Crítica de Vilafranca - Masteatro

Crítica de Vilafranca

El cierre de la trilogía de Jordi Casanovas sobre la identidad catalana sorprende. Probablemente no haya escrito un código, unas leyes donde se marque el estilo de cada autor, unas directrices para que el espectador, el fan, pueda identificar bien la manera que el autor tiene de contar sus historias. Pero Casanovas ha desarrollado un estilo tan propio, unas temáticas, unos giros tan suyos, que cuando uno se encuentra con Vilafranca no puede evitar sentir que las expectativas no se cumplen y que de los tres es el texto más flojo, con menos punch. Claro está que un autor no tiene ninguna obligación de ser fiel a sí mismo.

Después de Una historia catalana, en que se narraba un western que era una reflexión social y política que abarcaba 20 años de la historia más reciente de Cataluña (hasta los JJOO)  y Patria, donde el foco temporal era más reciente y la reflexión pasaba a ser directamente denuncia, Casanovas decide reducir el foco de lo global a lo local. Ya no observa Catalunya desde las alturas y la perspectiva histórica, ya no se cuestiona sobre cuál debe ser el futuro de esta tierra. No es que deje de hablar de Catalunya, pero las reflexiones sobre ella quedan diluidas a través de una comida de fiesta mayor en la Vilafranca de 1999. Cabe destacar que el autor es oriundo de esta ciudad, y que ha vivido en sus propias carnes el sentido de la fiesta mayor y su épica. Da la sensación de que a lo mejor, al sentirlo tan cercano suavice la «mala baba», el tono más oscuro con que acostumbra a impregnar sus obras y opte por la melancolía, la tristeza y la ternura. Y funciona, pero también sorprende. Cuando un servidor se refiere a la falta de punch, pero, no entra en contradicción con la ternura. Casanovas decide situar la acción hace 16 años y desde allí criticar cierto establishment catalán, aquel votante clásico de la derecha catalana resignado que, ahora, visto desde la distancia, nos hace reír. Ahora este mismo votante ha mutado debido a los cambios sociales y políticos y se horroriza de actitudes de las cuales ellos mismos se mostraban ufanos. Pero esta crítica es fácil, una crítica hacia lo que hemos sido y no a lo que somos. He aquí lo que considero falta de punch. Porque si Casanovas hubiese decidido trasladar la acción a la actualidad, sus personajes, sobre todo el de Josep (el hermano interpretado por David Bagés), deberían ser vistos desde un punto de vista más oscuro, no habría paso por las risas, a menos que no fuera a través del humor negro, una arma que el dramaturgo ha demostrado en anteriores obras que domina. Pero Casanovas decide ser más conmiserativo con la actualidad.

Pero, aún echar de menos todo eso, la historia funciona se sigue bien. Una historia costumbrista, excesivamente lineal (aunque se rompa en algunos flashbacks), a la cual le falta algún giro, alguna sorpresa en el transcurso de los hechos, y le sobra una trama mal resuelta, la de los chicos, y que hubiese podido servir de espejo.

Jordi Casanovas ha preferido ofrecer una historia con personajes muy bien cocinados y con un buen elenco que lo defienda. Así nos muestra unos personajes marcados por un cierto patrón, pero con unos matices y unas historias personales que enriquecen la trama. Cada familiar tiene lo suyo, y están esculpidos para que el público vea en cada uno de ellos bondades y malicias. Y sin querer ser maniqueísta, Casanovas divide a sus personajes en buenos (con algunos matices) y en malos (con otros matices). De éstos sobresalen una fría y estoica Marta Angelat, un David Vert, quien carga con el personaje más tradicional, el que más se involucra y defiende los valores de su tierra, Lluïsa Castell que transmite indignación, resignación y bondad en cada momento que el texto lo pide, y por encima de todos, Manel Barceló, el patriarca ausente, el hombre que es una sombra de lo que era, devorado por un Alzheimer galopante, cuya interpretación, sobre todo a través de su relación con su hija (Castell/Latre) es la que decanta la historia hacia un final tierno, de poso triste.

Así pues, Vilafranca me ha desarmado, me ha descolocado. Y eso está bien, funciona, transmite lo que quiere transmitir, aún con sus fallos de previsibilidad. Pero no es un texto con el sello más característico de Casanovas, por eso me da la sensación de que es una obra menor, demasiado benevolente, teniendo en cuenta lo que el autor puede dar de sí.

 

Vilafranca  de Jordi Casanovas.

Dirigida por Jordi Casanovas.

Interpretada por Manel Barceló, Marta Angelat, Lluïsa Castell, David Bagés, Áurea Márquez, David Vert y otros.

Comedia dramática costumbrista.

Hasta el 29 de noviembre en el Teatre Lliure.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *