Crítica de "Los Remedios" de Fernando Delgado-Hierro - Masteatro

Crítica de «Los Remedios» de Fernando Delgado-Hierro

Elenco: Pablo Chaves y Fernando Delgado-Hierro.

LOS REMEDIOS de Fernando Delgado-Hierro

Dirección: Juan Ceacero.

Teatro María Guerrero. Sala de la Princesa. 31 de marzo de 2021. Madrid.

SER O NO SER RAIZ: HE AHÍ LA CUESTIÓN de Carlos Herrera Carmona

No soy la persona más adecuada para comentar esta representación. Ser de Sevilla y afincado en Madrid desde hace algunos años me lo impide. En primer lugar, porque conozco el binomio arraigo/desarraigo y, en segundo lugar, porque mi autocrítica ante la idiosincrasia de mi ciudad  siempre me ha ocasionado enfrentamientos con mis conciudadanos hasta el punto que muchos celebran que me haya por fin “exiliado” para buscar mis sueños en la capital del reino, hecho que para cualquier hispalense es considerado alta traición, máxime cuando aborreces que el humor exacerbado en forma de astracanada –ni siquiera llega a la categoría de esperpento- sea la tarjeta de visita que creen que presentamos allá por donde aparecemos. El tópico se agiganta de Despeñaperros para arriba y para abajo, sorprendentemente, se glorifica, se ensalza; es una denominación de origen que oculta el sentir de un pueblo humillado, vapuleado y maniatado al que le sigue costando Dios y ayuda desprenderse de dicha etiqueta totalmente contraproducente.

Al barrio de Los Remedios se le conoce en Sevilla como el barrio del avecrem, por aquello de haber sido en su día el sustitutivo alimenticio con el que la burguesía del querer y no poder, del din sin don, de las apariencias más barrocas, usaba para poder pagar aquellos pisos tan caros  sin dejar de prorrogar un estatus endeble y de posados y postureos –hoy sigue- sin morir en el intento. Igualmente, en los manuales de arquitectura, este barrio se postula como modelo intolerable de urbanismo: calles en cuadrícula estrechas y no siendo oro todo lo que parece relucir en sus fachadas. De hecho hay una barriada en su corazón al más puro estilo napolitano. Vivir en determinada calle lleva consigo una puntuación diferente. Así que siendo esta representación clasificada de autoficción, me pregunto si el respetable allí presente quedó informado por completo del contexto, porque Sevilla –ciudad estado, yo sostengo que Sevilla es la Andorra andaluza o el Vaticano andaluz- sólo se entiende y a duras penas, o, habiendo nacido allí, o habiéndote alejado de allí. Inevitable es que cada dato que allí se ofrecía y con mis antecedentes, los choques eran continuos, y mi esfuerzo por deshacerme de ellos eran titánicos. Resaltar, eso sí, el magnífico trabajo de ambos actores: versátiles, ágiles, entregados y con una suerte de madurez interpretativa que anima a seguir su trayectoria para comprobar cómo evolucionan los dos en las tablas. Siempre insisto en que soy un dramaturgo que escribe sus impresiones. No más. El público se puso en pie y la duración de su aplauso obligó a la pareja a saludar una y otra vez. Esto es innegable. Sería yo un cretino si no lo reflejara en esta reflexión. Insisto. Vayan a verla. Yo, sin embargo, me quedo con el final catártico y subyugador; me quedo con algunos de los micromonólogos que ponían el vello de punta, como la escena nieto-abuela; me quedo con la candidez con la que se asoman ambos a su pasado que, tal vez por una percepción muy personal, lastima más que acoge, y por ende, no sé si la raíz referida es necesaria con todos sus condimentos o tal vez le hunden más en una conmiseración o podredumbre espiritual imposible de sacudir. Te entiendes si entiendes a los que te pusieron en el mundo. Negarlo lleva al desquicie. Los Remedios no se extirpan, la espina seguirá ahí, y si no, ¿por qué esta obra? ¿Una expiación en bucle cada vez que es re/presentada? Las escenas ultracómicas, como defiendo al principio, vuelven a machacar innecesariamente sobre el tópico y, al contrario que al público, poco o nada conocedor de una ciudad que no se entiende ni a ella misma, me producen rechazo y me es imposible aplaudirlas o sonreírlas. Resuenan en ellas ecos lejanos de humoristas de mi tierra a los que el público de Madrid adora y yo sigo sin explicármelo. Parece ser que la Sevilla de Bécquer y Cernuda se resiste a ser mostrada. Ni siquiera valoro a los Álvarez Quintero, sempiternos culpables malditos y que nos disfrazaron de lo que en esencia no somos y que aún hoy en día piensan en los madriles que Sevilla es el paraíso exótico de los viajeros del diecinueve. Generalizo porque la representación de ayer es justamente eso y me lleva a generalizar yo también.

Concluyo recalcando el impresionante trabajo de la pareja y sólo unos sesenta minutos que valoro donde las preguntas trascendentales quedan en el aire, como ha de ser. Mi gran cuestión es: ¿Qué opinarán los del barrio de Los Remedios si viaja la obra a Sevilla? ¿Y los enemigos acérrimos de este barrio?  Cuidado: la Memoria se dedica a juegos muy crueles.

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