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Crítica de Mala broma

Para aquellos espectadores más aventajados ya sabrán que cuando van a enfrentarse a un texto de Jordi Casanovas van a encontrar un relato de cierta complejidad, que deberá ir montando en su cabeza. Casanovas nutre sus historias de giros argumentales, es su marca de la casa. Sea para un thriller, para un relato documental, para una historia más costumbrista. O para una comedia insuflada de humor negro. Mala broma es la nueva delicia made in Casanovas, dirigida con buen pulso por Marc Angelet y que la Sala Muntaner (últimamente la casa donde más cómodo se siente en Barcelona) programa hasta el 6 de mayo.

Pero no sólo son los giros argumentales lo que vertebra la dramaturgia del autor catalán. Es un autor profundamente político. Lo ha demostrado en muchas de sus obras, pues siempre aporta reflexiones sociales y/o políticas. Ruz-Bárcenas, Patria, Port Arthur son ejemplos donde el hecho político está en el argumento. En Idiota, Vilafranca, La revolució la política está en el subtexto. Mala broma se sitúa a medio camino pues la denuncia política, aunque no forme parte del desarrollo argumental, si que está en primera línea. Empezamos por el debate sobre la libertad de expresión situándolo en la discusión sobre los límites del humor. Esta es la principal línea de reflexión, la que ordena todo el relato. Òscar (Òscar Muñoz) se reencuentra con Ernest (Ernest Villegas) después de unos años sin saber nada de este cómico popular que presenta un late show de éxito. Ernest está agobiado por un troll que le hace la vida imposible en Twitter. Òscar, pero no le ayuda mucho y le critica que su humor es cada vez menos corrosivo. Ya no es el mismo humor de cuando ellos dos, en la universidad, se encargaban de hacer bromas en un programa de radio. La cosa se enreda tanto, se pican tanto uno contra el otro (pelea de machitos con la excusa del humor) que Ernest termina retando a su amigo a gastarle una mala broma a Anna (Anna Sahún), la mujer de Òscar quien está por llegar. Así pues, entramos en un juego de engaños muy bien apedazado donde los límites del humor se sobrepasan, dando paso a la ofensa y al drama. Y a partir de las bromas, Casanovas apunta otras reflexiones políticas, el miedo al terrorismo potenciado por los medios de comunicación (la broma de Platja d’Aro, sacada de una noticia real), la pederastia y el machismo. Y, de hecho, una vez vista toda la obra uno termina dándole más valor a la denuncia machista que a otras reflexiones. Pues en esta obra la mujer ha sido objeto de un mercadeo insultante. Durante esta reunión saldrán a relucir todas las miserias, la cara más fea de cada uno. Pero hay un último giro final que, aunque funciona muy bien para llevar al límite de la tragedia a los personajes, deja el mensaje de denuncia de la mujer algo diluido.

Lo que más sorprende de la orfebrería textual de Casanovas es como ésta hace encajar todas las piezas y una vez terminada ya la obra, analizas todos los giros, toda la cronología de los hechos, y no hay ni una fisura en la estructura. Además, Casanovas sabe meterse en la cabeza del espectador experto y le mete trampas para que crea que las cosas irán por un lado o que tal personaje se ha comportado de una forma extraña, y luego te hace un giro que te desmonta toda la teoría. El buen escritor de thrillers siempre tiene que ir un paso más adelante que el espectador.

La historia sucede en un salón de una casa, moderno, y en este salón se mueven como peces en el agua el trío protagonista. Tres actuaciones divertidas, ágiles, donde Òscar Muñoz es el cabroncete que lo pone todo patas arriba, el típico colega egoísta que se siente más listo e íntegro que todos, cuando en el fondo es el que más puteado está. A su lado Ernest Villegas, acostumbrados a verlo en tesituras más dramáticas crea un personaje más débil, sumido en una media depresión. El contraste entre los dos personajes masculinos funciona porque el fuerte despierta al débil. Pero entra en discordia el personaje de Anna Sahún, espléndida en todos los registros que muestra, desde su llegada hiperactiva a la perplejidad y posterior comprensión sobre el problema de su marido hasta el estallido de indignación femenina. Las tres actuaciones partiendo de cierta naturalidad van evolucionando hacia la exageración. Pero no hay nada de inocente en ninguna de las interpretaciones de los personajes. Son personajes que se engañan entre unos y otros. ¡Y lo bien que se lo pasan los tres actores jugando a este juego!

Mala broma de Jordi Casanovas.  

Dirigida por Marc Angelet.

Interpretada por Òscar Muñoz, Ernest Villegas y Anna Sahún

Comedia negra.

Hasta el 6 de mayo en la Sala Muntaner

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