Crítica de "Deep Dish. The Perfect Garden" de Liquid Loft - Masteatro
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Crítica de «Deep Dish. The Perfect Garden» de Liquid Loft

 

DEEP DISH. THE PERFECT GARDEN de Liquid Loft

Coreografía: Luke Baio, Stephanie Cumming, Katharina Meves, Anna Maria Nowak.  Dirección artística: Chris Haring.   Espacio sonoro: Andreas Berger.   Dirección escénica: Roman Harrer. Producción: Marlies Pucher.   Co-producción: Tanzquartier Wien and Liquid Loft in cooperation with Korzo Den Haag and Le Centquartre Paris.

Naves Matadero. 9 de febrero de 2019, Madrid.

GULA METAFÍSICA por Carlos Herrera Carmona

   Como si no ocurriera nada, es más, me atrevo a decir: como si no fuera a ocurrir nada, la escena nos recibe con un banquete que está a punto de celebrarse o devorarse. Matices infinitos de cromatismo en una bacanal que nos llama a gritos: carne de fruta, carne de verdura, carne humana, joven, nívea, elástica. Una gota perseverante cae de una clepsidra en las alturas de la caja escénica que nos invita a meditar sobre el tic-tac agónico del fluir del Tiempo… El Tiempo, esa cosa corrosiva y lacerante que no se puede detener. Y en esa inexorabilidad, nosotros: materia, carne que no es más que carne; nosotros, que somos devorados por esa gota que cae en nuestra existencia sin cesar. El bodegón, ceremonialmente dispuesto, en un mesa central, cae en manos de tres mujeres y un hombre sensualmente voraces: entre mordiscos, risas, abrazos, toques de Eros y retoques de Baco, se temen, se entrelazan, se entregan, huyen, devoran y se devoran entre frutas y verduras. Todo es fugaz, sin embargo algo huele a podrido en ese su reino donde parecen no poder salir y están condenados a entretenerse y a alimentarse. Warning: para Platón el amor es el alimento del alma. Y esta puesta en escena es ingerir con o sin ganas.

    Una cámara que se turnan entre los cuatro intérpretes y que manejan, enfocan y desenfocan lo que habita en la mesa; se acercan con sigilo a los recovecos, ora intactos ora destrozados, del alimento en cuestión que no cesan de manipular. La belleza es justamente eso, belleza per se. Es la madre naturaleza la que nos regala esas formas sin nada a cambio. Dudamos de las imágenes que se proyectan en la gran pantalla que los ampara: ¿Visitamos el fondo del mar, el interior de una cueva asombrosa, la superficie de un bosque o las arterias y músculos de aquellos que la graban? El momentum filmado sobre la pantalla de naranja-que-flota-y-gira-en-el-agua-con-gotas-adheridas, excepcional.

   Diálogos escasos. Gente del público que se reía con ellos. ¿Comicidad o desazón? A mí me provocaron desaliento; brotes de micropensamientos que se me antojaban como un callejón sin salida. Instantes mínimos de alquimia con el agua, la sangre real o ficticia y alimentos desgajados, podridos, machacados, engullidos, saboreados, despreciados, deseados y, sobre todo, con caducidad, como nosotros. Todo ello era orquestado por este cuarteto con exactitud pasmosa, Así recibí yo el mensaje de estos austríacos. Somos nosotros. Comemos por gula o por sobrevivir; nos cuidamos para que el moho no nos cubra y recubra antes de tiempo, como a los tomates o a los pimientos que ellos filman. Nos damos de comer y a la vez vomitamos lo indeseado. Perdidos andamos de banquete en banquete sin Platón o con él; y la mayoría de las veces, nos quedamos con hambre, porque preferimos rechazar a ser rechazados. Las imágenes siderales, acuáticas, fijas, multiplicadas en la pantalla alternadas con pulcras y exquisitas poses de sus danzarinas, convertían a este show one hour in a gift for relaxation, meditation and, why not, metaphysics.

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