Crítica de 'No me hagas daño' - Masteatro

Crítica de ‘No me hagas daño’

No me hagas daño

Nada más entrar en la sala un escenario oscuro pero acogedor te encierra directamente en una ambientación misteriosa y fría. Las luces azules y tenues bañando el reducido espacio en el que actores y  público se juntan y les hacen encarnar de todas las formas posibles la ficción más real que el elenco interpreta: los malos tratos.

La representación te hará comprender el infierno diario que es habitual en muchos hogares. Se toca un tema conocido por todos, sin embargo, la novedad radica en el momento en el que no sólo se cuenta sino que se siente. Una vez la obra comienza la cercanía física con los actores denota el pavor de abofetearle la cara y cuando no, las ráfagas repentinas que separan los distintos fragmentos de la obra causando un susto que en ningún momento desvincula al público de la historia.

¿Cuál es el perfil del maltratador? ¿Por qué hay hombres que hacen daño? ¿Por qué las víctimas no reaccionan?  Estas son algunas de las preguntas que inducen a pensar la obra de Rafael Herrero “No me hagas daño”.

La realidad encubierta que se desprende es que el maltrato es tan inevitable para el que lo propina como necesario para el que lo recibe. Sin capacidad de emocionar, encontramos a Raúl, un hombre con desequilibrio emocional que provoca en él una rabia  incapaz de controlar, fruto de ésta, sus malos tratos,  una señora que tira por la borda su propia dignidad sintiéndose culpable y siendo incapaz de poner fin a los ataques de ira de su marido, Luisa. Un pésimo psicoanalista que intenta mantenerse al margen de todo y cuanto la trama matrimonial acontece, se llama Isidoro, una hija que planta cara al problema demasiado tarde, Paula, y la amiga de ésta, quien acaba por cometer los mismos errores de Luisa; morder el fatídico anzuelo de Raúl .

¿Hasta donde puede llegar el poder de convicción de un chalado? ¿Es en realidad un loco o un demonio? ¿Cuáles son las consecuencias del tormento más doloroso que una mujer puede padecer en su casa? La  preguntas las contesto en el mismo orden: Como el pez rémora que necesita al tiburón para comer, Luisa y Raúl mantienen un vínculo en cuanto a que uno de ellos requiere de la debilidad de su cónyuge  para reforzar su orgullo, y el otro, como si de un fenómeno normal se tratase, pone en práctica su mimetismo particular con respecto a las agresiones que sufre. Y que nadie se equivoque: Raúl es tan psicótico como diablo, porque si bien es cierto, aquel que tiene unos mínimos principios éticos sabe donde están los límites.

Se corrobora una vez más que lo peor del maltrato no son ni las causas ni los efectos físicos del mismo, sino más bien las consecuencias: una enfermedad mental que genera en quien la padece inseguridad, miedos, despersonalización y distorsión de la realidad, hasta el punto de negarle a otra persona el derecho a vivir.

Aunque es fácil desconectar, el público puede resultar confuso como consecuencia de los saltos espacio temporales que a veces son apreciables. La interpretación de algunos actores no está especialmente lograda, y es posible que incluso, en determinados momentos llegue a incomodar.

Este es el quinteto de las desgracias, actores de poca reputación envueltos en una vaga interpretación teatral que pasan de largo por las vidas del público llenen o no el escenario de lágrimas, pero que de alguna manera, le harán ser consciente de lo que supone sentirse maltratado. La obra merece la pena sólo si se acude con la predisposición de ver sufrir a alguien. Aunque sólo sea por eso, merece la pena adjudicarle un aprobado.

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