Crítica de 'Poder absoluto' - Masteatro
Poder absoluto

Crítica de ‘Poder absoluto’

Poder absoluto

El teatro a lo largo de la historia ha desarrollado varias funciones des del puro entretenimiento hasta la expresión artística más experimental. Pero el teatro, o gran parte del teatro sirve también para poner un espejo, a veces totalmente liso, a veces deformado, para que se refleje la realidad social del momento. Y como la historia es cíclica y las guerras se repiten, las batallas políticas se reformulan y los grandes conflictos cambian de protagonistas pero no de forma, los dramaturgos y escritores siempre están allí para inventarse historias que den su visión de estos conflictos eternos. ¿Porque Shakespeare está siempre vigente? Precisamente por eso. El dramaturgo inglés ha sido quien mejor ha denunciado los abusos de poder, y ha reflejado de manera tan descarnada las guerras del ser humano. Pero Poder absoluto de Roger Peña no se la debe comparar a un Shakespeare (aunque todos se deben al bardo inglés), sino que se enmarca en un género concreto muy trabajado en teatro y tanto más en cine, el thriller político, ya muy trillado, pero de creciente interés y (haciendo la función de espejo) actualidad.

El argumento es conocido: un político experimentado, que aspira a la presidencia de su país, Austria, sirviendo a su partido, conservador y de derechas (el Partido Popular para más señas) reclama la presencia de un joven, pragmático y honesto político de las bases del partido para pedirle un encargo, necesita que limpie su nombre antes que un hombre publique un informe que perjudique su ascenso. Un típico thriller político trufado de diálogos donde el maniqueísmo parece imponerse. Un hombre, Arnold Eastman, que parecía muy bueno se revela como muy malo y con una ideología basada en el neo liberalismo, de estas personas que por un lado defienden la igualdad y la paz mundial y por otro lado propugnan aquello de que la guerra ayuda a reactivar la economía mundial. Convocado por éste, tenemos a otro señor, Gerhard Bauer, un joven, bien vestido, de reputación inmaculada y con un ideal político basado en la honestidad. Dos personajes con caracteres contrarios, que chocan, que enfrentan sus posicionamientos ideológicos y lo hacen de una fastuosa batalla dialectal no exenta de sentencias tópicas. No es fácil escribir un thriller político de estas características sin caer en los personajes comunes, en las frases recurrentes (que no por ser muy repetidas no sean verdaderas) y en tics ya muy conocidos en este género. Por eso, Poder Absoluto tiene un inicio intenso, pero denso y lento donde los personajes muestran sus posiciones des del ring mientras esperan el sonido del gong para empezar a golpearse. Y los golpes empiezan finalmente con la petición de Arnold a Gerhard. A partir de ahí, la historia va hacia arriba a través de los sucesivos giros de un y otro personaje. Y lo que en un principio parecía una batalla maniqueísta entre el bien y el mal, todo se diluye, se oscurece y se corrompe. Si bien ya sabemos que en los thrillers nadie es como lo pintan al principio. Pero y aún sabiendo las reglas del juego, Roger Peña sabe dotar de gracia los giros, mostrando un alto nivel de manipulación argumentativa de los personajes y dejando un final medio abierto pero donde queda clara la posición ideológica del autor: en política sólo prima el interés propio y el engaño y la corrupción acaban interfiriendo en todas las decisiones políticas.

El autor tiene la suerte de contar con dos actores que saben aguantar la intensidad del texto, aunque con matices. Por un lado tenemos a Emilio Gutiérrez Caba quien da verosimilitud al político corrupto, al ser superior que va dando lecciones de vida, y es de suponer que envalentonado por su retórica le sale un tono declamativo al principio de la obra, como si estuviera en un mitin. En cambio Eduard Farelo no triunfa de igual manera. Durante la primera parte, su personaje pasa de la admiración y el peloteo a la indignación y el cabreo, pero la diferencia en el gesto, en su cara no es que sea muy visible. El texto no ayuda (por esa presentación de los personajes tan larga) y por eso a Farelo le cuesta matizar los gestos. Pero se suelta cuando le toca a él estar por encima de Gutiérrez Caba, ganando más protagonismo y sin tener que estar escuchando, dando vueltas y fruncir el ceño sin cesar.

Con este texto Roger Peña Carulla gana porque se arriesga con un género, con una historia nada fácil de contar y lo sabe hacer bien a pesar de los tópicos. Así cumple probablemente con uno de los objetivos que se debió plantear: hacer denuncia social y  poner el espejo (liso o deformado). Porque con la que está cayendo se necesita hablar de corrupción, de ambición, de poder y sobre todo, reconocer quien está detrás del poder.

Poder absoluto de Roger Peña Carulla.
Dirigida por Roger Peña Carulla.
Interpretada por Emilio Gutiérrez Caba y Eduard Farelo.
Escenografía por Carles Pujol.
Thriller político.
Hasta el 16 de diciembre de 2012 en La Villaroel.

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