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Crítica de Port Arthur - Masteatro

Crítica de Port Arthur

Parece ser que al dramaturgo Jordi Casanovas le gusta trabajar serialmente. Es decir, escribe una obra que versa sobre un tema (aunque sus textos abarcan muchas más cuestiones) y al cabo de un tiempo escribe otra historia diferente haciendo evolucionar el tema hacia nuevos recovecos. Pero no hay dos sin tres. De aquí la trilogía sobre los videojuegos que ocupaban las fundacionales Wolfenstein, City/SimCity y Tetris o la trilogía sobre Catalunya, Una historia catalana, Patria o Vilafranca. Y parece que ahora le ha cogido el gusto al teatro político y documental. El año pasado triunfó con Ruz-Bárcenas, obra que adaptaba el famoso juicio al extesorero del Partido Popular, y que se trataba de una transcripción literal de lo dicho en el juzgado. Ahora Casanovas sigue el mismo proceso y levanta otra recreación sobre una historia grabada en vídeo y audio. Se trata de Port Arthur, la adaptación escénica de un interrogatorio policial. Sin duda una representación de la realidad que nos refleja la pura maldad del ser humano y la vulnerabilidad de aquellos que trabajan para prevalecer la ley y la justicia.

Si bien Port Arthur, a priori no despierta el mismo interés mediático que con Ruz-Bárcenas (la cual hasta tiene su versión cinematográfica), sí que comparte con ésta su origen a través de una filtración publicada en la prensa. Y es que vivimos épocas convulsas donde gracias a las nuevas tecnologías y a hackers, piratas y periodistas salen a la luz informaciones sobre delitos fiscales, crímenes e informaciones muy sensibles para todo tipo de estamentos políticos. La gran filtración sin duda fue el caso Wikileaks. Precisamente de los documentos de Wikileaks sale la historia de Port Arthur. Y es que en 1996 un suceso traumatizó la isla de Tasmania cuando Martin Bryant asesinó sin contemplaciones a 35 personas. El psicópata, condenado a 35 cadenas perpetuas, es interrogado en la comisaría por los inspectores John Warren y Ross Paine. El interrogatorio fue grabado y posteriormente viralizado junto con miles de documentos desclasificados por Julian Assange. Y el bueno de Casanovas, que ya le había cogido el gusto a esto hacer este tipo de teatro documental a partir de transcripciones de casos populares, decidió pedirle la traducción a la traductora Sílvia Santfeliu. Y de aquí adaptó un texto, reduciendo las 8 horas de retransmisión a una, eliminando redundancias y yendo a la esencia, al juego de tensión creciente entre policías y criminal. Un trabajo de orfebrería dramatúrgica.

Así pues, lo que se ve en el CCCB es una recreación escénica, con algunas acotaciones para añadir más verosimilitud, de una situación realmente tensa entre el psicópata y los policías. De esta manera, si acaso, Casanovas, junto con los actores, ha redondeado los perfiles de sus personajes. Así los policías, sin ser estas caricaturas que el cine policial muchas veces nos inculca, juegan de una forma al poli bueno y al poli malo, mientras la composición de Bryant es la de un monstruo que juega al desconcierto y se hace el olvidadizo. A lo largo de toda la obra el espectador puede estar buscando algún giro argumental, típico de la dramaturgia de Casanovas, que cambie el sentido de los acontecimientos. Pero la realidad del caso es mucho más dura. Lo que se ve allá es un retrato de la manipulación de un psicópata, de un perturbado mental que intenta desequilibrar los dos inspectores cuya actividad policial en Tasmania era más bien relajada (aunque Bryant hace mención de otro caso policial en el que uno de los dos policías estuvo implicado. Sin duda, un momento que dice mucho de la manipulación del asesino). No sobra ni falta nada, el material que la realidad nos ofrece siempre es mucho mejor escrito que la mejor ficción.

Para ello, Jordi Casanovas se sirve de tres actores que bordan sus papeles, trabajados a partir de un texto y de unas voces que marcaban la tensión in crescendo de todo el interrogatorio. Los dos policías, Javier Beltrán y Manel Sans son los inspectores, cuya recreación no es para nada peliculera ni caricaturizada, sus preguntas, su tono de voz, su distancia y sus movimientos, todo está medido para recrear lo que seguramente se vivó en aquella sala de una comisaría de Tasmania. Y frente a ellos un fantástico Dafnis Balduz, quien se ha decolorado el cabello y con este rubio oxigenado aún inquieta más. Realmente su interpretación es pavorosa. Además, en ambos lados del escenario hay dos pantallas donde se ven todos los personajes. Cuando se enfoca a Dafnis, uno va mirando el primer plano del chico en la pantalla y acto seguido se fija en el actor en carne y huesos. Sus distintas miradas perturbadas, su malévola risa, su franca expresión de niño perdido. Un trabajo espléndido, un lujo para el espectador.

Port Arthur de Jordi Casanovas.

Dirigida por Jordi Casanovas.

Interpretada por Javier Beltrán, Manel Sans y Dafnis Balduz.

Recreación de un interrogatorio policial.

Hasta el 24 de julio en el CCCB

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