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Crítica de “Para la libertad” de Florianne Valadez

 

PARA LA LIBERTAD de Florianne Valadez

Taller de Interpretación en el Teatro Musical III

Real Escuela Superior de Arte Dramático. Madrid, 24 de abril de 2018

Dirección, versión y adaptación: Miguel Tubía.

Música: Joan Manuel Serrat.

Maestro repertorista / Pianista: Miguel Baselga.

(Aviso a navegantes: Esto no es una reseña al uso. Lo que vi anoche fue un examen para el alumnado que cursa este Taller de la Resad además de una apuesta valiente y combativa como ha de ser cualquier manifestación teatral. Son mis impresiones, esta vez sin haber sido filtradas por el tamiz de la emoción).

MADRASTRA HISTORIA por Carlos Herrera Carmona

     Un piano y una secuencia histórica. Las manos del pianista que interpretaban un conjunto de canciones de Joan Manuel Serrat apaciguaban el impacto que pretendía causar la pieza: la masacre estudiantil en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco en México, el 2 de octubre de 1968, cuando el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz lo consideró esencial para, según él, abatir ideas comunistas. Tanto la provocación como la alteración en nuestras conciencias y memorias que se iban gestando en escena estaban pues más que servidas.

     Una vez eliminada la pátina del miedo y de la vergüenza a hablar y a mostrar, por ende, este osario, el joven reparto defiende y asume los roles de aquellos estudiantes para gritar la libertad de expresión y un futuro decente para su país. Serrat, entretanto, era testigo discreto y receptor desde la fila 12 de dicho relato; oía sus temas más emblemáticos, la mayoría de ellos correctamente insertados y engarzados en la trama cuyas letras aportaban mayor significado e incluso escalofríos altamente impactantes en el auditorio.

      La autora del texto del libreto allí presente en el saludo final junto a Serrat, Tubía y Baselga aprovechaba su oportunidad para recordar y recordarnos lo que no se debe repetir y por lo que sí hemos de seguir luchando, sobre todo contra las huestes con la sangre más nociva, más asesina y más enferma: no más bocas selladas ni metralletas sin compasión aniquilando vidas desde ningún cielo.

       Con la venia de Valadez sí he de resaltar que las escenas entre los Presidentes restaban tanto ritmo como intensidad así como un cúmulo, a veces cansino, que pecaba de excesivo material documental y de archivo cuyo contenido, o bien se hubiera proyectado sucintamente a modo de titulares sobre el ciclorama, o bien obviado: la musicalidad y la propia historia cantada y contada por el reparto respectivamente era, de sobras, efectiva para cargar más las tintas del mensaje.

    A destacar el papel de La Madre en la joven Elena Villa, conmovedora, segura y con una voz clara y transparente que arrancó aplausos y vítores al término de su monólogo de corte lorquiano y también cuando volvió a dar su “do de pecho” como broche a la representación. El trabajo coral de sus compañeros, empastado y muy atento a los detalles.

       Quiero seguir asistiendo a la Sala Valle-Inclán de la Resad. Me gusta ver lo que se cuece en esos hornos; me gusta ver cómo se preparan y preparan a jóvenes como los de ayer al igual que en el pasado trimestre vi a los del musical Nine. Me gusta el trabajo de iluminación, delicado y sutil, como el de ayer. Me gusta asistir al génesis de muchos y de muchas voces, y, sobre todo, me gusta saber que están emocionados por contar y cantar fragmentos de la Historia, que, como decía Arrabal, no es madre a veces sino madrastra. Me gustan las palabras soberbias, acertadas, poéticas siempre de Serrat, patrimonio de nuestras lenguas ibéricas, cuando en su discurso final nos previene de “los malignos”… Y siempre, como es de rigor, nos quedarán afortunadamente las manos de un pianista que amortiguará el sonido eterno de las eternas balas.

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