Crítica de "Los que hablan" de Pablo Rosal - Masteatro

Crítica de «Los que hablan» de Pablo Rosal

LOS QUE HABLAN

Texto y dirección: Pablo Rosal
Intérpretes: Malena Alterio y Luis Bermejo

Mirada plástica y vestuario: Almudena Bautista
Diseño de iluminación: Valentín Álvarez

Teatro del Barrio, 20 de abril de 2021, Madrid.

FILOLOGÍA ESCÉNICA por Carlos Herrera Carmona

Asociaciones tales como: In principio erat verbum…En principio era el verbo, primer versículo del Evangelio de San Juan y que luego en Cristo se hizo carne; o las mismas siete palabras que luego Él pronunció clavado en la cruz –que no eran palabras como tales sino frases;  o aquella suerte de estribillo lanzado por el desquiciado Hamlet (el término palabra procede del griego parabolé, “lanzamiento”) cuando trataba de nombrar lo innombrable o simplemente la necesidad de comunicarse ya tan aturdido y cansado de su propios soliloquios –¿eran demasiadas o insuficientes sus Words, words, words…?; o el hermoso dardo en la palabra que nos hubo lanzado (otro lanzamiento) Don Lázaro Carreter; o de nuevo lo bíblico cuando María sucumbió ante el arcángel con aquello de “Hágase en mí según tu palabra”; y, por qué no, hasta Mina –por darle a todo esto un ribete de frivolidad- cuando rechazaba a su amore no tan amore… por tanta Parole, parole, parole entre ellos pues se quejaba la dolorosa que sólo eran palabras, nada más y nada menos... Se me ocurre pensar en todo esto –y me freno ya- tras haber asistido a la pieza interpretada por Malena Alterio y Luis Bermejo Los que hablan, donde el quid de la cuestión es la búsqueda incansable de palabras en el espacio, en el de los otros a fin de evitar a toda costa el hallarlas en su interior, puesto que ahí es donde parece residir el peligro: hablar de y en consecuencia de ti y lamentablemente de nosotros. Lo nombrado existe y si no existe, lo nombro y le doy vida, carne, y si no lo nombro, o no te nombro, no estoy, no soy, ni somos.

La pieza presenta una pareja de actores donde las lindes que los separan de sus personajes no están definidas: he ahí el encanto. Necesitan del otro para que sus palabras cobren sentido y su diálogo se desarrolle -el logos aquí no cumple con su sema de razonamiento, sus psiques no atienden a sus deseos y, como trashumantes parlanchines, ambos van recurriendo a “parábolas” (también del griego parabolé) para narrar sucesos inventados (¿?), esta vez sin moral ni enseñanza. Una delicia para los sentidos cómo estas “parábolas” se desparraman por la escena. Y permítanme que me cite a mí mismo cuando en mi obra El señor y la señora Pit él le dice a ella al arrancar el drama: “Quiero tus adverbios”, ya que, cuando su esposa los usaba, él era capaz de situarse en los complementos circunstanciales de tiempo, de lugar, de modo que le hacían verdaderamente feliz ante el silencio sepulcral ahora de ella. El señor Pit huye del sujeto porque tampoco quiere nombrar su tragedia. Y todo este circunloquio mío (¿Ven como a veces las palabras traicionan…?) es el resultado de haber asistido a este caramelo de función. Disfruto cuando veo lo que antes no he visto (para los griegos, ver significaba conocer); y máxime cuando el actor o la actriz se multiplica con voz y cuerpo en varios seres que entran y salen de él o de ella como si de un médium se tratara. Claro que podría recordar la pareja al juego de aquellos seis que buscaban a un autor, sin embargo éstos se buscan mientras buscan las palabras y huyen de las esenciales; no quieren dejar de existir tras haber nacido de un balbuceo primate y primitivo (el verbum fue el principio… ) que les ha permitido establecer el diálogo, hacerse carne; han aceptado la voluntad al igual que María, y el dardo de Don Lázaro; se han perdido como Hamlet, iniciaban cada unos de sus diálogos con complementos circunstanciales de tiempo (“El otro día…”) y de esta guisa lograban mantenerse en escena ante los ojiplaticos espectadores.

Valga esta parafernalia de palabrería –creo que ha sido mucha tela y por ello me disculpo…- para recomendar Los que hablan. Un artificio sorprendente de trabajo actoral y dramatúrgico, donde da la sensación de haber asistido a una improvisación continua entre dos actores cuando en realidad es una joyita escénica memorable. Cualquier alumno/a de Arte Dramático debería verla, oírla, disfrutarla, aprenderla como asignatura. Hay tantas capas de lo que yo al menos considero el alucinante y fascinante trabajo actoral… Alterio y Bermejo, sin querer -y eso lo más delicioso- dan elegantes lecciones de cómo ser y estar en escena. Asimismo hay que decir que no todos son fuegos de artificios con los diálogos, no es hablar por hablar: hay un dolor enterrado que no voy a desvelar aquí.

Mejor pasen y vean ustedes para constatar cómo se produce el milagro del poder de las Palabras: es en un Teatro –dónde si no- y no en el congreso de los diputados.

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