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Crítica de Viure sota vidre - Masteatro

Crítica de Viure sota vidre

El peso del pasado y como éste afecta en el presente siempre es un buen motor argumental para desarrollar todo tipo de historias. Pero en este caso este motor no mueve los personajes en una dirección muy determinada. Este pasado difuso, recordado a veces como algo bonito y otras como un trauma, empantana los personajes que se relacionan entre ellos con medias frases, medias intenciones. No es una historia de acción precisamente la que firma el austríaco Ewald Palmetshofer, traducida por la actriz Mireia Pàmies i la directora Sarah Bernardy bajo el nombre de “Viure sota vidre” y que el año pasado se vio en el Círcol Maldà y que ahora ha querido recuperar la Sala Beckett. Es el primer proyecto del Col·lectiu LaCosa

Palmetshofer es un amigo de la casa pues ha participado en muchos talleres impartidos en l’Obrador. Y cabe decir que este espectáculo casa muy bien con el tipo de programación que programa la Beckett, siempre con buen ojo con los autores europeos contemporáneos que rompen más en sus discursos. Y el caso de esta obra es un ejemplo de un tipo de teatro que para algunos puede ser cargante y para otros sea revelador. Dos mujeres y un hombre se reencuentran después de unos años desconectados. Las expectativas para el reencuentro son altas, pero ninguno de los tres logra vencer estos muros que les separan por unas relaciones afectivas que tuvieron en el pasado. Las palabras pesan, no saben bien que decir y cuando quieren decirlo, se quedan a medias o se repiten sin cesar. El lenguaje para el autor es una trampa para los personajes. El silencio habla más de lo que se dice.

Este texto es un bombón para cualquier director y seguro que así fue para Sarah Bernardy, un texto sin acotaciones, con un universo de posibilidades para desarrollar. El texto se puede adaptar de mil maneras y Bernardy le confiere esa atmósfera extraña e incómoda a través de una dirección de actores con muchos silencios, con un lenguaje de miradas y con una quietud escénica rota solamente con una coreografía hacia al final donde los recuerdos se fusionan con el desasosiego del presente.

El texto ofrece un punto de vista irónico sobre cómo se viven ahora las relaciones afectivas, como amigos o amantes. Y se vuelve más lúcido que nunca en los monólogos de los personajes sobretodo en el chico, Max (fantástico Jordi Llovet), un hombre seco de afecto y que ve como los amigos van cogiendo bifurcaciones que él no ve. Los tres intérpretes trabajan bien sus personajes, aunque Mireia Pàmies (Jeani) a veces tenía algún repunte de nervio que le hacía perder la marca en un espectáculo donde movimientos y respiración están marcados al dedillo.

Viure sota vidre de Ewald Palmetshofer

Dirigida por Sarah Bernardy

Interpretada por Jordi Llovet, Miriam Escurriola y Mireia Pàmies.

Drama de relaciones.

En la Sala Beckett hasta el 2 de noviembre.

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