto de roles que Tim Crouch nos entrega y, esto es lo mejor: nos consigue sorprender en el siglo XXI mientras Pirandello ríe desde su Hades particular y Pinocchio, en manos de Luis Sorolla, obedece.

Carlos Herrera Carmona es profesor, autor y crítico de teatro. Su última publicación, las obras de teatro “Sabina” y “La maldición de Mírtilo” se presentará en Madrid, en Imprenta Artesanal-Artes Libros el próximo 3 de octubre a las 18h. En el Ateneo de Sevilla el 8 de noviembre. @seville70 www.carlosherreracarmona.com

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