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Crítica de 'Páncreas' - Masteatro

Crítica de ‘Páncreas’

Madre sólo hay una, al igual que páncreas. Este es el leitmotiv sobre el que gira toda la obra que se vuelve por momentos teatro del absurdo, por momentos comedia pura y en otros toma matices trágicos. Desde luego aquí se han aunado todos los talentos del mundo artístico para sacar adelante esta pieza sobresaliente en estilo, interpretación y trama.

En Páncreas tenemos a tres actantes cómicos, tres actores, tres comunicadores maravillosos, cada uno con un pasado y un presente. En común tienen la amistad y que se conocieron en una terapia para trastornos mentales, que todos han superado, o quizá no sirviera para nada porque era conductual… (El espectador podrá juzgarlo mientras los observa). Nos encontramos a Javilo (Alfonso Lara) que acudió a terapia porque se sentía solo, algo que sigue arrastrando como un peso muerto. Raúl (Fernando Cayo) al que se le despertaron tendencias suicidas tras abandonarle su mujer, algo totalmente comprensible. Y César (José Pedro Carrión), que mostraba un comportamiento sumamente agresivo que le llegó a ocasionar tres infartos. Aunque esto no es todo, también publica en su muro de Facebook, que al cumplir sesenta años se quitará la vida, para lo cual le queda a penas un año más de vida. Como él dice: yo la vida la temo porque la amo.

Amigos de MasTeatro, estamos ante una obra compleja, que poco a poco se va destapando como una de las grandes novelas de nuestra querida Agatha Christie; a la vez que contiene los tintes del más puro estilo de Beckett e Ionesco. Con Páncreas descubriremos que todos tenemos un pozo oscuro en el que nuestra alma se enreda, al ritmo del verso contemporáneo del dramaturgo vasco Patxo Telleria. Hay mentes lúcidas, tras la pluma, en nuestros días y aunque todo lo actual nos pueda evocar al pasado, esto no es razón para quitar lo que original y auténtico tiene el talento de Telleria.

Además José Luis Raymond crea una escenografía con tintes desgastados al mejor estilo operístico, dividiendo la escena en dos niveles (como vemos en la foto, se accede al nivel superior por una escalera de caracol a la derecha). Con dos puertas intercomunicadas que dan mucho juego escénico, y un piano a la izquierda, donde Fernando Cayo puede lucir su talento musical para deleitarnos con su Oda al Tabaco.

La música de Miguel Linares nos envuelve completamente, facilitando los acontecimientos y las emociones de los actores, como la sangre que corre por nuestras venas. Un especial reconocimiento a Federico Barrios, que junto al director Juan Carlos Rubio, ha sabido sacar todo, absolutamente todo, el jugo a la escena y a estos tres actores mediante su movimientos, gestos y sutilezas mil.

Una sola cosita nos pareció innecesaria. Sucedió al final, tras desvelarse toda la trama de los acontecimientos, se hace una analepsis explicativa que vuelve a repetir con actos lo que ya se ha narrado; por si a alguien no quedó del todo claro. Aunque tras esta explicación innecesaria, sucede un efecto lumínico que termina por demostrar el gran talento de José Manuel Guerra.

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