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Crítica de “La ternura” de Alfredo Sanzol

LA TERNURA de Alfredo Sanzol

Texto y dirección: Alfredo Sanzol.

Reparto: Paco Déniz, Elena González, Natalia Hernández, Javier Lara, Juan Antonio Lumbreras y Eva Trancón.

Una producción de Teatro de la Ciudad y Teatro de la Abadía.

Teatro de la Abadía, 23 de junio de 2018. Madrid.

HA NACIDO UNA OBRA por Carlos Herrera Carmona

     Como habría podido espetar el mismísimo Lope a regañadientes en mitad de aquel público entregado y en pie al final, La ternura fue un “banquete de los sentidos”, por lo tanto, seguramente -doy por hecho- mis palabras en esta reseña no aportarán nada especial a todo lo que se ha escrito o hablado acerca de esta genuina creación de Alfredo Sanzol, vitoreada y ensalzada allí por donde ha sido escenificada, así que daré paso a mi panegírico -que espero no resulte muy pasteloso- pues no hallo otro formato en donde poder enmarcar esta puesta en escena.

     La ternura se presenta de principio a fin sin artificios escenográficos ni lumínicos ni musicales -he ahí el quid– como una mezcolanza sabrosa, una alquimia fulgurante bien condimentada para que nuestro paladar saboree gustoso un viaje imaginario hacia los brazos del bardo inglés, cuyo recuerdo estará presente tanto en tramas remasterizadas así como en algunos de sus hits más populares que surgen estratégicamente insertados, a modo de guiño, a lo largo del texto. La ternura -en estos tiempos de amores líquidos y comida rápida que lo mismo es, donde la delicadeza ha dado paso a lo abrupto en las relaciones sentimentales y en donde la palabra se ha rendido lamentablemente ante una acción sin miramientos, es por ello que el cuento de la pieza adquiere un gran valor en su cometido, además de defender los trabajos actuales de amor perdidos y avisar del mucho ruido cuando no hay nueces en el flirteo; de recrear ambiente de corrala antigua donde la palabra se empodera en su enésima potencia y retoma su papel como acotación interna, por no olvidar los mensajes ars amandi sin tapujos de Sanzol, y donde la poesía roza el desespero pero que, justo antes de entrar en terreno de lo ajeno, se retoma a sí misma creando embelesamiento en el respetable. Es más, este conjunto performático apunta a un sustantivo que lo sostiene y eleva: chispa, pues esta es la ardua capacidad de prender el enamoramiento entre público y reparto, lo que The Boss pedía precisamente para que los amantes no bailaran en la oscuridad, ese santuario iluminado que a su vez persiguen estos personajes por más que se nieguen los unos a los otros entre retruécanos, evasivas, pullas, coqueteos, desdenes a no volver a enamorarse -delicioso conflicto de vodevil donde los haya- no obstante ocurre que los hados, caprichosos ellos, les torturan haciéndoles comportarse como Romeos castizos, locos, bajo los efectos de la magia de la diosa Fortuna, y que van cayendo uno tras otro como moscas en el almíbar de dos naúfragas solteronas, quienes, alteradas por la química innegable de Amor, vencen lo que es el Padrenuestro de hoy en día:  el miedo, no huir, doblegarse ante los efluvios que nos invaden y decir “sí quiero” a quien nos persigue sin descanso y sin lisonjas falsas por esta isla desierta donde naúfragos y nativos en extinción habrán de reaccionar de manera diferente al sentir un roce, al candor de una mirada sincera y sucumbir aunque se vaya por la vida de travestidos: es lo conoce como la forza dell’amore

    Se suele destacar, qué duda cabe, a algún intérprete por un instante soberbio, por una declamación que te ponga los pelos como escarpia, etc, etc, pues bien, aquí lo brillante está equalizado, es más, sería conveniente verla de nuevo pues al ojo no le da tiempo disfrutar de lo que siente, de cómo se mueve el otro, de por qué llora aquella y las dosis de humor fino entremesil que aquél nos ha dedicado: por citar: candor y rabia amorosa en Javier Lara, clown delirante, superb en Natalia Hernández, versatilidad y maestría en Paco Déniz, recuerdos febriles de dama de una noche de verano en Eva Trancón, soberbia desternillante en Elena González y ese pater familias con barnices de Boccaccio en Juan Antonio Lumbreras. Ahí es nada.

    Demando -demandamos- una secuela o precuela o variante musical de este texto dado que, a uno a quien le cuesta reír en el teatro, saliera con fiebre de sábado noche de la Abadía. Rematando mi temporada reseñera con esta guinda, dulce, sabrosa y redonda, en un Madrid que, visto lo visto, aún puede rezumar versos de siempre sonando a los de ahora, y lucir miriñaques y guardainfantes guerreros a fin de que nos sigan salvando, todo ello en su conjunto, de cualquier naufragio de la Imaginación. Si pudiera ocurrir una simbiosis entre este montaje con Ronlalá sería sencillamente spectacular…

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