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Crítica de ‘Roberto Zucco’

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Pocos antihéroes son tan enigmáticos y tan carismáticos como Roberto Zucco. Un psicópata de manual que Bernard-Marie Koltés creó poco antes de morir de sida en 1989. Este personaje dio nombre a una de las mejores obras escritas en los últimos años y la cual se ha representado por todo el mundo. Ahora le ha tocado el turno al actor, director y responsable artístico del Teatre Romea, Julio Manrique de adaptar a su manera este gran drama, un clásico contemporáneo sin fecha de caducidad.

Los más experimentados recordaran la magnífica versión de Lluís Pasqual allá a los noventa. Una versión más desnuda, más a pelo, sin muchos artificios, ni escenarios. Sólo el actor y la palabra. En la actual adaptación de Manrique la mirada es más compleja y ha creado un escenario, un paisaje urbano mucho más referencial. Algunos dicen que si es una especia de 13 Rue del Percebe, otros si es un calco de European House, la versión de Hamlet de Rigola. Lo que allí vemos es una estructura cuadrada que simula un inmueble con cuatro estancias, una puerta que da a la calle, una andana de metro y un terrado. Y allí pasan las escenas marcadas con títulos de neón (el mismo nombre de la obra se ilumina también en gran parte del montaje). Esta compleja escenografía proyectada por Sebastià Brossa, mete a los personajes en latas de sardinas, asfixiados por unas vidas miserables, acuciados por deudas morales, por anhelos de libertad, borrachos y desequilibrados. Y en medio de ellos se mezcla y trastorna sus vidas el fugitivo asesino Roberto Zucco. Viendo este montaje se me hace difícil entender un montaje donde el protagonista campe a sus anchas en un espacio abierto. Porque el espacio se entiende también como metáfora de la mente del personaje, cerrada, obtusa, llena de pequeñas celdas donde proyecta sus mentidas, sus manipulaciones al exterior. La historia pues ahí se desarrolla en gran parte, pero no toda. Bien sabe el director insuflar aire al texto en momentos en que hasta el espectador puede sentirse incómodo, y lo hace en algunas escenas saliendo de los pisos al escenario, donde la acción se vuelve más violenta. Especialmente acertada es la escena de El rehén donde los actores se distribuyen por todo el teatro, platea, laterales y anfiteatro acorralando al psicópata mientras este intenta llevarse una mujer de rehén.

La estrategia de Manrique con ese texto es sin duda darle una visión más cinematográfica, usando los títulos de crédito, los neones, una iluminación muy marcada, una escenografía muy realista y de género, y hasta una banda sonora ecléctica que empieza por Pixies, incluye una canción italiana, una nana y termina con la épica tristeza de Radiohead.

Detrás de un buen personaje siempre debe haber un buen actor. Pablo Derqui ha sido el elegido esta vez. Este joven actor de interesante carrera, con jugosos papeles a su espalda y cargado ya con algunos premios de la crítica, compone Roberto Zucco des de la consistencia, la vulnerabilidad y hasta cierta ternura. Ese carismático antihéroe tiene que ser un seductor, des de su presencia física hasta en la palabra, sin querer serlo. Derqui lo logra con su rostro impenetrable y una mirada que tanto puede ser cándida como maléfica. Además el personaje evoluciona del silencio, de la contemplación con sus interlocutores a los monólogos y a las confesiones y Derqui lo transforma des de la constricción de su torso y sus movimientos hasta la abertura total, la exposición de su cuerpo al sol al final del relato.

Detrás de él aparecen los distintos personajes que deambulan alrededor de Zucco, seres de un mundo sucio y sórdido, moralmente dudosos. El elenco de Manrique está configurado por ocho actores. Los personajes son más de veinte, pero Derqui y María Rodríguez (la chica enamorada) solo visten el suyo propio. Los otros seis restantes se transmutan en cada uno de estos personajes, unos de más recorrido, otros más episódicos. Está Iván Benet, fantástico en su personaje de hermano mayor macarra; la hermana histérica y abandonada es Cristina Genebat, actriz de carácter que luce su drama en un monólogo final triste y desgarrador; Rosa Gámiz, pasa por varios personajes dejando también su buen oficio en cada uno de ellos sobretodo en la mujer rehén, otra víctima emocional de Zucco; y también destaca Xavier Boada en todos sus personajes, pero especialmente en el viejo del metro, en una composición pausada, reflexiva y asustada; finalmente quedan Oriol Guinart, a quien Manrique le vuelve a travestir después de su antigua colaboración en Coses que déiem avui de Neil Labutte, y Xavier Ricart, solvente, matizado, más testimonial que sus compañeros.

Una vez más Zucco huye de la prisión, recorre las calles, seduce una chiquilla, asesina, se va de juerga y en medio de todo esto se va preguntando quien es él. Y detrás de él, los espectadores repudiamos sus actos y nos espantan sus motivos, su moral por parecernos más coherente de lo que querríamos. Y trasladar esta sensación al público es mérito del texto, la adaptación, la dirección y de sus actores, en especial el señor Pablo Derqui.

 

Roberto Zucco  de Bernard-Marie Koltés
Dirigida por Julio Manrique.
Interpretada por Pablo Derqui, Rosa Gàmiz, Cristina Genebat, Iván Benet, Maria Rodríguez, Xavier Boada, Xavier Ricart y Oriol Guinart.
Escenografía a cargo de Sebastià Brossa.
Drama criminal.
En el Teatre Romea hasta el 21 de abril.

 

 

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