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Crítica de “Islandia” de Lluïsa Cunillé.

 

ISLANDIA de Lluïsa Cunillé

Dirección: Xavier Albertí

Reparto: Joan AngueraLurdes BarbaPaula BlancoJuan CodinaOriol GenísJordi OriolAlbert PérezAlbert PratLucía Quintana Abel Rodríguez

Escenografía: Max Glaenzel

Iluminación: Ignasi Camprodón

Teatro María Guerrero. 15 de junio de 2018. Madrid

Una producción del Teatre Nacional de Catalunya.

SFUMATO de Carlos Herrera Carmona

     Dos horas de representación. Óptimos diez primeros minutos donde ese desconcierto escénico promete. A partir de ahí, intento conectar con la aspereza, con el desarraigo que tanto el texto como su puesta en escena persiguen. Intento llegar al borde del acantilado y divisar el valle en el plano dramatúrgico diseñado por Cunillé y consigo ver el abismo repleto de billetes de dólar, de miseria, oquedad, la sombra de Miller, catástrofe y la Nada. Intento seguir la itinerancia estéril y, paradójicamente inamovible, de este Stephen Dedalus que hace las veces de Oliver Twist; este joven impasible, parco en palabras, en gestos, en tonos cuyo estado, casi catatónico, me impide solidarizarme y seguir acompañándolo. Aun así, intento ir de su mano en su descenso; seguir con mis ojos adonde me intentan llevar los suyos, desde un vagón de tren hasta Wall Street y, mediante este arco de peripecias con el que, sin armas, intenta desentrañar su propio destino, detecto un je ne sais quoi que me va alejando de él y de algunos de los personajes de la galería (la vagabunda, un deja vu). Pienso yo que, si al menos con este distanciamiento lograra yo forjar un espíritu crítico -como espectador indudablemente- me habría aferrado a ellos. La cuestión es que el efecto en mi iba siendo justamente el opuesto. Las pausas no conseguían oprimirme, sino agotarme. Las repeticiones en preguntas y respuestas; ese no entenderse de los personajes, el interrogarse continuamente sin llegar a concretar nada, su inmovilismo, esa “Marca Pinter” in extremis, me incomodaban, precisamente por eso, por su extremo y un humor difuminado. Sin embargo, al pretender que este sea el vórtice sobre el cual han de girar cada uno de los diálogos, hacen que perturben y no conmocionen. ¿Era ése el propósito otal vez  meras frecuencias dispares entre el acto teatral de anoche y yo? Y aquí que me pierdo en si no he comprendido, si mis aspiraciones eran demasiado elevadas, si me falta empatía suficiente ante este texto, si el ritmo era excesivamente ralentizado que me ha hecho distanciarme tanto que no he apreciado lo que la autora del texto y su dirección se proponían.

     Contemplando la parte líquida de la botella: a destacar, la primera escena, que inquieta y saca su mano para atraparte junto con la “sorpresa” que trae consigo. Indudablemente sobresale el espacio sonoro -liberador, casi apocalíptico- y el logro del escenógrafo e iluminador por haber retratado atmósfera y aire -el perfume del incienso inesperado- y, como un oasis, la aparición de Lucía Quintana, hipnotizante, inesperado, al buscar su personaje respuestas y paz en el templo al tiempo que abandona sus quehaceres maternales.

       A la espera de otro texto en carne y hueso de la autora. Quiero reconciliación.

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