Crítica de 'Paisaje sin casa de Pablo Ley' - Masteatro
Paisaje sin Casas

Crítica de ‘Paisaje sin casa de Pablo Ley’

Paisaje sin Casas

A la compañía La Virguería le gustan los textos duros, las historias complejas. Bien lo fue L’hivern al cos o 180º de cel y siguen la senda con Pasisaje sin casas, un texto de Pablo Ley escrito en el 1990, que ganó el premio Marqués de Bradomín, y que por primera vez se representa en un escenario. La obra se representa en la nueva sala Plataforma I+D, un nuevo espacio en Bailén, 23, propiedad de la escuela Eòlia, una de las escuelas de teatro y canto más prestigiosas de la ciudad. Y la estrena no podría tener más sentido ya que Ley, el dramaturgo es actualmente jefe del departamento de Dramaturgia y Dirección de Eòlia y Aleix Fauró, director del montaje y miembro fundador de La Virguería, es ex alumno de la escuela.

Paisaje sin casas es una obra de personajes, de tres personajes. Dos de ellos están siempre en escena. Los vemos en una sala con cocina, una mesa larga de madera con una lata de atún en el medio, un sofá, una silla y poco más. El acierto está en hacer ver al público que está detrás de las paredes imaginadas mediante unos marcos de ventana que cuelgan, o un interruptor como suspendido en el aire. El espacio sucio y pobre es el refugio donde estos dos perdedores esperan. Son dos yonquis de finales de los setenta en Barcelona, con Franco recién enterrado. Uno de ellos (Carles Gilabert)  habla con voz de quinqui pillado por la heroína. Lanza unos monólogos sobre sus fechorías con un compañero el cual no vemos, un relato crudo del modus vivendi de este atracador. Al otro lado de la mesa descansa el otro (Javier Beltrán) quien escucha con esta sonrisa burlona y drogada y cuanto encuentra un resquicio habla pero como si lo hiciera para si mismo. Este chico describe de manera poética la Barcelona de aquellos años, sucia, gastada y con olor a pis y a sudor. Mientras uno narra por episodios las desventuras de sus atracos de tres al cuarto, el otro va haciendo listas sobre lo que ve y lo que siente. No es un texto fácil. Y juega al desconcierto cuando bien avanzada la obra entra un tercer personaje quien pulula por allí sin saber muy bien que hace, aunque se intuye que debe ser otro atracador que está cometiendo algún golpe. Este  anclaje con la acción exterior sirve para romper la monotonía, la inacción y es quien acabará forzando a los personajes a romper su eterna espera. Y he ahí una palabra clave, espera. Los personajes esperan y esperan, entroncando esta historia en la tradición de obras existencialistas en la línea de Esperando a Godot (eso sí, sin ningún sentido del humor basado en el absurdo).

Este paisaje desolado es sin duda una rara avis dentro del currículum de obras presentadas por la compañía, no en vano, pues es la primera vez que Aleix Fauró dirige una obra cuyo texto no ha escrito él ni Ísis Martín, su media naranja creativa en La Virguería. Y eso se nota en una cosa, esta obra es absolutamente estática, su virtud y su defecto está en el quietismo de los personajes quienes se dedican a narrar sus historias y reflexiones sentados en sus aposentos. El movimiento permanece en el relato. Pero no es fácil escuchar a un yonqui, un poco forzado en la voz, relatar sus vivencias y al otro sus reflexiones poéticas, su letanía descriptiva que corre el peligro de adormecer al público. Y sin que los actores se muevan, casi ni se desplacen por la habitación, como si aquello fuera una partida de ping pong, pues vaya, que a uno se le hizo larga tanta espera. Y viniendo de espectáculos de la compañía donde el dinamismo era una marca identitaria pues se hace extraño tan radical cambio. Pero supongo que a la compañía lo que les gustará precisamente es romper esquemas, no acomodar al espectador.

Aún así la interpretación es ajustada a los personajes y la escenografía está muy bien lograda. Sea como sea, felicitamos des de aquí a la escuela Eòlia por el estrenos de su nueva sala donde poder presentar sus proyectos más personales. Una sala más para la ciudad siempre es una buena noticia y más en tiempos tan duros. En cuanto a La Virguería, esperemos mejores resultados para su próximo proyecto.

Paisaje sin casa de Pablo Ley
Dirigida por Aleix Fauró.
Escenografía por Ian Gehlhaar
Interpretada por Carles Gilabert, Javier Beltrán y Eduardo Telletxea.
Drama existencial sobre la Barcelona postfranquista.
Hasta el 21 de octubre en Plataforma I+D (Bailén, 23)

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