Crítica de Timó d'Atenes - Masteatro

Crítica de Timó d’Atenes

David Selvas mira el teatro como un espectáculo descarnado des de una perspectiva audiovisual, des de las reglas cinematográficas. Y echando la vista atrás, el director (y también actor) fija su interés en aquellas obras controvertidas, duras, algunas difíciles de digerir («Hedda Gabler», «L’Habitació Blava», «Oleanna»,…). Luego coge estas historias y afila las aristas, dibuja sus personajes a los extremos y los sitúa en un contexto donde el vídeo y la música son elementos que forman o deforman la realidad representada. El director explica las historias de otros ofreciendo el impacto visual más brutal que dibujan las palabras. Y esta es la regla de oro que rige toda la adaptación de uno de los textos de Shakespeare más olvidados, «Timó d’Atenes». Es una de las primeras obras creadas por la productora La Brutal (el nombre le va como anillo al dedo al exceso del que se hace gala en la obra), en el que Selvas se asocia con otro hombre fuerte del teatro catalán como es Julio Manrique, quien aquí se encarna furiosamente en Timó.

Corren varias leyendas entorno a esta obra, dicen que el bardo inglés no pudo acabarla, que tuvo presiones por parte de la nobleza (James I había subido al trono hace poco y las grandes fiestas, llenos de excesos, eran un constante, y el reflejo de estas en Timó no gustó al rey), que si la terminó otro en lugar de él,… Fuera como fuera, lo que está claro es que el estado del autor por aquel entonces debía ser, para decirlo suave, enojado. El texto escupe una rabia, un descontento con todo el mundo que fascina y sorprende. Si bien ya se sabe que Shakespeare puede ser muy animal y muy crítico, en este relato carga aún más las tintas escribiendo un manifiesto anarquista antes de que lo hicieran Proudhon y Bakunin. Lo bueno de este texto es que ahora, y tal como lo adapta el director junto con Sergi Pompermayer, es más entendible que nunca. El espejo está bien limpio y lo que allá nos muestra ha pasado, está pasando o pasará. Ya sabemos que lo de la vigencia, lo de es más actual que nunca, termina siendo un cliché para los periodistas como un servidor, pero hoy, Timó existe. Un hombre poderoso, rico, que vive de fiesta en fiesta, ofreciendo sus favores, siendo generoso con sus amigos sin atender a las súplicas de su secretaria que le avisa de que va directo a la ruina. Cuando sucede el cruel despertar, se encuentra con la soledad. Nadie quiere ayudarle y él que tanto se vanagloriaba de dar porque así demostraba el amor a sus amigos, se transforma en un animal resentido hundido en el vertedero, lleno de mugre y declamando contra la moral humana. El poderoso filántropo caído en desgracia, una figura moderna, del siglo XXI.

Timó de Shakespeare ofrece dos caras de un mismo personaje muy contrastadas y Selvas atiende a las necesidades del texto ofreciendo dos tipos de escenarios. El primero, con un sofá, una mesa de cristal llena de bebida, una silla y poco más nos sitúa en una sala lujosa donde celebran todos una fiesta, el palacio de Timó. Cuando todo se desmorona y sus amigos le niegan ayuda, el poderoso filántropo entra en cólera y él mismo destruye su hábitat para transformarlo en un vertedero, basura, desechos, objetos de todo tipo, tierra. Luego vemos a Timó en la indigencia absoluta, abrazándose a la suciedad y comiendo tierra. El hambre aprieta y la diosa fortuna le hace un guiño. O mejor una burla. Unos sacos de oro y dinero aparecen en medio de los desechos. Si tiene hambre, para que quiere oro si no se puede comer. Eso sí, éste atraerá otra vez a sus falsos amigos.

Así como la idea de los espacios es simple pero de grande impacto visual, en la música se sobrepasa. La música y el sonido es un elemento que muchos directores usan para reforzar aspectos del texto, aunque no tengan nada que ver con lo que allí se cuente y actúe de contraste. Estos toques de director si no están bien trabajados al final pueden resultar superfluos y cargantes. Es divertida y oportuna la canción y la coreografía de Gossip, pero luego hay muchos momentos de transición que decide llenarlos con música como con Nick Drake o otros que pretende remarcar el subtexto de alguna escena con Nirvana. No creo que sean las mejores soluciones.

Aquí quien no falla nunca es Julio Manrique. No sabemos ya si es mejor actor o director, pero da gusto como lucha todos los papeles que hace. Aquí el actor saca la furia más visceral en cuerpo y ánima, escupe la ironía y el sarcasmo al igual que al principio regalaba, de corazón, los oídos de sus amigos con alabanzas al amor y la amistad. El mismo actor que transmite ternura, quietud y una profunda emoción (L’orfe del Clan dels Zhao) aquí se ensucia, enloquece, hasta obliga a apartar la mirada (como en ciertos pasajes de Incendis). A su lado un séquito de actores definidos más esquemáticamente ayudados con un buen diseño de vestuario pero que acompañan al monstruo de muy buena manera, sobretodo en el caso de Marta Marco y Jordi Rico (una perla de personaje).

Timó d’Atenes no es solo un retrato de la decadencia social vista a través de la caída de un poderoso, sino una nueva obra que se suma a estas historias donde el héroe es el loco, donde la sublevación a través del caos es la solución. Timó es un símbolo igual que lo fue en el cómic o en el cine, V de Vendetta. Eso sí con la profundidad que sólo Shakespeare sabe darle.

 

Timó d’Atenes de William Shakespeare

Dirigida por David Selvas.

Interpretada por Julio Manrique, Marta Marco, Óscar Rabadán, Fèlix Pons, Mireia Aixalà, Albert Ribalta, Jordi Rico y Enric Auquer.

Drama sobre la degradación humana.

Hasta el 30 de noviembre en la Biblioteca de Catalunya.        

 

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