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Crítica de "Intensamente azules" de Juan Mayorga - Masteatro

Crítica de «Intensamente azules» de Juan Mayorga

 

INTENSAMENTE AZULES de Juan Mayorga.

Reparto: César Sarachu .

Dirección: Juan Mayorga.

Producción: Entrecajas Producciones Teatrales.

Teatro de la Abadía. 19 de enero de 2019, Madrid.

REVISIÓN ÓPTICA por Carlos Herrera Carmona.

   Me dispongo a dejarme llevar por su sola presencia y voz. Un personaje en el ruedo. A saber, pienso. A saber cómo manipulará el Tiempo y el Espacio sideral en el que se ha colocado frente a mi. Curioso, alerta me tiene mientras juega él con ambas coordenadas. Para un personaje siempre es fácil: nunca se va a caer mientras las recorre, aunque sea de puntillas o con tacones. Su naturaleza siempre estará a salvo en ese ahí, en aquel ahora. Lo que me intriga o me subyuga es cómo el cuerpo de Sarachu le va dando alma durante más de una hora en un lugar desnudo que parece ser que es un teatro vacío, esa oquedad donde todo puede cambiarse al son de las palabras, esa cueva de las maravillas que se magnifica al ritmo de la acción, esa caverna de sombras donde nada es verdad ni es mentira, pues dependerá todo del color del cristal con que lo observemos: en este caso, intensamente azul. Un cristal como el mismísimo éter, y no rosa, como nos obligan a visionar la vida los falsos coaches o gurús por Youtube: este chasco sin respuesta y con preguntas que sólo se alivia yendo a ver a un actor que no se tropieza al caminar por los mismos ejes que lo intentamos -y así nos va-nosotros: ese Tiempo que nos persigue, ese Espacio que nos atrapa.

   Nuestro actor se transfigura, como ha de ser. Nos transporta cinematográficamente de un punto a otro de su imaginario sin que le importe el parecer del dios Crono (nuestro héroe no se apellida Conway…). El actor maneja al protagonista de Mayorga como si lo quisiera de siempre, como si lo mimara en demasía, como si estuviese de acuerdo con él en su crítica candorosa y que nos sirve como disolvente, pura cal viva, cuando nos presenta y representa a su escaparate de personajes, alguno más real que otros… Mucho de Arlecchino, mucho de Pantalone, mucha commedia para azuzarnos y convertir a la tragedia en una cabalgata de seres que conocemos de sobras: desde el monarca jubilado hasta la funcionaria en modo Cruella de Vil. No sé si es un Sancho Panza delgadísimo que nos da lecciones con gestos a lo Charlot o un Quijote desarmado que cabalga con unas gafas intensamente azules que no usa ni para nadar ni para dormir, sólo para filosofar sin querer queriendo como el Chavo del Ocho… El protagonista nos obliga a creer que los objetos tienen vida propia, tanto, que son sus propios vástagos; la cosificación valleinclanesca puesta del revés al servicio de la escena. Es mucho teatro lo que hay, y del de toda la vida, el más sencillo, el de verdad: el actor acariciando a su personaje en tanto que el respetable se entrega tanto a su candidez como a su pensar que supura rabiosísima actualidad. Ya sabemos que entre broma y broma, la verdad asoma, y esta fórmula mágica inventada hace siglos es perpetua y efectiva. Mucho teatro, como digo, por tantas pequeñas grandes verdades en un carrusel de tipos y tipas cotidianos sin dejar a un lado Lo Extraordinario: la fantasía en forma de diluvio refrescante al final cuando nos cuenta que otros también han decidido no sumarse al rebaño y logren, deseen ver las cosas como les apetece, con artefactos naúticos y Schopenhauer bailando mientras el planeta futuro le baila el agua.

    Me gusta reírme en el teatro. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien y me acordé rápidamente de Wordsworth:

«Pensar en nuestros años pasados despierta en mí
una bendición perpetua: que no se dirige
hacia lo más digno de veneración:
el regocijo y la libertad, el credo simple
de la infancia, cuando se mueve o descansa,
con la esperanza recién desplegada todavía agitándose en su pecho…«

    El poeta desde Cumberlands nos animaba a ver el mundo con su miseria y su grandeza a través de los ojos de un niño: sus lentes eran del color de la virginidad hecha naturaleza. Así me vi yo anoche, riéndome y muy asombrado, mucho, por cómo Sarachu movía los músculos de su cuerpo delicadamente, como si flotara, comunicando tanto o más que cuando recitaba, o cantaba boleros, o simulaba, o imitara. En vez de estar en la nave de una antigua, Sarachu se movía bajo la carpa de un «circo filosófico». Nadie de los que estuvimos allí olvidará a este caballero andante cuando nos coloquemos las gafas de turno para bucear. ¿O mejor probamos a dejárnoslas puestas?

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