Crítica de "Rhumans" de Jordi Aspa y Rhum & Cía. - Masteatro
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Crítica de “Rhumans” de Jordi Aspa y Rhum & Cía.

RHUMANS de Jordi Aspa y Rhum & Cía

Dirección: Jordi Aspa

Interpretación: Joan Arqué, Roger Julià, Piero Steiner, Pep Pascual y Mauro Paganini

Coproducción: Velvet Events, Teatre Lliure y Grec Festival Barcelona.

Teatro de la Abadía, Madrid.

TESTAMENTO CLOWN de Carlos Herrera Carmona

    Aparecieron ex abrupto y sin nada que perder bajo la cúpula/carpa del Abadía. Su objetivo: reivindicar un espacio en la Memoria, más concretamente en la nuestra, aquél cubículo que. bajo infinitas capas, frágiles y ajadas, se esconde lo que llamamos Infancia. Ya se sabe que ésta siempre viene condimentada con pizcas de Nostalgia, Melancolía, Vértigos y otras hierbas no muy arómaticas e, inevitablemente, con efectos anestesiantes. La troupe errante e incombustible, alarde y virtusiosismo del género payasil de Aspa, airea un himno universal por nombre Rhumans (ayer cerraba su trilogía con otro prefijo Rhu-). La hueste alocada sale al campo de batalla en busca de una redefinición o bautizo final para que su etiqueta payaso no desfallezca ni se banalice. Para ello, toma como punto de partida el desmontaje/desembalaje de todo el repertorio payasesco habido y por haber y lo remasteriza para derrotar a los tiranos que condenan al intérprete a un olvido lento en un limbo escénico e inútil. Parece ser que el espectador de a pie -me baso en las imágenes proyectadas de la gente entrevistada que alaba y también denigra el oficio de Chaplin- sólo permite el derecho de admisión al clown si Calderón lo llama Clarín o si alegra y endereza a un Lear descerebrado. Sin embargo, como ente autónomo, el payaso se encrespa, se eriza y ataca en una defensa a ultranza lo que su rol trasciende: hacer reir.

    Las filmaciones, como digo, que acompañan a las piruetas de esta entrañable y dulce comparsa lo atestiguan: nadie emite una definición cien por cien amable, siempre se cuela un sesgo que destila amargor, huida y, sobre todo, desagrado. Los seres, que en nuestra infancia siempre nos han acompañado, y nunca defraudado, en nuestras meriendas con sabor de pan con chocolate, nos llevan a preguntarnos en plena adultez sobre su función en el universo interpretativo, y es nuestra tendencia recordarlos con una mueca de desprecio casi, convirtiéndolos en enemigos de madrugadas de insomnio y no en lo que son: cándidos muñecotes de carne y hueso que sólo persiguen un ideal: hacer reir.

    Si algún payaso tuviera que redactar su testamento, bien podría servirle de inspiración esta puesta en escena del señor Aspa y sus camaradas, con sus cuerpos de expresiones sinfin, sus miradas achuchables, mezclas maravillosas de ternura y rabietas y de lenguas de Babel. En ella se reúnen, asimismo, la compasión teñida con sonrisas, amén de estampas trágicamente evocadoras de nuestro arsenal infantil, tales como los golpes indoloros entre los más tontos y los menos tontos (lazzi de toda la vida, Arlecchino, Brighella, Pantalone…), tambores y trompetas, canciones alegremente deformadas, lenguajes de otra galaxia que, a pesar de ser ininteligibles, balbuceantes, atronadores y abundantes en fonemas de puro desquicie para el académico, los entendemos a la perfección sin usar gramática alguna. La payasada en esta puesta en escena es una loa mínima e incandescente al clown perdido en un insomnio escénico. La manera en la que se revolucionan estos primos existenciales de Didi y Gogo, alcanza la categoría de canon y homenaje al bufón ignorado cuyo afán es suplicar, o robar, algún verso extraviado para poder lanzarlo contra el respetable y esclarecer aquella realidad que no entendemos, o que no nos gusta entender. Hacer reir en ellos se postula como caramelo envenenado, es decir, hacernos reflexionar.

   Alabar, desde esta reseña, la cascada de gestos, risotadas, aspavientos, abrazos, arrumacos, pestañeos, parpadeos de cada uno de los intérpretes. El efecto mágico y alucinante de cómo cada “estampa” se solapa y se sucede para lograr en el espectador un deseo de volver a ser sorprendido de cualquier manera (público en pie al final y risas y sonrisas en todos y cada uno de nosotros en algo más de una hora y diez…). Alabar igualmente los momentos de ensueño arropado por una iluminación de toda la vida, pero que se reinventa cuando a ellos alumbra. Alabar, cómo no, la coda que corona este despliegue circence y pensador, cuando vuelve el zarpazo sobre la piel transparente de nuestra Infancia: el maquillaje que sobre sus rostros se resquebraja, las toallas con las cuales lo eliminan por completo, sirviendo estos rastros emborronados de telón/collage para que nos quede constancia, a ellos en primer lugar, de que todo es fugaz; de que el payaso busca su identidad a la que termina encontrando en dos verbos maravillosos: hacer reir. No olviden que Nietzsche nos alertó con aquello de que el hombre soporta lo terrible de su existencia gracias a la risa.

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