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Crítica de "La cena del Rey Baltasar" - Masteatro
La cena del Rey Baltasar

Crítica de «La cena del Rey Baltasar»

La primera vez que oí a hablar de los auto sacramentales fue hace un año, cuando en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro pude ver un montaje de este mismo texto dirigido por Hermánn Bonnin. Fue allí donde descubrí que este tipo de obras fueron creadas hace cinco siglos para adoctrinar a la sociedad sobre la importancia de la Eucaristía cristiana. Revisando notas que escribí en aquel momento me encuentro con esta frase: “No voy a entrar en la discutible necesidad de representar el texto en nuestro tiempo”. Sin embargo ahora, después de ver el montaje de la compañía Los números imaginarios en el Tercera Setmana de Valencia, puedo decir que comprendo un poco más el objetivo de la elección, al menos en el caso que aquí nos ocupa. La clave la encuentro en una frase del director y dramaturgo Carlos Tuñón durante la rueda de prensa del montaje: “Lo que intentamos mostrar es que el texto de Calderón de la Barca no tiene ningún sentido hoy en día”. Resulta complicado explicar a qué se refiere sin desvelar el final de la obra, pero creedme si os digo que merece la pena averiguarlo.

Desde que los espectadores entramos en la sala, los actores nos invitan a una fiesta. En una punta de la mesa se encuentran el Rey Baltasar y sus consejeros: el Pensamiento, la Idolatría y la Vanidad. En la otra, un significativo personaje actúa como maestro de ceremonias y selecciona a 12 personas de entre las gradas para que se sienten a compartir la mesa con los personajes. Una a una, los escogidos son presentados e invitados al rito. Mientras tanto, los acompañantes del Rey interactúan con el público hablándole, preguntándole y creando un ambiente cómodo y distendido. El único que se mantiene inmóvil, marioneta protegida y controlada por sus acompañantes, es un Rey desnudo tan vacío por dentro como por fuera.

Cuando la cena está lista, empiezan los versos de Calderón. La batalla entre el bien y el mal, entre Dios (representado por el arcángel Daniel) y los instintos egoístas. Ganan los segundos y, ante la humillación de los primeros, empieza la cena. Y una vez más se crea la fiesta. Compañía y público tomamos el pan y el vino. Hablamos. Reímos. Incluso hay quien baila y canta. La espontaneidad arrastra a todos los presentes. Y la fiesta continúa hasta que de una forma natural, paulatinamente y sin que apenas nos demos cuenta, acaba, dejando paso al silencio. Si la obra es una fiesta, el final es una puñalada en el estómago, un grito silencioso de incertidumbre y amargura.

Por supuesto, las actuaciones son imprescindibles para lograr dicho efecto. Resulta especialmente destacable la desenvoltura de Pensamiento (Rubén Frías), Vanidad (Alejandro Pau) e Idolatría (Kev de la Rosa), esta última en forma de un divertido y sensual travesti. Pero si hay alguien que se merece más que nadie la corona interpretativa es Baltasar. Jesús Barranco se mantiene impertérrito durante toda la función sin apenas hablar ni inmutarse, con un aguante tan preciso como aterrador. Solo hay un momento, cuando se levanta soñoliento y da una vuelta alrededor de la mesa llenando de alegría sus movimientos con la felicidad y el poder que cree poseer.

También la puesta en escena es un auténtico acierto lleno de simbolismos y metáforas. Se observa en detalles como el vino que va derramándose lentamente desde una bolsa de sangre o en la torre de Babel que Vanidad e Idolatría construyen ayudados por algunos de los comensales. La música religiosa, elemento incluido en el auto sacramental, queda aquí reemplazada por canciones del siglo XX cantadas a capela con percusión corporal -como el Hallelujah de Leonard Cohen o el We are Young de Fun- y magníficamente escogidas en cada momento.

Pero hay algo aún más chocante, y es que la función resulta un muy potente experimento en el que la obra es creada a partes iguales por público y actores. Y no solamente con la comida que todos consumimos –algo que en mayor formato ya han hecho otras compañías como por ejemplo La Fura dels Baus y su versión de Titus Andrónicus– sino también con la libertad de interactuación que convierte cada función en una experiencia única en la que cualquier cosa es posible.

Del mismo modo que el Rey, el público también elije unirse al banquete y a las consecuencias que este conlleva. Puede que ya no nos atemoricemos de una mano divina que venga a imponer justicia. Pero todo cae por su propio peso. La eternidad no es más que una ilusión. Y el abandono se puede convertir en el peor de los castigos.

La cena del Rey Baltasar de Pedro Calderón de la Barca. 

Adaptación y dirección de Carlos Tuñón.

Interpretada por Jesús Barranco, Enrique Cervantes, Alejandro Pau, Kev de la Rosa, Rubén Frías y Antonio R. Liaño.

Compañía Los números imaginarios

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