Crítica de 'Quitt' - Masteatro
Quitt de Lluís Pasqual

Crítica de ‘Quitt’

Quitt de Lluís Pasqual

Más de uno se pregunta cada día si este es el fin de los tiempos. Nos cuestionamos si dentro de nada sucederá alguna cosa suficientemente grande como para que el mundo se desmorone y caemos todos en desgracia, en la más absoluta miseria. Un tsunami económico que haga caer los mercados de tal manera que el caos impere en la calle, que la gente salga a romperlo todo, a saquear tiendas, a destrozar todo lo que se le ponga por delante, aflorando su instinto de supervivencia más salvaje. Este es sin duda un final horrible, pero a lo mejor es el final en el que podría acabar arrojándonos Herman Quitt, quintaesencia del empresario feroz, el capitalista despiadado que se ha propuesto aniquilar a todos sus rivales y erigirse como único productor y empresario y, al mismo tiempo, poner bajo su yugo las leyes del mercado. Aunque vamos a verlo como lo consigue y como se remueve su conciencia.

Peter Handke escribió Die Unvermünftigen sterben aus el 1974, y des de hace unas semanas se representa en el Teatre Lliure de Montjuïc bajo el nombre de su protagonista, Quitt. El director es el genial Lluís Pasqual, director asimismo del Lliure. La historia trata de como Herman Quitt, el amo de un trust de empresas de alto nivel, un buen día entra en crisis con el mundo. Así, con sus ansias expansivas propone a un tres empresarios la fundación de un holding para dominar todos los mercados y eliminar toda competitividad. Pero el plan de Quitt no pasa para compartir el pastel y pasado un tiempo los empresarios se dan cuenta de que Quitt no respeta ningún acuerdo y que ellos también están siendo devorados por su codicia empresarial. Cuando van a rendir cuentas, el hombre se muestra impasible, adoptando su tono más arrogante y vanidoso.

Sin duda, Quitt es un texto actual porque trata temas económicos des del punto de vista más brutal, el del gran empresario, el del mandamás que lo ha mandado todo a freír espárragos y con consciencia de ello. El retrato del hombre es sin duda descarnado, donde solo importa Quitt, donde para él no hay nada más importante que él mismo, todos tienen que bailar a su son y así acaba siendo. Así, Quitt empieza su discurso declarando su absoluta soledad, será por que nadie no quiere ni estar a su sombra. Pero si que tiene un aliado el robótico mayordomo Hans, quien no piensa sólo aconseja lo que su amo quiere oír. Este hombre de negocios sólo disfruta cuando puede pisar a los empresarios pequeños, a los medianos o a sus rivales directos. Porque Quitt es un psicópata, desprecia la vida de los demás, aniquila toda esperanza de mejora para la sociedad en pos de su interés. Él está por encima de todos, Diós con corbata dorada, tan ególatra que hasta se llega a cansar de si mismo.  

Del texto de Handke se intuyen dos niveles narrativos. Uno donde se narra unos hechos, más o menos claros,  y des de donde se presentan sus personajes, más o menos definidos; y otro, des de donde los personajes y sobretodo el protagonista Quitt juegan a romper las convenciones teatrales y hablan de ellos como personajes de una obra teatral y tratan al público como si fuera el resto de la sociedad, la clase trabajadora a la cual ellos, los grandes empresarios, dirigen con despotismo y autosuficiencia. Es gracias a este segundo nivel que el texto de Handke pasa a entenderse como un tratado intelectual sobre la mecanización del teatro, de sus elementos estructurales y del cual se han escrito tesis y artículos. Vaya, que no es un texto fácil de digerir, y con el que se necesita disponer de una mente clara y despierta para poder captar todos los matices.

En lo que se refiere al apartado interpretativo el cast es sin duda extraordinario, todos los actores están inmensos. Capitaneando el holding está el imprescindible Eduard Fernández está espléndido como siempre. Este hombre cuando hace de bueno la hace muy bueno, pero cuando lo hace malo lo hace de miedo. Su composición es meticulosa, irónica, cruel, fría, pero siempre con este posado de mafioso sabio, de hombre por encima del bien y del mal. A su lado están todos espléndidos, algunos más sacrificados que otros por sus papeles testimoniales. Jordi Boixaderas, espléndido actor quien surge como el perfecto mayordomo; Jordi Bosch, magnífico en la escena donde se hunde, se humilla a lágrima viva delante de Quitt mientras narra al público las artimañas de Herman para hundir sus empresas; y sin querer detallar, pero sin desmerecer, el resto del elenco también se merecen un aplauso, en concreto esta gran Míriam Iscla quien le toca interpretar a la mujer de Quitt, una segundona, una mujer sin nombre, sin interés y con muy poco tiempo encima del escenario. Es decir, a Iscla le toca el personaje testimonial, como el que pasaba por allí, pero por poco que pase, Iscla siempre hace notar su presencia por más segundona que sea.

A Lluís Pasqual se le intuye una dirección muy cuidadosa del texto, de las interpretaciones, de los movimientos de sus actores, pero de él y de Paco Azorín depende también el juego escenográfico con pocos elementos pero vistosos. La obra está dividida en dos partes, la exposición y la conclusión. En la primera, el escenario está invadido por dos mesas de billar, cinco sillas y cinco letras enormes puestas del revés des de donde se lee Quitt; en la segunda parte del nombre sólo se mantiene la Q, la cual es situada en el medio del set y lleva iluminación de varios colores, dando a esta habitación desnuda un aire como de Las Vegas, reforzado con un piano de cola que con Eduard Fernández protagonizará una canción para celebrar la victoria sobre sus rivales. Así pues la máxima de esta escenografía es pocos elementos, pero grandes, vistosos, reflejo del personaje de Quitt, uno que lo abarca todo.

Sin duda, uno sale del Lliure mirando al cielo y pensando en si los de arriba, estos empresarios, estos banqueros aún les importamos lo más mínimo o realmente ya han decidido terminar con toda nuestra estabilidad, con todo lo que tenemos. Por favor, Quitts del mundo no os volváis locos, no queráis ser los amos del mundo.¿ O a lo mejor ya es demasiado tarde?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *