Crítica de Safari Pitarra - Masteatro
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Crítica de Safari Pitarra

Los autores de esta historia aman la ironía, viven de acuerdo a sus postulados, a la ética y estética de la cual se desprende. En el clímax, la estatua viviente de Serafí Pitarra lo dice rápido, pero alto y bien claro. Parodiar per estimar. Lo que se ve hasta entonces es un homenaje lúcido, divertido y directo al dramaturgo y poeta Frederic Soler, el poco reconocido fundador del teatro catalán, también nombrado como Serafí Pitarra. Durante todo el año el Teatre Nacional ha homenajeado su figura con diversos espectáculos y actividades en torno a él. Safari Pitarra pone el punto culminante a todos estos actos. Detrás de esta obra están Jordi Oriol i Josep Pedrals. El primero es un reconocido autor teatral (a quien también le gusta jugar con el lenguaje y las estructuras narrativas como ya demostró en, por ejemplo, t-Error), el segundo un poeta y escritor forjado en mil proyectos, un tasta-olletes con la poesía por bandera. El resultado logra sin duda su objetivo, revitalizar la figura de Pitarra, crear interés por su obra y hacerlo con una loca historia cargada de mala leche, de una sana ironía que ataca al status quo político y cultural. Todo eso mezclando distintos géneros, la comedia (des de lo absurdo a lo escatológico), el musical o la acción.

Dos hermanos se hacen pasar por hijos de una escultura humana de las Ramblas (aunque en verdad es la escultura humanizada de Serafí Pitarra) el cual ha heredado una cuantiosa suma de dinero. Con ellos van la secretaria de uno de los chicos, la asistenta mejicana de la estatua y un perro especial. La aventura, construida a base de saltos temporales, incluye la preparación de un musical sobre el poeta, un secuestro de las mafias chinas y una cuantiosa oferta de rescate de la Generalitat para el poeta.

Subidos al carro un potente elenco de actores escogidos según sus perfiles que encajan con los personajes. Primero está la pareja de actores, autores, directores y enfants terribles del teatro catalán, Nao Albet y Marcelo Borràs. Justamente hace un año se encargaban de terminar el ciclo de vida artístico del director Sergi Belbel con aquella locura deliciosa de Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach, así como también se les recuerda La monja enterrada en vida del Espai Seca. Su trabajo en este montaje ha ido más allá de la pura interpretación, incluyendo sus propias ideas en la construcción de los personajes. A lado del dinamismo de la pareja se impone la presencia actoral de Lluís Soler (cuyo apellido sirve para crear más paralelismos absurdos con el autor), un Pitarra inmenso, transparente, un terrorista carcamal del verso cuyo alegato final, casi rapeando, libera la denuncia que yacía presa en piedra. Las dos mujeres, Paula Malia  i Aina Sánchez, se transforman en distintos personajes con igual vis cómica y con una voz maravillosa para apuntar los coros y otros momentos musicales (cabe decir que Malia forma parte del grupo músico-teatral The Mamzelles). Luego está Carles Pedragosa, la revelación. La música es de él, toca el piano en casi todo el montaje, pero además se funde la piel de distintos personajes, del chino malvado al perro cachondo y en uno de los momentos más hilarantes borda la imitación de dos tótems de la cultura catalana, Joan Pera y Flotats (que no por azar está representando a Marivaux en la Sala Gran estos días).

Se ríen de Flotats con sabiduría al igual que denuncian con ironía de trazo grueso los desmanes políticos, las corruptelas, los pelotazos urbanísticos y hasta ciertas empresas teatrales catalanas. Sin pelos en la lengua, con nombres y apellidos. Aunque cualquier parecido con la realidad sea coincidencia. Vaya, que se quedaron a gusto los autores. Un gusto exquisito para dar ejemplo de la sátira pitarresca vista con gafas de pasta, gruesa. Habrá que recuperar su obra. Empiezen por sus Singlots Poètics.

Safari Pitarra de Jordi Oriol y Josep Pedrals.
Dirigida por Jordi Oriol.
Interpretada por Marcel Borràs, Nao Albet, Lluís Soler, Paula Malia, Aina Sànchez y Carles Pedragosa.
Comedia pitarresca.
Hasta el 22 de junio en la Sala Tallers del TNC.
 

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