Crítica de Terra de ningú
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Crítica de Terra de ningú

Xavier Albertí, el flamante nuevo director del TNC se arriesga con la obra más compleja de Harold Pinter,  Terra de ningú. Ya lleva unas cuantas semanas en cartelera y el público responde y sale de la Sala Petita aturdido, en silencio, liberado e incómodo para rehacer el puzzle. Sin duda esta obra parte de un texto duro, denso, que pide una alta capacidad de concentración, y aún así cuesta de entender todo lo que se proponía decir el autor. Los propios actores admiten que a medida que van pasando las funciones van entendiendo más los distintos sentidos de la historia.

La historia es aparentemente sencilla, un encuentro entre dos hombres en un bar, que juegan a ser dos desconocidos, uno (Hirst, Josep Mª Pou)  instalado en la cúspide, un poeta célebre, rico, aristócrata; el otro (Spooner, Lluís Homar) fracasado, pobre, humilde y servil. La acción transcurre ya en casa de Hirst, un bello salón inglés presidido en el centro por un mueble bar donde vasos, copas y licores van de mano en mano. Los efluvios del alcohol ya han hecho mella en el hombre rico quien sumido en un silencio, en una postura bobalicona presentan a aquel hombre como un ser derrotado, perdido. A su lado, su oponente habla y habla, sus palabras son respetuosas, afectuosas, pero su discurso también se va oscureciendo, dialogando con su interlocutor a través de metáforas y segundas lecturas. Su juego dialectal será interrumpido y aparecerán en escena los dos sirvientes de la casa, el mayordomo Briggs (David Selvas) y el secretario Foster (Ramón Pujol) quien tratan con hostilidad y cierto misterio al invitado de la casa. Estos dos son los sirvientes y no pueden pretender que nadie les supla en su función. El amo no puede tener amigos, ellos son su compañía. Después de la noche, las tornas se cambian. Hirst está sobrio, locuaz y con memoria. Se descubre entonces su relación, se intuyen los motivos, los recelos de los dos, se marcan bien las posiciones de los dos amigos quien el presente les ha unido con el pasado. Hasta que el whisky vuelve a sumir en la derrota al poderoso Hirst. Estamos en un bucle?

Este es lo que se cuenta, lo que se ve, lo que se puede interpretar en un primer nivel. Pero las diferentes historias que se cuentan dentro del relato (parábola de Bolsover Street, el sueño del lago, frases que remiten a un deja vu constante,…) configuran una turbia atmósfera de irrealidad que tiñe toda la obra. La cuestión es entonces dejarse llevar por la poesía de las palabras que forman frases con sentido propio pero que cuesta darles un significado hacia un discurso unidireccional. ¿De qué habla esta tierra de nadie? ¿De dos formas distintas de vivir el arte? ¿De la muerte? ¿De la traición a la memoria,…? Pinter escribió su obra cumbre bien oscura, donde sus múltiples referencias literarias y/o vitales se entremezclan en el subtexto quien es el que acaba determinando la forma y el significado de la obra.

Para llevar a buen puerto las palabras del dramaturgo inglés está este buen cuarteto de intérpretes. Son brillantes y tensas, en sus posturas, en su masticación de las palabras y sobretodo en su manera de escuchar y en sus silencios, su manera de no querer decir nada. Homar enérgico, vital, servil, pero también burlón y hiriente en los momentos que debe. No se arruga delante un supuesto amigo, ese Hirst que Josep Maria Pou carga sobre sus espaldas, un personaje derrotado, un tipo que ha saboreado las mieles del éxito pero que vive como un fantasma alcoholizado, dependiente de su servicio (Briggs/Selvas, Foster/ Pujol) quien le trata entre el respeto reverencial y el menosprecio. Buenas interpretaciones bien dirigidas por Albertí. Este texto es para los actores y los directores, pero también lo es para el traductor, el infalible Joan Sellent, quien otra vez traduce un texto cuidando y manteniendo el tono poético y el sentido de sus palabras.

Albertí muestra sus cartas. Sabedor de que en su primer año tiene que convencer pero sin huir del riesgo autoral que se le ha reconocido a lo largo de su carrera, el nuevo gerente artístico hace lucir en claroscuros esta obra magna de Pinter, mientras en la Sala Gran homenajea al folklore flamenco de Carmen Amaya. Para todos los gustos vaya.

 

Terra de Ningú de Harold Pinter.

Dirigida por Xavier Albertí.       

Interpretada por Lluís Homar, Josep Mª Pou, David Selvas y Ramón Pujol.

Drama existencial.

Hasta el 24 de noviembre en el Teatre Nacional de Catalunya.

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