Crítica de L'ànec salvatge - Masteatro
l'ànec salvatge

Crítica de L’ànec salvatge

La potencia de los textos de Ibsen muchas veces no necesitan ser acompañados con una gran escenografía, ni una puesta en escena muy original. Como muchos autores sólo es necesario respetar el texto y dejar que los personajes cuenten sus miserias sin mucho más que añadir. Pero como en muchos autores, si un director decide reinterpretar la historia o acompañarla con una serie de elementos que le den un nuevo enfoque puede hacer que la obra de Ibsen coja un nuevo vuelo. Que se estrelle o no, eso ya depende mucho del nuevo enfoque del director. Afortunadamente L’ànec salvatge de Ibsen dirigida por Julio Manrique vuela muy bien en el Teatre Lliure. Pero esta no es una historia del pato que termina siendo un cisne.

El drama se masca poco a poco. El hijo pródigo del señor Werle (bajo la contundencia presencia de Andreu Benito), Gregor vuelve a casa invitado a las segundas nupcias de su padre. Su enemistad con su padre quien le acusa indirectamente de la muerte de su madre, le anima a urdir un complicado plan de venganza a través de su amigo de adolescencia Hialmar. La tozudez de Gregor para desenmascarar una gran mentida trastornará a todos los miembros de la familia Ekdal, quienes vivían con felicidad a pesar de su pobreza. Gregor se presenta como una especie de salvador y ve a Hialmar y su familia tanto como conejillos de índias como a cabezas de turco. Pero en la segunda parte de la obra vemos bien el reflejo de sus intenciones en las palabras del doctor Relling, quien le acusa de sabotear la paz de aquella familia con sus locuras, su actitud idealista y le lanza la tesis más certera y decadente de la historia, “si le quitas la mentida vital a un hombre vulgar, le quitas tiempo de felicidad”. Porque hay familias que han sido levantadas con amor, pero también con muchos secretos inconfesables. Y cuando la verdad sale a la luz, todo se hace insoportable, imposible de asimilar por el pobre Hialmar que pasa de una bondad e ingenuidad positiva a una explosión de ira y desprecio desaforada y hasta diría que exagerada. Es decir, hay que forzar a los personajes a una situación de tensión absoluta, pero, ¿no habría forma de hacerlo sin que el pobre Hialmar quedara como un estúpido orgulloso que hasta reniega de su hija? Claro que no hay respuesta por ello, el autor no puede hacerlo.

Julio Manrique, uno de los directores más prolíficos de este pequeño país, afina su lenguaje teatral montaje tras montaje y ya lleva unos cuantos en la espalda. En L’ànec salvatge Manrique confía en el buen hacer del escenógrafo Lluc Castells quien levanta dos escenografías: una que sirve para introducirnos algunos de los personajes más importantes en el banquete de una boda; y la segunda donde vemos el modesto apartamento-estudio de la familia Ekdal. Pero el espacio escénico es mucho más largo y profundo. Primeramente, por que utilizan toda la profundidad y amplitud del escenario (aunque la acción transcurre en primer plano) y dejan al pianista Carles Pedragosa en el medio de la sala, haciendo resonar su piano, su plato y otros cachivaches. Pero no sólo busca crear un espacio sonoro con resonancia, sino también quiere ampliar el campo de visión con un espacio que el espectador no ve, pero si que intuye. Así crea el sótano bajo una trampilla que se abre y baja a las catacumbas del escenario donde simulan que la familia Ekman tiene su particular corral, su particular bosque con animales para que el exteniente Ekdal pueda seguir disfrutando de su hobby a mano. Es ahí donde descansa el polémico pato salvaje. A lo largo de la obra los personajes bajan en este sótano y no los vemos. No están, pero los oímos. Por eso, Manrique y Castells ganan más espacio, aunque no lo veamos nos lo imaginamos.

Pero Julio Manrique también trata de ser el mejor director de actores posible y para ello siempre trata de rodearse de los intérpretes más ajustados a sus personajes, desde Jordi Llovet en sus dos papeles testimoniales (Petersen y Molvik) a Laura Conejero, la paciente mujer de Hialmar, Gina, quien mantiene la cordura y la dulzura hasta el final. Para los dos protagonistas, verdugo (sin voluntad de serlo) y víctima (sin conciencia de serlo), están Pablo Derqui, quien da voz y forma al inquietante y manipulador Gregor, y Iván Benet, Hialmar, quien compone una interpretación dual, del sosegamiento y la bondad del personaje antes de descubrir su mentida vital, al furioso y despreciable Hialmar (a veces demasiado intenso) que termina dando el portazo a la casa que tanto sudor le ha costado levantar. Y en medio la gran víctima, el pato salvaje, la hija, Hedvige. La obra es de Elena Tarrats, la menuda actriz joven, muy bien dirigida, que sabe que la clave está en hacer una Hedvige que debe ser ternura y luz, quien expresa sus sentimientos de manera pura, sin manipulaciones. Y es por eso que su descenso a su particular infierno, a su decisión final es tan conmovedor. Al igual que su particular despedida, cantando una canción (suponemos que noruega), a través del cristal, bajo un manto de nieve. Frío y desolador.

Sin duda, Julio Manrique se está coronando como un director eficaz, que sabe levantar dramas contundentes aportando una propia mirada muy sentada en una estructura cinematográfica. El uso de la música en esta obra es muy remarcable. Empieza desde un punto de vista diegético, donde el pianista está amenizando la boda y donde hasta tenemos la interpretación vocal de Miranda Gas (quien se encarga de representar Soerby, la mujer de Werle) quien canta para su marido. Pero luego el pianista, sin dejar su sitio y de aparecer en ciertos momentos sigue interpretando melodías, codas y sonidos varios que recrean una sonoridad extradiegética, que ya no interpela a los personajes, sino que les da profundidad psicológica. Carles Pedragosa va creando un espacio sonoro inquietante o con cierta ternura, según el personaje o la situación que acompañe. Vaya, una banda sonora en toda regla. La mirada de Julio Manrique y las interpretaciones del elenco mejoran un drama que termina haciéndose demasiado melodramático y un punto increíble.

L’ànec salvatge de Henrik Ibsen.

Adaptada por Marc Artigau, Cristina Genebat y Julio Manrique.

Dirigida por Julio Manrique.

Con Pablo Derqui, Iván Benet, Laura Conejero, Elena Tarrats, Andreu Benito, Jordi Bosch, Miranda Gas, Lluís Marco y Carles Pedragosa.

Drama sobre secretos familiares.

Hasta el 9 de abril en el Teatre Lliure de Montjuïc.

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