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Crítica de “Si no te hubiera conocido” de Sergi Belbel.

“SI NO TE HUBIERA CONOCIDO” de Sergi Belbel

Texto y dirección: Sergi Belbel.

Reparto: Ana Cerdeiriña, Marta Hazas, Óscar Jarque y Unax Ugalde.

Producción: CDN y Octubre Producciones.

Teatro Valle-Inclán. Centro Dramático Nacional. 25 de abril de 2018, Madrid.

EL EFECTO “CLEPSIDRA” por Carlos Herrera Carmona.

    Daba el reloj las doce… y eran doce / ¡Mi hora! -grité- El silencio / me respondió: No temas; / tú no verás caer la última gota / que en la clepsidra tiembla. (Antonio Machado).

    Así imagina García Márquez en su cuento de “La cándida Eréndida y de su abuela desalmada” cómo esta monstruosa anciana delira acerca de lo irreparable que en el Amor sucede: “Yo ponía dos trancas en el dormitorio para que no entrara, ponía el tocador y la mesa contra la puerta y las sillas sobra la mesa, y bastaba con que él diera un golpecito con el anillo para que los parapetos se desbarataran…”. A esta cita me llevó el texto de Belbel donde su personaje principal, Eduardo -un Romeo que como aquél clamaba ser un juguete de la diosa Fortuna- mientras yo asistía a la representación. La peripecia de nosotros como personajes en este gran teatro del mundo es manifiesta: que todo está escrito y que todo es irreparable; que los dioses rubrican, sí o sí, el guión de todo este carrusel llamado Vida cuya andanza transcurre con la ayuda inestimable, lamentable o gloriosa del Destino; que por más las vueltas que demos y querramos escapar, al igual que la Muerte en aquel otro cuento de Coelho, nuestra sentencia cabalgará más aprisa que nuestros pies ilusos y nos asaltará con sus sicarios tal y como estaba estipulado. No hay dobles oportunidades, ni atajos, ni cabe rebobinar un segundo tan siquiera, ni acelerar el ritmo de la clepsidra: sólo los hombres con poderes demiúrgicos, es decir, los autores, podremos accionar la palanca para que la maquinaria del deus ex machina haga su aparición estelar cuando se nos antoje y, en su bajada, dependerá de nosotros y de cómo movamos los hilos para que su decisión sea irrevocable, porque ahí, en la escena, sí que podemos modificar la hoja de ruta dichosa o terrible del fatum, o no…

        El reparto, en todo este trasiego a través de las coordenadas espacio-tiempo, se desenvuelve con soltura en personajes que parecen sacados de nuestra vida cotidiana, actuaciones correctas y todos en un ecualizado nivel interpretativo. Las transiciones de una época a otra de sus vidas, como si de un juego cinematográfico en zig-zag se tratara, resultan sutiles, sencillas y efectivas. A destacar la selección de piezas románticas -las cuales, afortunadamente, se quedan al borde de lo cursi- van circulando por el montaje, a veces demasiado forzadas, y otras tan apetecibles como “You don’t know me”. Lástima el miming.

      Belbel, que conoce bien el terreno de su trama y la sostiene con diálogos ágiles en donde hace saltar de cuando en cuando chispas en un allegre ma non troppo, juega con todo ello y nos la juega. Sigue a Henry James cuando éste criticaba esos finales jugosos y placenteros a favor de dejarnos en suspenso. El autor, como buen estratega del artefacto dramático, nos hace creer que podemos ganar la partida, que todo está bajo control, que con el ritmo divertido, desenfadado y de frescura en bucle de esta pieza, vamos a saborear el triunfo del amor. Y así será, pero descubran ustedes mismos en qué lugar tendrá el banquete nupcial, ya que Belbel “claudica” y nosotros recorreremos de vuelta las cuestas de Lavapiés alterados por un retrogusto indescifrable, mezcla de ganada y de derrota, mezcla de desasosiego y de ternura, mezcla de emociones y decepciones: así es la Vida, así es, a veces, el Teatro.

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