En el Estanque Dorado
En El Estanque Dorado

Crítica de «En el Estanque Dorado»

Esta obra que está de gira por España -antes de su estreno en Madrid el próximo mes de marzo- es una muestra de que Magüi Mira, además de ser una actriz sensacional, es una directora de escena “hecha y derecha”, con las ideas muy clara y una sensibilidad exquisita.

La dirección de actores es magnífica. Contamos con dos personajes principales (Lola Herrera y Héctor Alterio), alrededor de los cuales gira todo el entramado de la pieza y tres secundarios (Camilo Rodríguez, Luz Valdenebro y Mariano Estudillo) muy bien centrados y diferenciados, que dan a este cuadro los toques definitivos para que sea una obra de arte.

En el Estanque Dorado, fue estrenada en el 79 en Broadway, y adaptada por el propio escritor (Ernest Thompson) en el 81 para su versión cinematográfica: On Golden Pond. Puede que nuestros lectores recuerden las deliciosas interpretaciones con las que nos deleitaron en la gran pantalla Henry Fonda y Katharine Hepburn. Ahora, Emilio Hernández, crea una nueva adaptación para nuestro público español. No se pierde ni una miga de la dramaturgia original, ni de la comicidad, lo que contribuye a que sea todo un éxito ahora como hace 35 años.

Norman Thayer (Alterio) es un anciano, que durante su usual estancia veraniega en “El Estanque Dorado” va a cumplir los 80. Es un señor obsesionado con la muerte, que la vive en su cotidianeidad con resignación, con un humor tétrico y aceptando lo inevitable. Su mujer Ethel (Herrera), como contrapunto, – pese a estar cerca de cumplir los 70 años- vive la vida con alegría (pasea, recolecta fresas, se baña en el lago,…), y el amor que siente por “ese viejo bobo” es lo que la empuja a esforzarse en que se mueva, y como ella misma dice: ¡quiero que seas un viejo vivo!

La escenografía que nos plantea Gabriel Carrascal, se desarrolla en el salón comedor de la casa del estanque, que tiene unas vistas maravillosas hacia el mismo (que sería el patio de butacas). Al empezar la obra, todos los muebles están cubiertos con lona, simbolizando que es una casa que está todo el invierno cerrada hasta que llegan sus propietarios en verano. Todo se va destapado a vista del espectador, creando una casa cada vez más acogedora. Los 5 paneles del decorado van cambiando de luz y color, recreando el bosque que rodea la casa y las distintas calidades lumínicas del día.

El espacio sonoro está repleto de sonidos de la naturaleza, que contribuyen al humor de esta pieza. Los actores llevan micrófonos, lo que les permite una actuación casi cinematográfica (los problemas con estos aparatos durante la función hizo molesta la audición al público; aunque, afortunadamente, los intérpretes no perdieron su concentración gracias a su maestría).

Desde MasTeatro recomendamos esta pieza donde os sentiréis identificados con alguna situación, ya sea: el conflicto generacional, la sabiduría y el miedo que da la vejez, las relaciones entre padres e hijos, la naturalidad de la juventud,… Y donde, ante todo y pese a todo, os reiréis con gozo.

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