Crítica de "Port Arthur" de Jordi Casanovas - Masteatro
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Crítica de «Port Arthur» de Jordi Casanovas

 

PORT ARTHUR de Jordi Casanovas.

Dirrección: David Serrano.

Elenco: Joaquín Climent, Javier Godino y Adrián Lastra.

Una producción de Kamikaze Producciones, Milonga Producciones, Hause y Richman Stage Producers y Zoa Producciones.

Teatro El Pavón Kamikaze. 16 de marzo de 2019, Madrid.

JUZGUEN USTEDES MISMOS de Carlos Herrera Carmona

   Para comentar una pieza encuadrada dentro del llamado «teatro documento», conviene recordar ante todo la definición que los profesores de la Universidad Hispalense, Rafael Portillo y Jesús Casado -quienes por cierto me dieron clase en su día- establecen sobre éste, y cito: «… Pretende presentar al público suficiente información documental sobre un hecho histórico, teatralizada y estructurada de tal forma que se haga luz sobre el mismo, se analicen sus causas y se le someta a una crítica social y política». A continuación, y para nuestro mayor posicionamiento, citaré a mi amigo Miguel Ángel Jiménez Aguilar, autor, investigador, profesor y especialista en el tema quien acaba de presentar su última obra Preferentes que, al igual que Port Arthur -aunque con mayor evolución en los personajes en su arco evolutivo y una carga artística que la convierte en seguidora fiel del teatro de Buero- pertenecen a la familia de piezas también llamadas «antidramáticas» ya que como afirma María de la O Oliva Herrer el teatro documento tiende a reproducir sobre la escena el mundo real marcado por unas estructuras sociales y esto hace que nos provoque una reflexión sobre lo que acontece en escena. Port Arthur, pienso, comparte los descriptores de este tipo de vertiente dramatúrgica de denuncia y testimonio, tomando como base los parlamentos prácticamente transcritos de la realidad -lo cual la hace previsible y la emoción se rinde a la presunción. y obliga al espectador a situarse como mano ejecutora a condenar más que a salvar. Poco espacio deja el texto de Casanovas entonces para que la afinidad con el agresor/perverso/asesino/ladrón/psicópata pueda producirse. Al auditorio se le otorga la decisión de elegir entre Barrabás y Jesucristo. Ya en la suicida y podrida corte de Elsinor, el rey no pudo soportar la denuncia que le habían restregado los cómicos, amigos de su sobrino Hamlet y el público en The Rose ya se convirtió en jurado popular. Es quizá el público ahora quien ha de retomar su rol de coro griego -mudo- y postularse como el interlocutor (accusatio) en escena y su propia consciencia. Según Oliva Herrer los personajes representan a un grupo social completo no al individuo y que desde el punto de vista discursivo las bases del teatro documento son las mismas que la del teatro épico. Se trata eso sí como afirma la investigadora de educar políticamente al público y convertirlo en un medio de lucha.

    El Pavón/Kamikaze, tal y como defiende La Cuarta Pared, se suma a la corriente exploratoria y condenatoria de hechos que sacuden los cimientos de nuestro día a día: el montaje antiteatral como puño a contracorriente frente a los noticieros y programas de debate que rozan más el Sálvame con poligráfos que un distanciamiento crítico y plausible. El Pavón, con este programa doble de Port Arthur y Jauría, coloca su lupa. Jiménez Aguilar en su estudio sobre su texto Preferentes que se puede aplicar a Port Arthur que existen otros ejemplos de dramaturgos denunciantes y obras tales como  Ruz-Bárcenas, El pan y la sal, sobre el denominado Juicio de la Memoria Histórica con el juez Baltasar Garzón como acusado; Marca España, cuando las ovejas miran al horizonte en la que diversos protagonistas de nuestra vida social y política recuerdan algunas de sus intervenciones públicas. El carácter de denuncia de estas obras, sostiene Jiménez Aguilar, mayoritariamente grave, es manifiesto, si bien no todas lo poseen, como en el caso de El tesorero (2014) de José Ignacio Tofé. Siguiendo a Jerónimo López Mozo, lo único que una obra de teatro documento no puede permitirse es faltar a la verdad, ni debe caer en “el libelo y el panfleto”, lo que no implica que el autor no pueda, sino que incluso deba, posicionarse a favor de una de las partes y en contra de la otra.

   No ha lugar destacar puesta en escena u otros elementos que embellecen o realzan lo que Bobes considera el texto espectacular, ya que el propio texto se rinde a una mera exposición del acontecimiento más que a una apuesta escénica. Igual se ha de decir de la interpretación del elenco. Los inspectores, correctos, con poses brechtianas para el rotundo efecto distanciador/pseudoperiodístico. Acaso destacar a Adrián Lastra quien da vida al ejecutor, con instantes plagados de cinismo cercanos a la máscara interpretativa -tal vez deseado- miradas al frente diabólicas que juegan al despiste para con el espectador y configurándose como un retrato con voz enajenada, desplegando taras demasiado evidentes, huidizo, y con la esquiva sutileza a la hora de engañar propia de un adolescente trastornado.

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