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Crítica de “Evel Knievel contra Macbeth na terra do finado Humberto” de Rodrigo García

EVEN KNIEVEL CONTRA MACBETH NA TERRA DO FINADO HUMBERTO de Rodrigo García

Reparto: Núria Lloansi, Inge Van Bruystegem y un niño.

Producción: Humain trop humain y CDN de Montpellier.

Teatros del Canal. 2 de junio de 2018, Madrid.

 

ANTI- por Carlos Herrera Carmona

     Según reza en el programa -y resumo- el concepto es el siguiente: en Salvador de Bahía, dos mulatas con sus puestos de acarajés están enfrentadas la una a la otra, entretanto Orson Welles, quien no se libra del personaje de Macbeth que interpretó en su día, se apodera de la isla y con él se instaura la esclavitud. Ahí es nada. Por si no fuera suficiente, hay más: Ultraman y Naronga -superhéroes- olvidan su rivalidad y se alían para derrocar a Welles. El extravagante motociclista Evel Knievel también aparece en escena a lo Superman. Y más aún: redoble de tambor: los filósofos Lisias y Demóstenes, llegados de Atenas en Blablacar, contemplan lo que ocurre y se disponen a jugar al golf, muy clowns y muy Beckett, como punto de partida. El propio demiurgo reconoce que no sabe que va a pasar con todo esto y recomienda que nos devuelvan el dinero de la entrada si su puesta en escena no queda resuelta. Por ello esto que estoy escribiendo hoy no es ni crítica, ni reseña, ni ensayo, ni cavilación postmoderna: sinceramente, para desarrollar un escrito sobre lo que presencié yo ayer donde, al ser el objetivo del susodicho dejar al espectador desorientado y afectado sensorialmente, necesitaría yo algunas semanas más para que lo visto y oído, lo sentido y “sufrido” reposara, fermentara en mi y así dejar que el pensamiento disocie, asocie, componga y recomponga el aluvión de información, crítica, mofa y despliegue de medios con el que cuenta García para plasmar su libertad/libertinaje para con el arte y su respuesta como artista al sistema atronador que nos zarandea.

      Partiendo de la trayectoria de este director y autor -animo a que lo busquen por la redes y se empapen de su recorrido convulso y fructífero, alabado y odiado, perseguido para bien y para mal, aunque él porta con orgullo el título de maudit et terrible: con él se cumple aquello de “quien la sigue la consigue” o más bien “en esto creo y no voy a parar hasta conseguirlo”. El espectáculo de ayer en la Sala Verde concuerda con todos los prescriptores asociados al espíritu revolucionario, burlón, inconformista, insolente, abyecto y de su personalísimo universo de imágenes ultradesbordado, ultradelirante, como si hubiera contado con la colaboración especial de Dalí, El Bosco o Goya más sordo y más neurótico éste que nunca. Indudablemente, qué duda cabe que el objetivo es presentar cualquier premisa escénica con el prefijo ANTI- por bandera: antimercardo, anticonsumo, antihipócrita, antiético, antiteatral, antisistema, antipublicidad… Las palabras (misiles) tanto proyectadas como lanzadas a modo metralleta e incluso ininteligibles, constituyen un provocador collage/pastiche/totum revolutum de lenguaje periodístico, callejero, sublime, arcaico, inventado. 

     Digno de aprecio, eso sí, asistir a una representación donde se puede comprobar, sin lugar a dudas, las infinitas vueltas de tuercas que la mente de un hipercreador como García puede llegar a imprimir en un escenario; donde también -al César lo que es del César- es alentador corroborar que el abanico de explotación gestual, corporal y verbal de un intérprete queda mucho más libre sin vetos políticos y/o burgueses y en manos de un alquimista como este performer, ya bienvenido en nuestro país.

      Como lo prometido es deuda, si en unas semanas germina en mi una segunda parte de este texto sobre la obra de Rodrigo García, es decir, me haya dado tiempo a recomponer el puzzle y logre llegar a lo que lo llamo “el hueso del melocotón”, la publico. Palabra.

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