Crítica de "Los mariachis" de Pablo Remón. - Masteatro

Crítica de «Los mariachis» de Pablo Remón.

LOS MARIACHIS de Pablo Remón

Reparto: Luis Bermejo, Israel Elejalde, Francisco Reyes y Emilio Tomé.

Texto y dirección: Pablo Remón
Escenografía: Mónica Boromello
Iluminación: David Picazo
Diseño de sonido: Sandra Vicente_Studio 340
Vestuario: Ana López

Producción: La Abducción y Teatros del Canal con el apoyo de la Comunidad de Madrid

EN LA TIERRA BALDÍA de Carlos Herrera Carmona

Somos nosotros. Mejor aún. Seguimos siendo nosotros. El absurdo, lo quijotesco, la astracanada. Regado todo con un chorro generoso de esperpento, me atrevería a decir. Retrato imposible de máscaras casi. Arlecchino y Brighella en la estepa castellana al cuadrado donde se vociferan entre ellos y construyen un mundo con su inacción que solo ellos parecen entender. La carcajada brota entre el público y los ojos se abren de espanto ante las groserías, trazos de lo políticamente incorrecto: machismo, racismo y sandeces que el cuarteto se va regalando sin freno y con valentía. Reímos porque nos/lo reconocemos. Porque así somos en esta ajada piel de toro. Una commedia dell’arte ibérica y con denominación de origen. Una realidad añeja que nos alecciona sin miramientos y nos teletransporta al cine negro y doloroso de aquella época de cuando el pueblo se autotransplantaba en la gran urbe o bien se enraizaba más aún en sus trigales y costumbres pacatas y cerriles aunque genuinas.

Las cuatro máscaras –sigo viéndolo así a través de estos cristales quizá algo estrambóticos- nos llevan y nos traen por el trajín de sus historietas, aparentemente sin sentido, cuya pátina de humor negro negrísimo deja entrever bajo ese barniz la madera desgastada y con astillas que sólo sirve ya para hacer leña de lo que ellos son: árboles caídos. No hay retorno en la acción ni en la dirección en sus movimientos. La tierra baldía los atrapa y seca sus raíces de las que tanto presumen. Y su oquedad, la que gritaba Eliot, los inmoviliza.

Los tres hermanos okupas viven a su manera y sólo por ello es comprensible; debaten como solo los españoles sabemos hacerlo cuando las arenas movedizas nos engullen: a gritos, sin escuchar, imponiendo, insultando, con vehemencia, dándonos golpes de pecho de que lo nuestro es mejor, aplacando nuestra cólera con cerveza y evadiéndonos con las fiestas cubriéndonos la cara con disfraces de cabezudos… Mucha fiesta, sí, mucha procesión. Hemingway también podría haber aparecido en el sofá con ellos y pegarse su tiro.

Por supuesto que los ochenta minutos se pasan en un santiamén, claro que la interpretación del cuarteto quasiclownesco nos deja boquiabiertos; faltaría más no destacar el ritmo magnífico del texto y los instantes que funcionan divinamente como piezas de microteatro por sí solas (la nostalgia por la Fanta de naranja, el pedigüeño en el metro, el niño que aparentemente no entiende nada, el diálogo a lo Ionesco en un bar cualquiera… por citar…) todo en su conjunto es de aplaudo y medio, sin embargo el retrogusto que se instala en tu paladar a la salida del Abadía es de absoluta desolación al haberse quedado la risa en tu butaca vacía. Me acuerdo irremediablemente de la sensación que me producía a José Isbert desgañitándose por hacerse comprender junto a esos cómicos legendarios de nuestro cine que buscaban la razón a golpe de grito y jaleo para salir de la grieta social en la que estaban incrustados, ahora que mi país se vacía mientras los poderosos (como el primo corrupto que encarna Elejalde) se llena los bolsillos a dos manos. Mi país que no respira nunca profundamente entre coces y  malnacidos; mi país que se despobla en la estepa y sus vecinos que, miopes, siguen evitando las lentes correctas. Ese sinsabor me produjo Los Mariachis[1]. Y eso fue lo que más me maravilló. El caramelo envenenado. La carcajada envolviendo la denuncia. La denuncia de una España varada en la soledad de sus campos, campos sin niños (lo mencionan los personajes como si los niños representaran su oxígeno).  Me evoca la náusea existencial de Mirando hacia atrás con ira, a lo ibérico, claro. Pero un texto parido aquí en territorio patrio solo puede salir como Los Mariachis: Apabullante su Palabra y su reparto y tristísimo su mensaje, tanto, que la catarsis se rechaza por aquello de que duele demasiado reconocerse. Este espejo es el de siempre y siempre lo será… Ya lo sentenció Bukowski: El mundo  gira entorno a un eje podrido. Pudramos pues nuestros cuerpos para estar acordes con él. Bravo Remón por esta sintonía.


[1]Un mariachi es, en la jerga financiera, cada uno de los testaferros necesarios para montar una SICAV, y tributar menos. Pero «los mariachis» también es el nombre de la peña de la infancia del político. Los mariachis es una peregrinación y una vuelta al origen, una comedia negra sobre cuatro hombres perdidos. La meseta como espacio físico, pero también mental. (Aclaración tomada de la ficha técnica de la web del Teatro Abadía.)