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Crítica de Escuadra hacia la muerte de Alfonso Sastre

Coproducción Centro Dramático Nacional y Metaproducciones.

Teatro María Guerrero. Madrid, 8 de octubre de 2016.

Dirección, versión y escenografía: Paco Azorín.

Reparto: Jan Cornet, Iván Hermes, Carlos Martos, Agus Ruiz, Unax Ugalde y Julián Villagrán.

Y ASÍ SE ACABA EL MUNDO por Carlos Herrera Carmona

        Hacía frío en escena -o lo parecía.  Primer acierto. El segundo: dos cajones- madriguera en dos niveles diseñados para la alegoría deshumanizada de Sastre, perturbadora y sin oxígeno -quisiera pensar también en un guiño trascendental de Azorín al tragaluz de Buero. En su núcleo, una partida de hombres-soldados-astronautas semienterrados en vida, como muertos en vida, cuestionando la vida casi sin hablar de ella; tratando de encontrar suficiente materia pensante, un buen puñado de significados y de significantes con los que rellenar la oquedad de cada día para cada una de sus vidas. Hombres-sepultureros-francotiradores desplomándose en un territorio desértico. ¿Eso es lo que nos quedará si seguimos estallando las brújulas? Un acantilado derruido y desolado proyectándose sobre los muros de este zulo futurista en el María Guerrero. Y canta Eliot:

Esta es la tierra muerta
Esta es tierra de cactus
Aquí las imágenes de la piedra
Son alzadas, aquí reciben
La súplica en la mano del cadáver
Debajo de los guiños de una estrega fugaz”.

        El elenco-coro se dedica a remover -lástima que algo tímido: se echa en falta más carnaza y desgarro, más vértigo y más furia… Un Julián Villagrán más perforador, más inquisidor tal vez… El grupo aún así se obstina en trocear las conciencias propias y las del prójimo; sacude su esperanza, busca culpables para ser mínimamente feliz, incluso se llega al sacrificio del macho alfa a ver si con ello algún dios extraviado les regala algo de piedad a estos héroes descarriados, o consuelo, o, simple y llanamente, la capacidad infantil para poder nombrar las aristas oscuras del alma como ese dios manda, en la noche más oscura de sus almas. Y cuenta Eliot:

“Ciegos, aunque
los ojos reaparezcan
Como perpetua estrella
Rosa multifoliada
Del reino sombrío de la muerte
La sola esperanza
De hombres huecos”.

     Combinación acertada de imágenes fílmicas así como las reverberaciones a través de micros; los saltos a proscenio confirmándose el axioma que yo personalmente utilizo como bandera de mi propio quehacer como dramaturgo: el teatro como púlpito, y de esta manera lanzar los pensamientos en voz alta de manera vibrante tal y lo consigue Carlos Martos -conmovedor el grito con el que su personaje apela a su madre: hablar del origen de su vida cuando es su vida la que no se quiere dar por vencida; o el recordatorio constante al maestro Brecht acompañándose con acordes eléctricos para reforzar el mensaje austero y de lucha del que firma la obra. Y advierte Eliot:

“Y así se acaba el mundo
Y así se acaba el mundo
Y así se acaba el mundo
No con un estallar, con un sollozo”.

     Y la coda, por supuesto, apocalíptica. Y como en una huida hacia adelante, un Adán-benjamín enloquecido (Jan Cornet: nervio y desesperación) se propone retornar a un paraíso perdido para reencontrarse. Y la escuadra desmembrada, con la muerte en la cerviz. El hormiguero, hueco. Como ellos, como nosotros, como los hombres de Eliot:

“Ciegos, aunque
los ojos reaparezcan
Como perpetua estrella
Rosa multifoliada
Del reino sombrío de la muerte
La sola esperanza
De hombres huecos”.

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