Crítica de No hi ha bosc a Sarajevo - Masteatro
No hi ha bosc a Sarajevo

Crítica de No hi ha bosc a Sarajevo

Explicar escénicamente una guerra, como la que nos ocupa, la Guerra de los Balcanes, se puede enfocar de muchas maneras. Pero sin duda la opción de Begoña Moral, dramaturga y directora, al cargo de la Compañía Paradiso 99, fue la de mostrar un puzzle donde el horror, el caos y la crueldad predomina a través de una puesta en escena donde lo físico gana a lo narrativo, donde la incomodidad gana a la empatía emocional. No hi ha bosc a Sarajevo, en la sala Atrium, es el cómo sobre el qué de una historia (o de varias) de amor en tiempos de guerra. Esta propuesta fue premiada con el primer premio del Ciclo de creación DespertaLab2016 programado por los responsables de la Sala Atrium y la Nau Ivanow.

Partiendo de una anécdota real, el testimonio grabado de un francotirador que narraba sus logros en el conflicto con una frialdad terrorífica, la directora se inventa una historia sobre este personaje, preguntándose donde residía la humanidad, la bondad en aquel monstruo. Así nace una historia de dos amantes condenados, ella bosnia y él serbio. Romeo y Julieta. La referencia se hace clara tanto en algunos de los diálogos que recitan los dos amantes como en la película de Zefirelli que se muestra en una vieja televisión. Pero aquí la historia de amor no se explicará sólo en palabras ni en miradas, sino en coreografías complejas, movimientos repetitivos, que van del abrazo al maltrato. Estos amantes nunca estarán solos en escena. La apuesta por la desfragmentación y el caos es también dinámica, y se traduce en el escenario donde los 9 actores se encuentran prácticamente en todo momento, en perpetuo movimiento, y aunque el foco se muestre en sólo un o dos personajes, el resto siempre está inmerso en su propia coreografía del horror. De esta manera, el cuadro muestra la violencia, el sin sentido, la locura física y psicológica a través de una interpretación tan realista como grotesca.

A medio camino entre el teatro documental y el expresionista, y desde la poética de la fragmentación, Begoña Moral construye una reproducción de este conflicto no tan lejano desde lo físico y sin dejar de apuntar la crítica más afilada. Así se entienden las escenas donde se apunta a la responsabilidad de los cascos azules en el genocidio de Srebrenica; o de las proclamas sobre las virtudes de las Olimpiadas de Barcelona y su espíritu competitivo; o de las contundentes declaraciones del corresponsal de prensa sobre la facilidad para retransmitir esta guerra. Y desde una tarima, la figura de un narrador bajo la apariencia de Nick Cave, el cantante de presencia magnética y oscura. Con esta mirada turbia y a través de una interpretación ajustada al personaje, junto con el de Miss Sarajevo, marca las transiciones entre escenas el ciclo sin fin de la guerra, donde el agua se mezcla con las cenizas.

Bajo la batuta de la directora y dramaturga se acogen nueve intérpretes que sudan y sufren un trabajo intenso, tanto físico como emocional. La interpretación es tan visceral que uno sufre por los cardenales que a más de uno le puede salir, no se ahorran el dolor. Muestra de ello es la escena, el cuadro donde mientras la amante habla, el francotirador degolla una y otra vez el mismo hombre, en representación de sus víctimas. Una y otra vez, una y otra vez. La repetición coreográfica como muestra del asesinato automatizado. Y su ejecutor, Guillem Motos, sube otro peldaño más en su carrera dramática en la composición de un monstruo despreciable, un ser alienado, desagradable de ver, pero con su propia historia de víctima de la maquinaria de la guerra. A su lado, Núria Rocamora destaca como la mujer serbia que lava los platos cubierta de ceniza, la amante del verdugo y la que muestra más dolor en sus coreografías.

No llorarán. No es una obra que vaya a buscar la emoción a través de una historia dramática de esta guerra. Su creadora sólo quiere que el espectador pase un rato malo, que sienta la angustia y la asfixia de un conflicto pasado, pero tan cercano. Insensibilizados como estamos ante las imágenes de guerra con que nos bombardean día tras día, la compañía Paradiso 99 apuestan por la terapia de shock, un viaje físico a las profundidades de víctimas y verdugos. Una propuesta tan violenta como necesaria.

No hi ha bosc a Sarajevo de Begoña Moral y Paradiso 99.

Dirigida por Begoña Moral        

Interpretada por Guillem Motos, Núria Rocamora, Albert Bassas, Xavier Grivé, Roger Batalla, Andrea Martínez, Pol Para, Carol Rovira y Laura Tamayo.

Drama coreográfico sobre la Guerra de los Balcanes.

Hasta el 10 de julio en la Sala Atrium.

 

 

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