La conferencia de Wannsee

Crítica de “La conferencia de Wannsee”

20 de enero de 1942. 15 jóvenes y cultos alemanes, ocupantes de puestos de importancia en el gobierno Nazi, se reúnen en una majestuosa casa cerca del lago Wannsee para acordar los detalles de la llamada “Solución Final” al “problema” judío.

75 años después, mientras en la vida real la extrema derecha vuelve a ocupar el que es el puesto político más influyente del mundo, en teatro se recuerda el fatídico encuentro en el que se selló la muerte de más de 6 millones de personas. La Conferencia de Wannsee, teatralizada por Filip Nuckolls, Vladimír Cepek y Pavel Bsonek a partir de la transcripción real del acto, se representa estos días en la histórica Casa de la Seda de Barcelona. 14 actores son los que dan vida y voz a estos personajes tan peligrosamente reales mientras una narradora contextualiza la situación al inicio y al final de la función.

Como espectadores, asistimos a la conferencia para seguir las diferentes posturas sobre cómo acabar con la molesta plaga que acecha Europa. Todo tipo de razonamientos se van sobreponiendo: “Expulsarlos parece no ser medida suficiente. ¿Y si simplemente son esterilizados para evitar su continuidad? Esa sería una solución a demasiado largo plazo, además de que por el momento no hay medios suficientemente desarrollados. Tampoco parece una buena opción fusilarlos, cosa que requiere de una gran inversión de balas y tropas. La verdad es que se necesita mano de obra… Pero la mayoría de judíos alemanes, formados e instruidos en profesiones de nivel, no han cogido en su vida un peso mayor que el de un lápiz. La deportación a campos parece ser la solución más adecuada. ¿Exterminio? No, esa palabra está prohibida, da mala prensa…”

Y así, poco a poco, nos sorprendemos a nosotros mismos siguiendo unos argumentos que en cierto modo tienen su lógica. Por un momento, incluso parece que podemos llegar a entrar en el diabólico juego de olvidar la atrocidad de todo lo que se dice.

Sí es cierto que desde el principio vemos caras serias entre los personajes. Tenemos la esperanza de que alguien se interpondrá en las decisiones aquí tomadas. Pero justo cuando creemos divisar un ápice de humanidad, una protesta que recuerde a los asistentes la magnitud del genocidio que se propone, nos damos cuenta de que las objeciones se basan en motivos personales o pragmáticos, en ningún caso morales. Tampoco serviría de mucho, ya que en realidad el plan está confeccionado de antemano por el organizador del evento, Reinhard Heydrich, hombre de confianza de Hitler, interpretado por Carles Goñi. Poco se puede protestar ante la jerarquía despiadada del fascismo.

La dirección de la pieza recae en el checo Psonek , quien se pone al frente de una compañía con talentos interpretativos desiguales, con interesantes papeles protagónicos pero un coro secundario de calidad más bien aficionada. La historia no ocurre para ser representada, y la mano de los profesionales tiene que saber adaptarla al medio. Quizás un recorte de personajes le daría más aire y organicidad a toda la puesta en escena.

La obra se lleva a cabo en un imponente salón de más de trescientos años de antigüedad. El espacio, con paredes forradas de seda y tres majestuosas lámparas de araña, ejerce de escenario en sí mismo. No hace falta más a nivel escenográfico, si bien algún foco que retocara lumínicamente la escena tampoco estaría de más.

Y pese a todo, la potencia del texto atrapa y asusta a partes iguales. Sorprendentemente, la frialdad con la que se trata la vida humana funciona de forma magnética. Y la conciencia de la realidad de los hechos nos plantea, una vez más, la crueldad que fácilmente se aloja en el ser humano.

La conferencia de Wannsee, a partir de la transcripción real de la conferencia.

Dramatúrgia de Filip Nuckolls, Vladimír Cepek y Pavel Bsonek.

Dirigido por Pavel Bsonek.

Interpretado por Jordi Gràcia i Vallès, Carles Goñi, Jose Pérez-Ocaña, Òscar Intente, Roger Batalla,
Xavier Pàmies, Oriana Bonet, Sergi Marcos, José Ángel Rico, Lluís Ruf, José Tobella, Miquel Simó, Ignasi Guasch, Carles Martinho y Edgar Moreno.

Hasta el 4 de febrero en La Casa de la Seda

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