850x450 Cuerpos perdidos2 (2)

Crítica de “Los cuerpos perdidos” de José Manuel Mora

LOS CUERPOS PERDIDOS de José Manuel Mora

Dirección: Carlota Ferrer

Reparto: Carlos Beluga, Julia Castro, Conchi Espejo, Verónica Forqué, David Picazo, Cristóbal, Jorge Suárez, José Toriijo y Guillermo Welckert.

Producción del Teatro Español.

Colabora Teatro Calderón de Valladolid.

Madrid, 15 de noviembre de 2018.

UNA LÁGRIMA CAYÓ EN LA ARENA por Carlos Herrera Carmona

   Una hora aproximada había transcurrido cuando varios espectadores abandonaban el patio de butacas del Español. Murmullos y ruidos, entrecejos alterados y “toses frisonas”, como diría Quevedo. Era la prueba irrefutable del algodón: “el dardo en la palabra” -como dijo Lázaro Carreter- había llegado y dañado, pues ésa era su misión. El mensaje emponzoñado de José Manuel Mora, hecho carne, melodía y alegato de la mano de Carlota Ferrer, había dado en el blanco, había conmovido, había removido, soliviantado, alterado, alertado, angustiado, había po-si-cio-na-do al público allí reunido, tanto, que un grupúsculo decidió, ante la furia denunciante asentada en la trinchera del escenario, marcharse: El Teatro volvió a tomar cartas en el asunto, volvió a ser juez y verdugo.

   Demasiado dolor y dolor necesario. La Muerte, quien rondaba una urna de tela por escenografía al ritmo de música de sábado-noche suavizada por trompetas y artilugios mariachis, se sentía provocada, se animaba pues a desparramar su carnicería sensual e indolente. De esta manera, la denuncia llegaba bastante rápido y se nos colaba sin vaselina: los parlamentos eran propulsados por los actores cara a cara en un reto al público casi, desafiantes (el recurso manido del micro y la voz neutra y fría con tropezones en la dicción de alguno, no quedaba nada mal); el sexo narrado era soberbio y tangible: su textura llegaba a ser soez, tan soez que resultaba muy divertida, y tan divertida era, que cumplía su cometido: hacernos ver lo terrible que es matar sin compasión y como juego, y nosotros, claro, con media sonrisa, sin rechistar. Tono de noticiero macabro para relatar las muertes de las muchachas de Ciudad Juárez, que de paso se universaliza para aquellas otras que van matando (ojo, nótese este horror vacui  en este gerundio) por medio planeta.

    El autor se propone contar DOLOR y la directora se lo concede. El reparto, altamente polifacético, entra en un frenesí cercano a la máscara: melodramático, musical de comparsa, pseudochirigotero (me gusta: alivia…) y muy bailarín, con la urgencia metida en los huesos: algunos muestras de subyugadores números de danza entrelazados en actos de intimidad profunda, de crimen profundo; cantan como si la copla les trajera sin cuidado para sorprendernos, como coda a la puesta en escena. regalándonos un tema coral bellísimo -un clásico que La Vargas redimensionó- hasta llegar la distorsión.

     Brillante, espacial, agónico el uso de la luz sobre la escena -me entra envidia de la sana por no haberlo pensado yo antes para algunos de mis montajes… Los espacios se concatenan a ritmo cinematográfico; los asesinatos casi se solapan; no falta un perejil en este plato tan condimentado: una Stabat Mater Dolorosa y coronada (Verónica Forqué, siempre un deleite mirarte como tú miras…) que nos pellizca y nos regala pietas y pathos a diestro y siniestro para con su hijo con mono naranja guantanamero acusado de un millón de asesinatos .

    No sabría yo -y por no herir, ya que nunca es mi cometido al escribir esto que relato- a quién destacar del elenco: el esfuerzo es indudablemente coral, y, por tanto, encomiable. Reconozco, eso sí, que el principio de la obra es bastante tibio, que a la nave le cuesta levantar el vuelo, que alcanza muy forzada la altura, y eso me hizo pensar, dudar de mi papel allí, al tiempo que las cabezas de los espectadores se entretenía mirando los palcos: dos horas nos esperan sin escapatoria, pensé, sin embargo, ocurrió algo inquietante, la cosa se puso calentita, y muy rápido, el reparto tomó posiciones y lanzó el texto como un proyectil hasta que nos hizo cómplices de la denuncia expuesta, partícipes de cómo se mata en este mundo, de cómo se abusa en este mundo, de cómo Eva sigue siendo castigada y de cómo Adán, al perder a Eva, también va a ser castigado. Todos descabezados. Y al final, requiem: a llorar, a llorar todos, porque todos somos al final unos llorones, todas somos al final unas lloronas, en este valle de lágrimas, donde éstas caen en un desierto de ritos demoníacos y muchachas perdidas, en paraísos perdidos, en un Edén de arena, en un lugar donde el mundo es un desierto. No más. Que la tierra les sea leve a esos cuerpos -y a los futuros- nunca encontrados.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *