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Crítica de “How to disappear completely”. Grumelot/Nave 73. Surge Madrid 2018

 

HOW TO DISAPPEAR COMPLETELY

Una producción de Grumelot-Nave 73.

Texto y dirección: Carlota Gaviño e Iñigo Rodríguez-Caro.

Colaboración textual: José Padilla y Antonio Rojano.

Elenco: Sara Bores, Lola Cañadas, Iván de Álvaro, Ainoa Fernández, Claudio Gómez Fernández, Eva Gutiérrez Menéndez, Itziar Manero, Lucía Ranz, Laura Rodríguez Sánchez, Carlos Pulpón y Pablo Viribay.

Nave 73. 24 de mayo de 2018. Madrid.

 

JUGUETES DE LA FORTUNA por Carlos Herrera Carmona

 Me aburre todo y nada me satisface. Como persona soy un rotundo fracaso. Soy culpable, se me está castigando. Me gustaría matarme. Sarah Kane,  4.48 Psicosis.

(Lunes 21 de mayo. C/ Argumosa. Penumbra de tormenta sobre Lavapiés. Entrevista a Iván de Álvaro, Carlos Pulpón y Eva Gutiérrez.)

IVAN.- El fracaso como parte del proceso.

EVA.- Hoy en día es más fácil ser agresivo que perdonar.

CARLOS.- Es una rebelión ante el éxito.

    Tres titulares me ofrecieron, entre multitud de mensajes deseosos de ser escuchados, estos tres jóvenes quienes parecían tomar el relevo de los del montaje Julieta y Ofelia, suicidas de toda la vida, ya que, con idéntico ímpetu y ganas titánicas de revelarse contra la norma y lo establecido, me contaban por qué había llegado su momento de hacer un alto en el camino y lanzar premisas como las anteriores -dinamitantes, conclusivas, valientes- a fin de ser escuchados en el Surge Madrid 2018, sin importarles en absoluto ni los cánones dramáticos ni los escénicos, tan sólo empeñados, sin que nada ni nadie se atreva a detenerlos, en mostrar una alternativa de pensamiento para su propia generación cuya testuz se ve continuamente hostigada por mandatos de un futuro modélico e impuesto, un devenir que no permite tregua para con el fracaso, ni siquiera la virtud innata al individuo del libre albedrío -¿castrado ya?- para poder elegir lo más sano para el espíritu mas no para el Gran Sistema. Los tres acudían en representación de sus compañeros, del proyecto y de su ideario y dejando ,muy por sentado, su negativa a jugar el juego pactado/impuesto/ortodoxo. Como consecuencia, ellos tres, más los otros ocho, defienden a capa y espada How to disappear completely , su pieza a la que tuve la ocasión de asistir el pasado jueves en Nave 73, como los setenta y tres segundos que tardó el transbordador espacial Challenger en desintegrarse. Corría el año de 1986. ¿Lo recuerdan?

     El elenco, como digo, formado por once “apóstoles” que se transforman en ellos mismos, en astronautas, en políticos, en altavoces y portavoces de su generación, contraatacando desde una cancha de baloncesto -este es el emplazamiento escenográfico- que será convertida en el espacio exterior, en su espacio interior, en un púlpito reivindicativo y, por qué no, en el despacho oval de la Casa Blanca.

IVAN.- Este proyecto nace de la propia escuela de Nave 73. Gracias a ella, hemos podido contar con los medios y el apoyo para llevar a cabo esta puesta en escena.

CARLOS.- Hemos partido de una pregunta “¿Qué es para ti el fracaso?” Y sobre esto se han articulado todas las piezas basándonos en una creación colectiva.

EVA.- Hemos recurrido a fracasos históricos, comunes, individuales para crear el hilo argumental. Al final optamos por el que ofrecieron dos compañeras nuestras: el fracaso del Challenger en 1986 donde murieron siete astronautas.

IVAN.- Mezclamos la performance, la tragedia, la farsa. Somos once en el reparto y eso ha producido once capas diferentes en la puesta en escena, once cabezas pensantes.

CARLOS.- Hemos contado indudablemente con la dirección de Carlota Gaviño e Iñigo Rodríguez-Caro quienes, con un gran olfato teatral y sin censura en ningún momento, nos han permitido trabajar con libertad, pero sin olvidar su visión externa y la ordenación de nuestras propuestas.

EVA.- El espectador asiste a algo que para nosotros es normal: una puesta en escena multimedia, con multitud de “ventanas”. Es a lo que hoy en día estamos acostumbrados. Hemos estado cinco meses investigando y dos para darle forma a todo ello.

CARLOS.- Aunque suene difícil de creer, el mensaje que lanzamos es positivo.

IVAN.- Nuestra generación vive sin metas, nos ha tocado vivir el siglo de lo productivo; estudiar algo que tenga sentido (para ellos, claro). Sólo decimos: Déjame fracasar. Y mi mensaje es muy claro: ¿Qué utilidad tienen las expectativas?

    El público asistente -yo incluido- semeja más que un público: los espectadores actuamos de sus compinches, de sus invitados, de sus aliados, cómplices y mensajeros. Consigue el reparto, con su tenacidad juvenil en la escena, hacer gala de su atlética preparación física, de su capacidad para trasmitir micromonólogos en un código de video Instagram -actualidad imperante, búsqueda lograda de conexión sí o sí con el auditorio más joven; destacar asimismo su emisión cuidada de datos enciclopédicos en flashes que denotan la preparación concienzuda de su dramaturgia; ribetes poéticos tampoco faltan, muy íntimos, como de diario post mortem los cuales, desperdigados en ese alegato con aires de manifestación en la Puerta del Sol, suavizan la desgracia que planea por la escena, una desgracia que, en setenta y tres segundos, les servirá tanto a ellos como a nosotros para preguntarnos qué quedará cuando nos hallamos ido: ¿objetos, cartas, testimonios en boca de otros hasta que se cansen de hablar de nosotros y seamos sólo una foto en un mueble bar? Repiten ellos y ellas a modo de estribillo irremediablemente fatalista, versos de una suicida a la que tuve el gusto (¿?) de conocer y con la que trabajé: Sarah Kane: “Lo único permanente es la destrucción”. De todas formas, y a pesar del mensaje optimista que ellos airean: que si todos fuéramos más humanos, no pasaría lo que pasa hoy (Iván); que no hay excesivo nihilismo en el montaje ya que todos estamos en el cosmos, en su red (Carlos, actor que interpreta la único personaje real, Steve Nesbitt) y que no debemos derrumbarnos, que debemos aceptar lo que nos ocurra (Eva), la muerte, pienso, ha sido el punto inicial -iniciático- para su viaje siendo esta la paradoja que me dejo transmitir -¿qué esto del vivir sino una paradoja agridulce?: el mensaje lúgubre, aséptico, abisal de alguien que optó por la no aceptación. A pesar de revivir sus versos y canciones, Julieta, Ofelia y Sarah se desconectaron de este planeta de motu propio. Fueron sus cuerpos, sus almas, fue su decisión. Los siete tripulantes optaron por viajar lo más cerca de sus almas sin embargo. Y su final fue la desintegración absoluta en el abismo. Recuerdo cuando Sarah Kane, en aquel curso de dramaturgia al que asistí, nos propuso el siguiente ejercicio con su rostro hierático, pálido y triste: “Voy a encender una cerilla. Imaginad que estáis en un avión y éste se va a caer mientras esta cerilla tarda en consumirse. Vamos. Escribid.”

    Yo sólamente recordé los versos de San Juan de la Cruz, aquello de la noche oscura de alma mientras desaparecíamos completamente. Y en menos de setenta y tres segundos. Sarah, cantaba a la Muerte. Estos jóvenes, a la Vida.

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