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Yaacobi & Leidental

Crítica de «Yaacobi & Leidental. Un cabaret metafísico»

Cuando uno llega a una edad se comienza a plantear ciertas cosas en serio, una de ellas es romper la amistad con tu único y más querido amigo, rompiéndole el corazón y dejándolo hundido. Esto es precisamente lo que hace Yaacobi a sus cuarenta años. Él ha nacido para vivir, no para tomar té y jugar al dominó en el porche de su amigo. Así que se dirige a Leidental y le dice algo tan lógico como que ellos dos no son de la misma especie. Entonces, el sufrido Leidental, desea caer en el más profundo sueño para que se pasen rápido sus horas de soledad. Pero resulta que son las cinco de la tarde y no es una hora apropiada para irse a la cama; no es apropiada por varias razones: una, no es un niño; dos, no está enfermo y tres, no vive en Japón donde tienen otra franja horaria.

¡Nos encontramos ante una obra espectacular! Un lenguaje cargado de poesía y realidad, una temática viva y veraz, y una brillantez de los diálogos, que llena de asombro por su lucidez y perspicacia psicológica.

Tres maestros de la escena que nos deleitan con su arte interpretativo. Mon Ceballos nos muestra su lado cómico más salvaje, recordando a un Chaplin español; Óscar Huéscar que, además de ser el productor de esta maravilla teatral, es el desdichado y antagónico Leidental y la esplendorosa Alicia Merino que nos ofrece su lado más cabaretero y una maravillosa voz que envuelve el teatro. Todos ellos cantando bajo la batuta del maestro Alfredo Gallego al piano, que interpreta las partituras originales que Alex Kagan compondría para la pieza original israelí.

Sin duda alguna, es un gran acierto acercar a este país las obras del maravilloso dramaturgo israelí Hanoch Levin ya que, aunque “Yaacobi & Leidental” la escribió en 1972, tienen una actualidad asombrosa. Y es que esto es lo que logran siempre los grandes escritores que, pasen los años que pasen, sus relatos siguen teniendo una vigencia absoluta.

Si Levin estuviese vivo estaría agradecido y satisfecho con la puesta en escena que ha llevado a cabo Ángel Ojea. Expone todos los lenguajes de forma inteligible y clara. Con una escenografía escueta, un espacio limpio y amplio para que los actores den vida a lo muerto. Una utilería muy bien utilizada, un espacio sonoro impecable y una dirección actoral perfecta.

Dar las gracias al Centro Sefarad-Israel por su labor de dar a conocer la cultura judía y, en especial, a Hanoch Levin sorteando fronteras y banderas. Y agradecer a la sala El Sol de York que haya abierto sus puertas al teatro y con tan buen pie como con Yaacobi & Leidental. Un cabaret metafísico.

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