(c) Alex Brenner

Crítica de “Palmyra” de Bertrand Lesca y Nasi Voutsas. XXXVI Festival de Otoño. Madrid.

 

PALMYRA

XXXVI Festival de Otoño de la Comunidad de Madrid.

Una pieza creada e interpretada por Bertrand Lesca y Nasi Voutsas.
Dramaturgia: L
ouise Stephens.
Colaboración del British Council.

Teatro de la Abadía, 17 de noviembre de 2018. Madrid.

DESTROZOS por Carlos Herrera Carmona.

     Nada es o está en escena por casualidad. Esta regla mínima y máxima es por todos sabida. De no ocurrir sería la nulidad escénica. Antes de mi reflexión sobre la puesta de escena que nos atañe, he buscado imágenes de Palmira para revisitarla, visionar capturas de su paraíso nunca recobrado, de su ruinas… Las ruinas, pedazos del pasado que constatan nuestra mortalidad. Sin embargo, también sabemos que hay dos tipos de ruinas: las que el Tiempo con su paso inexorable sella y las que el ser humano -por llamarlo de alguna manera- con su masacre diaria -las bombas, nos guste o no, son diarias en algún punto del planeta- también deja su sello, su marca atronadora.

     Una vez retengo los templos, capiteles, arcos que ya no se volverán a curvar y columnas decapitadas, busco el nombre de Nasi, el de uno de los protagonistas de ayer. Me gusta su sonoridad y desconozco su origen. Así que descubro dos significados que me inquietan: “príncipe” y/o “presidente”. Nada, insisto, es o está en escena por descuido. Lo mismo ocurre durante la consabida pelea de cualquier pareja donde los platos vuelan -cómica arma arrojadiza casi de tebeo: en Palmyra, más que volar, se destrozan. También percibo esa frase tan doméstica que subyace bajo el discurso planteado por Bertrand Lesca y Nasi Voutstas: en su coliseo particular y bajo su arena, en esta destrucción de lo bello por placer casi, en este su combate cuerpo a cuerpo sin finalidad alguna, ¿quién recoge los platos rotos? ¿quién asume el destrozo? En definitiva, ¿quién recompone lo fragmentado? Aunque se hiciera, la cicatriz estará presente.

     Si obvias el título de la obra, si entras in medias res en el flujo de la representación, ves a una pareja típica con su tira y afloja de cada día, con sus refunfuños y caricias – alguna de ellas, forzadas- con su despecho, sus reproches, lamentos, burlas, sus desafíos y con su violencia (golpes, bofetones, mandatos, su “yo te repudio y luego tú a mí y volvemos a empezar…”, y tiro porque me toca). Se me antoja lo de ayer como cuando en ciertas parejas el fracaso es tan líquido que empapa con mala baba sus círculos más próximos: Lesca y Voutsas implican al público -tal y como nosotros implicamos en la ruptura a todo Dios- le entregan el arma arrojadiza, obligan al espectador a ser cómplice sin éste desearlo: es como bombardear, sólo un poco, una región vecina; es como asesinar, solo un poco, un poblado no implicado en tu guerra y así obligarlo a matar a los que tú quieres matar, como aquellos países que no matan, pero que sí crean armas/martillos para matar: “Yo gano aliados, gano más muertos, en definitiva: yo gano y tú te largas de aquí”. La frase “No te quiero aquí, aquí no te queremos” se la pasan de uno a otro como una patata caliente. El rastro de clown durante la representación se vuelve ácido, desagradable. Los silencios de Pinter imperan en escena: lo que no se dice, lo que se calla, lo que otorga y por ende, daña. Como los personajes de Pinter, se descarnan sin mediar palabra para ver quién se apropia de un metro de escenario (“Una palabra es suficiente para hacer o deshacer la fortuna de una hombre”, Sófocles). Como los personajes de Pinter, que pueden mezclar las pausas con la miradas y cuentan un torrente de intenciones. Como los personajes de Pinter, que los escombros no los recoge nadie… bueno sí, la población civil una vez entierren a sus niños, por ejemplo.

    Lesca y Voutstas nos culpabilizan/responsabilizan de no saber qué hacer cuando se nos entrega un arma. Obedecemos. Callamos. Y como ayer, ante la destrucción de lo bello, sonreímos, como niños, cuando el payaso poderoso pega al débil. Nos da igual que Arlecchino sufra. Parece ser que venimos con este gen desde que el Tiempo nos atraviesa hasta que nos fragmenta los huesos, como un simple plato roto.

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