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Crítica de 'Smiley' - Masteatro

Crítica de ‘Smiley’

poder-absoluto
La guerra de sexos es sin dudad uno de los motores narrativos más potente de la escritura. El juego de las diferencias entre hombre y mujer y sus posteriores choques han proporcionado la gran mayoría de argumentos cómicos de obras de teatro o películas. Hay tantas historias, tantas líneas narrativas que se repiten, tantos tópicos, que a  veces cuesta encontrarse con una nueva comedia romántica que no sea redundante. El año pasado Guillem Clua participó en el Primer Torneig de Dramatúrgia Catalana y para éste escribió Smiley, una comedia protagonizada por dos hombres, gays, con diferencias irreconciliables, que se encuentran, se enamoran, discuten, se van, vuelven y todo lo hacen des de sus arquetipos. Y funciona, y lo hace gracias a una mano maestra del autor que escribe un texto inteligente basado en una tópica historia de amor, pero con una deliciosa construcción de los personajes y una constante ruptura narrativa de la historia a través de la multiplicación de voces. Todos estos elementos bien sacudidos formaron una obra, un nuevo éxito de Guillem Clua (después del monólogo Killer y el complejo drama majestuoso Marburg) que se representó en la Sala Flyhard (cuyo duirector es Jordi Casanovas, dramaturgo y alma màter  del Torneig de Dramatúrgia Catalana), luego en l’Espai Lliure i ahora aterriza en la sala más apropiada y con más butacas, el Club Capítol (quienes, no por nada, se han autonombrado La casa de la Risa).

Resulta que un chico con quien está saliendo Àlex (Ramón Pujol) no le devuelve los mensajes, ni las llamadas, ni los whatsapp. Le envió un smiley, una emoticona formada por dos puntos, un guion y un paréntesis cerrado. Y nada. Todas sus ilusiones puestas en aquel código y echadas al traste. Todo eso y más lo deja grabado en un mensaje de voz a su pareja. Pero, cosas del destino, Àlex se equivoca con el número y el mensaje se graba en el contestador de Bruno (Albert Triola), otro gay que también busca su media naranja en medio de la jungla del Gaixample. Bruno contesta la llamada y de ahí empieza la historia.

El gay es un personaje estereotipado, y aunque hay distintos tipos de gay, todos están muy marcados, con sus señas identificativas muy visibles. Clua, gay declarado, ha aprovechado el texto para radiografiar todos estos arquetipos des de la construcción de los dos protagonistas y otros secundarios. Por un lado tenemos a Àlex, perfil de gay cachillas, un tipo que divide su tiempo entre el curro de camarero en el Bar Bero (bar que podría bien existir en el Gaixample), sus dos gimnasios y las farras nocturnas en los locales de moda de turno. En el otro lado de la lona está Bruno, el opuesto, el tipo intelectual, arquitecto, cinéfilo, amante de las camisas a cuadros y que repudia los gays tipo Àlex, aunque estén esculpidos en mármol y le enciendan. Sus dimes y diretes en sus diálogos dan idea de unos personajes que se gustan y se repelen a partes iguales, como polos opuestos. Una construcción de comedia clásica. A su alrededor pululan una serie de personajes secundarios que alegran el muestrario de gays: el pasivo viciosos, la locaza con pluma, el gay rústico, el tímido torturado, y otro secundario de lujo, Pablo, el novio proteínico argentino. Para más inri, el autor se ríe también de otros usos y tópicos de la comunidad gay, pero lo hace, sin perder la ironía, des de una visión didáctica, como si estuviese enseñando las costumbres de un pueblo bárbaro. Así, los dos actores hacen sus apartes al texto para explicarnos que es la web de contactos Gay Romeo, el festival gay Circuit, la red social Grindr o el popper, la droga de los homosexuales. Con todo este desfile de estereotipos, uno puede pensar que las bromas, el humor sea chabacano. Pero todos estos tópicos sirven más como decorado, como el paisaje en que viven los protagonistas. La visión de estos tópicos siempre nos la muestran los dos protagonistas y son ellos quienes luchan para salir de sus propios prejuicios y aceptar que el otro es aquel que buscaban.

Para lograr una buena comedia hay que dotarla de ritmo y hay muchas formas para hacerlo. El modo Clua radica en la ruptura de la linealidad discursiva. En Smiley hay tantos diálogos como monólogos, soliloquios o interpelaciones al público. Los diálogos, bien trabajados con los referentes en la comedia clásica holywoodense, sirven para escuchar lo que no quieren decir. Los monólogos nos introducen sus dramas y los soliloquios nos ponen en su cabeza, conociendo de veras sus neuras, sus dudas y sus sentimientos reales. Las interpelaciones al público significan la ruptura más lúcida, la más divertida para que los personajes, sin salir de ellos, pero sabiendo que están delante un público, nos expliquen qué tipos de perfiles hay en el Romeo Gay o para que Bruno muestre a un espectador el mensaje de whatsapp que ha recibido de Àlex.

Clua como muchos de sus coetáneos tiene una escritura que bebe mucho y muy bien del guión cinematográfico (así no extraña que el Killer esté en fase de preproducción por Ventura Pons o que se intentase dar salida al cine la obra de Marburg). Es por eso que en este texto se intuyen dos Macguffins que hacen avanzar la trama. Por un lado hay el smiley del título, ese código que se envía, esa emoticona que sirve para empezar el relato con el monólogo  de Àlex y que el autor recupera para cerrar la historia de manera romántica, muy clásico. Tan clásico como La fiera de mi niña de Howard Hawks, que sirve como segundo macguffin en el relato, un conector entre los dos personajes, este objeto intrascendente que funciona como un hilo rojo invisible que los une irremediablemente. Pero la elección de ese clásico por parte de Guillem Clua no es de baladí. No sólo reconoce y homenajea ese gran maestro de la comedia romántica que fue Hawks si no que además lo elige por la canción, todo te lo puedo dar menos el amor baby. Una simple frase, clara y directa, sacada de un referente que aporta el tono perfecto para la obra.

La suerte de un buen texto también está en la dirección (el propi Clua la dirige pues sabe más que nadie que es lo que necesita el texto) y en sus interpretaciones. Y tal como reconoce el propio dramaturgo la suerte ha sido buena, muy buena. Ramon Pujol y Albert Triola interpretan sus personajes con contundencia y mucha gracia, pero sin querer llevarlo a unos extremos paródicos. No, este texto no necesita de unas interpretaciones burdas y paródicas. Dos actores. Pujol está más comedido, más calmado, pero mostrando más el sentimiento. Triola está desatado, nervioso, espitoso en algún momento y terriblemente hilarante en sus interpretaciones del catálogo de gays. Y aunque Pujol esté genial, Triola se lo come. Un actor que hace suyo el registro de la comedia clásica.

Vale la pena acercarse al Capitol para entrar en el Bar Bero (muy adecuada la escenografía, las luces y los colores) y reír con inteligencia con la mejor comedia del año,  y de paso descubrir alguna interioridades de la comunidad gay que siendo uno heterosexual se le escapan. Sin prejuicios y con la risa lista.

 

Smiley  de Guillem Clua.
Dirigida por Guillem Clua.
Interpretada por Ramon Pujol y Albert Triola.
Comedia romántica filogay.
En el Club Capitol hasta el 28 de abril.

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