Olivia y Eugenio

Crítica de ‘Olivia y Eugenio’

Como confiesa el propio dramaturgo, tiene un medio de subsistencia resuelto y vive en un país democrático (España), por lo que tiene el privilegio y el deber de escribir con absoluta libertad sobre temas que le preocupan, sin considerar si son tabú para muchos, mitos para otros o personajes intocables para la mayoría. Así, tenemos la suerte de que Herbert Morote nos hable de temas tan candentes, de hechos que hacen que el teatro sea la fuente de la que el ciudadano se nutre, y escribe lo que todos debemos oír alguna vez.

José Carlos Plaza, a la dirección artística, en comunión con la palabra de Morote, no podía haber encontrado mejor vehículo de comunicación de este necesario mensaje, que a la diva Concha Velasco (ella hace notar el porqué de una mujer, que tras tantos años, sigue abriendo el telón una y otra vez y haciendo que el público se alce de su butaca dando su humilde y sincero aplauso).

Olivia y Eugenio es una obra llena de sensibilidad, donde se da sentido y contenido a la palabra ‘eutanasia’;  que expresa las grandes diferencias entre un ser humano normal y un ser humano con síndrome de Down; entre el arte (nombran a los contemporáneos Esteban Vicente y Mark Rothko) y la mediocridad; la entereza y la arrogancia; la energía y la muerte; los normales y los anormales.

Todo transcurre en el hogar de esta familia, concretamente en el salón-comedor de esta casa con cinco puertas por donde se escapa Eugenio (Rodrigo Riamondi) de los ojos del espectador. Eugenio, el bien nacido, Eugenio Ionesco, Eugenio O’Neill; el que ama sin prudencia humana, sin límites. Mientras los “NORMALES” beben, conducen y matan a inocentes (y no están en la cárcel ni en el psiquiátrico sino que van por la calle como si nada); están pegados al ordenador; ejercen la pederastia (en su mayoría curas); se corrompen, roban y siguen libres por todas partes; asesinan… a Eugenio lo querían hacer desaparecer el día de su nacimiento.

Ésta es una obra vital, repleta de sensatez y de amor para los que aman sin condición. Se echa de menos una participación artística y escénica más activa para el personaje de Eugenio, una relevancia tal, que le haga estar a la par con la de Olivia (como hiciera en 1996  Jaco Van Dormael con Pascal Duquenne y Daniel Auteuil en “El Octavo Día”).

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