Crítica de 'Nadie verá este video' - Masteatro
Nadie verá este video

Crítica de ‘Nadie verá este video’

Nadie verá este video

La obra Nadie verá este video, escrita por el dramaturgo británico Martin Crimp, es un manifiesto ejemplo del típico texto teatral que con el imparable paso del tiempo pierde su eficacia. Escrito en 1990, tras la caída del muro de Berlín, el fin de la guerra fría y el triunfo del capitalismo, el texto cobraba gran relevancia en aquel contexto al situar su leitmotiv en las encuestas de hábitos de consumo. Dos décadas atrás eran frecuentes las empresas de marketing que, a través de entrevistas personalizadas grabadas en video, sonsacaban de forma aparentemente natural los gustos y preferencias de la gente con la ferviente intención de vender más productos al fabricarlos a su medida. No dudo de que en 1990 este texto sirviera como revulsivo ante el nuevo paradigma que se avecinaba en el mundo: el origen del capitalismo salvaje donde los ciudadanos pasan a ser meros compradores. Pero de lo que no me cabe duda es de que hoy en día este texto carece de absoluta vigencia ante el innecesario uso de este tipo de técnicas ancladas al siglo pasado. En la actualidad, cualquier empresa es capaz de conocer los intereses de sus potenciales clientes con tan solo bucear por las redes sociales o los webs que suelen frecuentar.

Aunque lo más fallido de esta producción no es, ni muchísimo menos, el texto de Martin Crimp: sorprende mucho el presuntuoso espacio escénico diseñado por Paco Azorín que consiste en seis cabinas telefónicas (una específica para cada uno de sus personajes, donde interactúan sin comprensión durante la función) situadas a un lado del escenario, mientras que en el centro se dibuja sobre el suelo un paso de cebra de proporciones desmesuradas, cuando el texto demanda precisamente espacios cerrados donde enfatizar la intimidad del lenguaje de Crimp. Es en ese paso de cebra donde Joana, con bolsas en la mano como recién salida de la compra, es acosada por una encuestadora que, a cambio de un regalo, le insta a acudir a una entrevista en sus oficinas. Este es precisamente el punto de origen de esta historia de personajes cruzados que no acaban de encontrarse a sí mismos en la abstracta dirección de Carme Portaceli (a pesar de tener todos una dilata trayectoria teatral) que, por si fuera poco, engomina la obra con efectos visuales y de luces que se alejan de la coherencia dramatúrgica de la obra.

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