Crítica de "La máquina de Turing" de Benoit Solès - Masteatro

Crítica de «La máquina de Turing» de Benoit Solès

LA MÁQUINA DE TURING de Benoit Solès.

Reparto: Daniel Grao y Carlos Serrano.

Dirección: Claudio Tolcachir.

Iluminación: Juan Gómez Cornejo.

Escenografía y vídeo: Emilio Valenzuela.

Producciones Teatrales Contemporáneas.

Teatros del Canal. 10 de noviembre de 2020. Madrid.

 

CORAZÓN VERSUS MÁQUINA por Carlos Herrera Carmona.

Caprichoso como siempre se comporta el azar, llegó a mis manos hace no mucho, Breaking the code, la película basada en la vida de este ser desdichado, de este sufridor, un genio hambriento de amor llamado Alan Turing,  He de advertir que nunca leo otras reseñas, ni siquiera el programa de mano. Tampoco visiono material relacionado con la pieza, como su dossier de prensa, biografía del autor o curricula del reparto. Quizá se me tache de frívolo al manifestar todo este proceder abiertamente, pero yo soy de los que prefieren asistir a cualquier función cuanto más virgen, mejor. Será porque no me considero crítico al uso, como ya he matizado en otras ocasiones, sino espectador con otras lentes y otros intereses: aprender y disfrutar. Por este orden.

Comenzaré por el final, por el emocionante aplauso que el público regaló a los dos actores. De manera casi coordinada, el público se fue poniendo en pie al compás de vítores que se oían sin pudor. Los actores mostraban a cambio una sonrisa tímida, como si se tratara de la última función. Esto es algo que, personalmente, siempre me conmueve: constatar cómo se recibe la aprobación del espectador cada día de manera virginal. La interpretación de ambos actores, Grao y Serrano, fue delicadamente valorada por el respetable, tanto fue así, que los comentarios de los espectadores a la salida iban de la emoción a la conmoción. Grao se los llevó de calle. Era de suponer. El eje era él. Destacar su buen hacer en mantener la rigidez corporal dolorosa que requería su singular personaje, la voz trémula y frágil, los tics controlados sin llegar al abuso a fin de que la caricatura no lo devorase e igualmente hacer de la ironía, y de refilón, del sarcasmo, la pátina que lograba hacer brillar sus intervenciones sin ser jocoso, aunque al público le gustaba reír con las ocurrencias de Turing. Su pareja escénica propulsaba su acción y la dotaba de velocidad. Se agradece la tarea multidisciplinar de Serrano, quien dotaba a cada uno de sus roles de una impronta satisfactoria.  Todo ello arropado por una escenografía que, aun previendo lo que de ella se podía esperar, sorprendía en su uso y manejo. Me refiero a las proyecciones sobre todo.

Sin embargo, y tal y como comenté al principio de esta impresión, yo había visto la película semanas antes y por ello quizás acudí al teatro contaminado, esta vez sin querer, y, al igual que yo al dirigir mis propios textos soy capaz y capataz de tachar y de abstraerme de mi propia creación, intenté, durante el tiempo que duró la representación, repetir este distanciamiento y evitar así constantes visitas a las escenas de la película para no caer en comparaciones impertinentes. Pero fue irremediable. La película pesaba demasiado sobre mí y es por esto que eché en falta más personajes -la esposa de Turing, por citar. Las secuencias de la vida del genio eran relatadas por él mismo fugazmente, como para no dejarse nada en su tintero biográfico y no ser criticada la dramaturgia por falta de datos. Esto no es más que una opinión sobre algo que se expone en escena y este es el riesgo que nuestro arte conlleva. Mil perdones. Eché en falta el tormento de Turing aprovechando la magnífica interpretación de Grao; habría puesto el foco sin dilación en su agonía vital perenne por ser amado estando inmerso en la prohibición y así la obra me habría tocado. Para este menester nos podemos servir de la ficción, para que aderecemos, o potenciemos, o imaginemos, por qué no, este tipo de vidas turbulentas. Me quedé con la sensación de que esto era realmente lo que el autor quería contar y que se quedó a medio camino. O no. La aparición de la máquina alemana en escena la habría cambiado por su propio corazón, su entraña, en sentido metafórico, claro está. La máquina es una anécdota aquí, mientras que el tormento del genio es lo que trata de salir a la superficie cada minuto y le cuesta. Un magnífico zasca final habría sido dejar patente la tardanza de Su Graciosa Majestad actual en admitir su gesta y perdonar su forma de amar diferente. Nos quedaremos con el esfuerzo notable de los intérpretes y la intención del director por querer gritar a los cuatro vientos el sagrado nombre del pobre Alan y su tormento, más que su máquina, creo.

Carlos Herrera Carmona es dramaturgo, director, crítico teatral y profesor en la Comunidad de Madrid. El otoño pasado presentó sus últimas obras «Sabina» y «La maldición de Mírtilo» (Temática grecolatina).

www.carlosherreracarmona.com

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